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PARA EL CAMINO

Comenzamos esta reflexión bajo la bendición de Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Amén.
¡Aprender idiomas es todo un tema! Hasta nuestro idioma nativo nos lleva años de aprendizaje. Y aprender a comunicarse en idiomas extranjeros nos lleva tiempo y esfuerzo. Nací y me crie en una familia de origen alemán que estaba rodeada de otras muchas familias del mismo origen. Alemán, por lo tanto, fue el primer idioma que escuché y que usé para las oraciones a la hora de ir a la cama, y para las oraciones de antes y después de comer, y el Padrenuestro. Mi espiritualidad, y mi teología en un principio fue aprendida y practicada en idioma alemán. ¡Pero vivíamos en un país de habla castellana! Así que muy pronto mi espiritualidad usó otro idioma para expresarse. Cuando tenía unos treinta años, comencé a estudiar inglés, idioma que me resultaba penosamente difícil. Un año después, comencé a usar el idioma inglés para estudiar teología y expresar mi espiritualidad. Cuánto esfuerzo, cuánto tiempo, cuánto sudor y desgaste emocional experimenté durante esos años. Por eso, cuando leo la historia de pentecostés, envidio un poquito a aquellos que en un santiamén aprendieron otro idioma. Su teología y su espiritualidad se comunicó a la multitud multilingüe con toda claridad y en forma instantánea.
La espectacularidad de Pentecostés, las lenguas como de fuego, el estruendo causado por algo así como un viento fuerte, y el milagro de los idiomas fue solo una muestra de lo que en realidad significa la llegada del Espíritu Santo a la Iglesia. Pentecostés es mucho más de lo que se ve y se oye a simple vista. Hay una historia detrás de esa fecha tan importante en el calendario hebreo. Cincuenta días después de la Pascua, muchos creyentes que venían de las más diversas regiones del mundo se reunían en Jerusalén para celebrar dos grandes acontecimientos: La fiesta de las cosechas, y la entrega, de parte de Dios, de los Diez Mandamientos al pueblo judío.
Muchos viajaron de todas esas regiones que se citan en ese texto para tomar parte de la liturgia de la presentación de los primeros frutos de la tierra. Los campesinos juntaban en canastas parte de su producción y las llevaban en procesión al templo mientras cantaban o recitaban algunos Salmos. Un flautista los lideraba con su melodía. Al mismo tiempo, el pueblo creyente celebraba la entrega de los Diez Mandamientos de parte de Dios. La ley de Dios resumida en los mandamientos fue el regalo más preciado que recibieron los hijos de Dios en tiempos antiguos. Ningún pueblo tenía algo igual. Otros pueblos tenían leyes que crearon ellos mismos, pero nadie había recibido directamente de la mano de Dios un decálogo completo de Su voluntad. El pueblo judío se sentía privilegiado, con justa razón.
Ese día, cuando el Espíritu Santo vino a los seguidores de Jesús, esta fiesta antigua sumó una bendición más para el pueblo de Dios, la mayor bendición. El pueblo hebreo, mientras estaba en el desierto camino a la Tierra Prometida, recibió la ley de Dios que guiaría sus vidas. El pueblo de Dios, reunido en Jerusalén para la celebración de Pentecostés, recibió la plenitud del Espíritu Santo, la capacidad de hablar en muchos idiomas para dar a conocer el Evangelio. Pentecostés es, para la cristiandad, el cumplimiento de las promesas divinas. El apóstol Pedro lo expresa inmediatamente cuando comienza a explicar qué es lo que está sucediendo. Pedro abre su sermón ante la multitud reunida con estas palabras del profeta Joel: “Dios ha dicho: En los últimos días derramaré de mi Espíritu sobre toda la humanidad. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán… Y todo el que invoque el nombre del Señor será salvo” (Hechos 2:14, 21).
Esta no fue la única promesa que Dios cumplió este primer Pentecostés. Recordemos estas palabras de Jesús en Juan 14 (:16-17): “Yo rogaré al Padre, y él les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre: es decir, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir porque no lo ve, ni lo conoce; pero ustedes lo conocen, porque permanece con ustedes, y estará en ustedes”. Jesús les había prometido a Sus discípulos que el Espíritu Santo vendría a vivir en ellos, les mostraría a Cristo todos los días. De esa manera se cumplió la promesa divina de que Cristo no iba a dejar huérfana a Su Iglesia. Y hay una promesa más, del mismo Jesús, cuando antes de ascender les dice a Sus seguidores: “Cuando venga sobre ustedes el Espíritu Santo recibirán poder, y serán mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).
Lo que me impresiona de este milagro de Pentecostés es la inmediatez, la espontaneidad de los discípulos para predicar el Evangelio. No se quedaron a celebrar y a felicitarse ni nada de eso. No formaron un comité ni organizaron una institución a la que podrían haber llamado la iglesia, simplemente siguieron el impulso del Espíritu Santo. Las lenguas como de fuego son el símbolo de la chispa de Dios que encendió los corazones de los creyentes. Según los estudiosos de la Biblia, los creyentes se comunicaron con los visitantes de otras regiones usando más de veinte idiomas. ¡Qué hermoso que Dios quiso que los primeros cristianos pudieran predicar el Evangelio en el idioma materno de sus oyentes! ¡Qué impacto que hicieron al comunicarse en la forma en que mejor podían escuchar sus oyentes!
San Lucas, autor del libro de los Hechos, señala que “la multitud se juntó, y se veían confundidos porque los oían hablar en su propia lengua. Estaban atónitos y maravillados, y decían: «Fíjense: ¿acaso no son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es que los oímos hablar en nuestra lengua materna? Ese fue el primer impacto, el segundo fue mucho más poderoso, producido por el mensaje claro y radical de todos los que habían aprendido un idioma nuevo. Los que estaban confundidos, los que veían cosas nuevas que jamás habían siquiera imaginado, no entendían que simples galileos sin estudios superiores pudieran expresar “las maravillas de Dios” en sus propios idiomas. Esto es Pentecostés: el anuncio poderoso, impactante de las maravillas de Dios en una forma que todo el mundo pueda entender.
Tenemos que observar que San Lucas, autor de esta narración, nos muestra aquí una restauración de lo sucedido a causa de la torre de Babel. En Génesis 11 Dios confunde el lenguaje común que tenía la población en aquel entonces. ¿Por qué? Porque los pobladores habían decidido hacerse grandes, poderosos, dominadores, y glorificarse a sí mismos. En Pentecostés Dios obra un gran cambio, Él propone la estrategia que seguirá la iglesia de todos los tiempos. Pentecostés no divide, unifica, y glorifica a Dios.
Para nosotros, los creyentes, Pentecostés sigue siendo el cumplimiento de la promesa divina de que Él va a estar en cada uno de Sus hijos redimidos. Pentecostés es el anuncio, para nosotros, y para todo el mundo, de las maravillas de Dios. ¿Sabes qué son esas maravillas? Que Dios nos entregó el Evangelio, a Cristo, a Su propio Hijo para obrar nuestra redención y declararnos libres de culpa.
El anuncio de las maravillas de Dios en los diferentes idiomas a un público muy diverso produjo un impacto profundo en la comunidad hebrea. De los visitantes, tal vez algunos estuvieron en Jerusalén cincuenta días antes para la celebración de la Pascua. Si no estuvieron, con toda seguridad fueron enterados por los locales de lo que había sucedido con un tal Jesús de Nazaret. La historia es bien simple y aunque fácil de contar, es difícil de entender si la información no es recibida en el poder del Espíritu Santo. El chispazo divino encendió el entendimiento espiritual sobre quién era ese Jesús de Nazaret.
Las maravillas de Dios comienzan con el anuncio del cumplimiento de las promesas de Dios. Él no se olvidó de Su pueblo, ni de ninguna criatura que habita en la tierra. Dios envió a Su propio Hijo al mundo y lo hizo nacer de carne humana para que fuese un verdadero ser humano capaz de sufrir el tormento del pecado, en este caso, del pecado ajeno. El Hijo de Dios nació en Belén, cumpliendo la profecía divina. El profeta Miqueas lo pone en estas palabras. “Tú, Belén Efrata, eres pequeña para estar entre las familias de Judá; pero de ti me saldrá el que será Señor en Israel” (Miqueas 5:2).
Las maravillas de Dios siguen con el cumplimiento de las profecías de Isaías: El profeta proclama que el Mesías “llevará sobre sí nuestros males, y sufrirá nuestros dolores, mientras nosotros creeremos que Dios lo ha azotado, lo ha herido y humillado. Pero él será herido por nuestros pecados; ¡molido por nuestras rebeliones! Sobre él vendrá el castigo de nuestra paz, y por su llaga seremos sanados. Todos perderemos el rumbo, como ovejas, y cada uno tomará su propio camino; pero el Señor descargará sobre él todo el peso de nuestros pecados” (Isaías 53:4-6).
Esa es la maravilla de Dios que los visitantes y los locales en Jerusalén escucharon en su propio idioma, que el Mesías, el Hijo de Dios, ocupó nuestro lugar a la hora del castigo. Estos acontecimientos estaban muy frescos en la comunidad. El impacto de la muerte y resurrección de Cristo se hace ahora tangible, viene a las personas y crea la fe para que todos los que oyen las maravillas de Dios sean salvos.
Dios siempre ha cumplido Sus promesas, y las seguirá cumpliendo hasta el final de los tiempos. La chispa divina no se ha apagado y no se apagará nunca. Tú y yo somos testigos de la bondad de Dios, somos el fruto de la obra del Espíritu Santo que nos trajo a Cristo y con Él, el perdón de nuestros pecados, la paz en el corazón, y la esperanza de la vida eterna. Las maravillas de Dios no se terminan al final del día, sino que siguen haciendo crecer, en todo el mundo y en muchos idiomas, a la iglesia que Cristo redimió con Su sangre.
Estimado oyente, es mi oración que el Espíritu Santo te sostenga en la fe y te movilice a compartir la maravilla de Dios en Cristo Jesús. Te animo también a que, si tienes oportunidad, participes de la reunión semanal de todos los creyentes para escuchar la palabra de Dios y celebrar la Santa Comunión. Y si quieres más información sobre la obra de Cristo por ti, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.