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PARA EL CAMINO

Comenzamos esta reflexión bajo la bendición de Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Amén.
Mi esposa y yo tuvimos la oportunidad de visitar países muy lejanos a nuestro lugar de residencia. En esos países la vida es tan diferente que cada cosa nos llamaba la atención. Una de las actividades que nos gustaba hacer era salir a comprar algunos recuerdos para nuestros hijos y nietos. Las tiendas a lo largo de las calles estaban repletas. Los vendedores se ponían a la puerta e invitaban, algunos con gentileza y otros con descaro, casi desesperados de que pasáramos de largo sin haber comprado algo. Muchas veces nos sentimos abrumados ante la insistencia de la invitación: “Pasen, pasen, no cobramos nada… por mirar”. “Mirar es gratis, así que miren todo lo que quieran, miren todo lo que tengo”. Cierto, mirar era gratis, pero la invitación insistente tenía como objetivo último vendernos alguna cosa. Es lo justo. El vendedor vende para vivir. Ese es su trabajo.
En el pasaje de Isaías que estudiamos Dios no vende, Dios da. ¿Quiénes son los posibles compradores? ¿A quiénes se les hace esta invitación de “pasen y vean cuánto tengo para ustedes”? Isaías le escribe a un pequeño grupo de israelitas que había regresado del cautiverio en Babilonia. Después de unos cincuenta o setenta años en exilio, los israelitas recibieron permiso para volver a su tierra. Un pequeño grupo lo hizo, lo llamamos el remanente, el grupo con el que Dios seguirá Su plan hasta que Jesús nazca en Belén de Judea.
Muchos de aquél reducido grupo habían nacido en el exterior, así que volver a la Tierra Prometida fue para ellos volver a la tierra de sus padres y abuelos. Una historia que se repite hoy todo el tiempo en muchas comunidades alrededor del mundo.
Este remanente israelita tuvo la gran bendición de recibir del profeta Isaías el puro evangelio. A ellos Isaías les predicó estas palabras que se encuentran en los capítulos anteriores a nuestro texto. Isaías 53 (:11b, 12b) dice así: “Mi siervo justo justificará a muchos por medio de su conocimiento, y él mismo llevará las iniquidades de ellos… Porque él derramará su vida hasta la muerte y será contado entre los pecadores; llevará sobre sí mismo el pecado de muchos, y orará en favor de los pecadores”.
La audiencia de Isaías sabía que sus pecados habían sido perdonados en vista del sacrificio que el Mesías, el siervo de Dios haría a su debido momento. Ellos tenían el perdón, la paz y la esperanza de la vida eterna. Sin embargo, la fuerte invitación de Dios a ese pueblo nos señala que algo no estaba bien. Algo turbio había en la vida del remanente. Por eso la insistente invitación.
Tres veces leemos el llamado “vengan”. La fuerza aquí está en que es Dios el que invita. Dios nos llama para acreditarnos Su obra, la pasión, para que nos toque la vida hasta la última fibra y nos cambie para siempre. Israel está invitado a confiar en la obra completa del Mesías y a celebrar a Su mesa.
Dios invita, Dios pregona: ¡vengan! como cualquier vendedor en un mercado cuando promociona el vino y la leche junto a otros productos para la canasta familiar. El llamado de Dios es a comprar la mejor comida, Su Palabra, que es como agua que refresca, como leche que alimenta, y como vino que alegra el corazón. ¿Cuánto cuesta? Absolutamente nada. El llamado de Dios es una invitación, y cuando Él invita ofrece una gran mesa con comida gratis. A los invitados no se les cobra.
¿Por qué dice Dios que Su pueblo gasta dinero en lo que no alimenta? (v 2). Porque muchos de los creyentes también creían en supersticiones y en dioses locales. Pensaban que “nunca está demás” tener un poco más de recursos para sobrellevar esta vida. El primer mandamiento, “No tendrás otros dioses además de mí” no había calado profundo. Dios les cuestiona por qué escuchan enseñanzas espurias. Van a los adivinos, a los curanderos, desplazan el agua y el vino de Dios.
En el evangelio de Lucas (14:1-24) Jesús enseña una parábola sobre un gran banquete que Dios prepara para sentar a Su pueblo a la mesa. Pero muchos de los invitados simplemente presentaron excusas para no ir al banquete. Entonces Dios dijo: “Ve enseguida por las plazas y por las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos”. Cuando el siervo le dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste hacer, y todavía hay lugar”, el señor dijo al siervo: “Ve entonces por los caminos y por los atajos, y hazlos entrar por la fuerza. ¡Quiero que se llene mi casa! Quiero decirles que ninguno de los que fueron invitados disfrutará de mi cena”.
Dios nos buscó a nosotros, los que caminamos mal por la vida, los que estamos sumidos en tristezas y preocupaciones, los que no vemos salida a algunos conflictos y alivio para nuestras culpas, los que cultivamos rencores en lugar de perdonar. Así como estamos nos invita a Su mesa. En Israel muchos rechazaron la invitación de Dios de que confiaran en Él sobre todas las cosas. No comieron del pan espiritual ni inclinaron sus oídos para oír la palabra sanadora, la que transmite el perdón y la que produce la reconciliación con Dios. Fatal error, porque tal vez, no vuelva a haber una invitación ni un recibimiento misericordioso. Hoy nos reflejamos en esta situación.
Somos como el remanente, escuchamos el evangelio, pero muchas veces invertimos nuestro tiempo y dinero en lo que no satisface. Escuchamos decir que el tiempo es dinero. No nos gusta que alguien nos haga perder el tiempo. Nuestro tiempo es tan valioso como el dinero, sin embargo, no somos inteligentes en la forma en que lo usamos. Tal vez nos apuramos para leer la Biblia en casa y oramos apenas lo suficiente porque queremos usar nuestro tiempo en otras cosas. Sin duda hay cristianos que no hacen tiempo para venir a la mesa santa los domingos y mezquinan su dinero a los pobres para poder usarlo en cosas más prácticas. Para nosotros, y para todos los que procuran felicidad y bienestar lejos de los manjares del Señor, es esta pregunta: “¿Por qué gastan su dinero en lo que no alimenta, y su sueldo en lo que no les sacia?” No apuntaré con el dedo a nadie, porque yo me cuento entre los que necesitan escuchar esta pregunta. A todos el Señor nos dice: “Escúchenme bien, y coman lo que es bueno; deléitense con la mejor comida”. Hace pocos días visité a un anciano de 93 años, que ve poco y escucha con mucha dificultad. Está postrado y sabe que no saldrá de esa situación sino mediante el llamado de Dios a Su mesa eterna. Después que le administré la Santa Cena, me dijo: “Pastor, la Santa Cena es extraordinaria. Cuando yo todavía podía ir a la iglesia, como no veía mucho y no escuchaba casi nada, yo estaba feliz porque me llevaba lo mejor, recibía el cuerpo y la sangre de mi Señor Jesús”. Me anima la fe de aquellos que me preceden.
Dios sigue invitando: “Inclinen su oído, y vengan a mí; escuchen y vivirán”. ¿No es interesante que para escuchar a Dios hay que inclinarse? No miramos para arriba, porque desde el cielo no nos habla, sino que miramos para abajo, y nos inclinamos en señal de humildad para escuchar lo que Dios dice en Su Palabra. La Palabra es el agente de la vida, y se digiere por el oído. En esa palabra Dios nos dice: “Yo haré con ustedes un pacto eterno, que es el de mi invariable misericordia por David”. El pacto de Dios es misericordioso, y es invariable, no cambia nunca. El pacto de Dios, de amarnos, buscarnos, encontrarnos, perdonarnos, y traernos a Su Reino es el mismo que Dios hizo con Abrahán, con Isaac y Jacob, con David y con el remanente al cual Isaías invita a la mesa sagrada. Es el pacto que el Señor renueva con nosotros cada vez que nos sentamos a Su mesa servida a devorar con los oídos Su Palabra, a beber del agua del Espíritu Santo y a comer la Cena Santa. Así es como Dios nos llama, nos cuida y nos sostiene. Así es como Dios nos prepara para la entrada triunfal a la Jerusalén eterna de las alturas.
Dios sigue diciendo: “Yo [puse a David] como testigo para los pueblos, y como jefe y maestro de las naciones. Por causa del Señor tu Dios, por el Santo de Israel que te ha honrado, llamarás a gente que no conocías; pueblos que nunca te conocieron correrán a ti”. El rey David fue la profecía encarnada. Él prefiguró a Cristo, el verdadero rey del Israel Espiritual. De Cristo dice el apóstol Juan “Jesucristo, el testigo fiel, primogénito de entre los muertos y soberano de los reyes de la tierra. Él nos amó; con su sangre nos lavó de nuestros pecados, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre.” (Apocalipsis 1:5-6) Jesucristo es el testigo del pacto de misericordia que Dios hizo con Su pueblo. Cristo testificó en la Cruz que Dios castiga el pecado con la muerte y al mismo tiempo testifica que, como primogénito de entre los muertos, también nosotros resucitaremos. El pacto de misericordia, en el que Jesús ocupó nuestro lugar en la Cruz, fue sellado con sangre santa. Hoy, esa sangre de Jesús, que limpia pecados, es la comida santa que Dios tiene sobre Su mesa. Recordemos, la mesa está servida.
Por la comida santa que nos mantiene con vida espiritual, nada tenemos que pagar, porque es un regalo de Dios. Al respecto el apóstol Pablo dice unas palabras maravillosas en Romanos 9:11 “El propósito de Dios no está basado en las obras sino en el que llama”. ¡Esta afirmación es una sentencia de vida! ¿Quién es ese que llama?, que invita: «vengan, vengan, vengan», y prepara la mesa con los frutos del amor de Cristo. Es Dios mismo.
El rey David fue testigo del amor de Dios por Su pueblo. Más adelante, el Hijo único de Dios se hizo hombre para venir a habitar entre la humanidad pecadora y perdida, y ser Él el testigo fiel de la misericordia de Dios por Su creación caída.
La historia corrobora que, durante los reinados florecientes de Israel como los de David y Salomón, gentes de otras razas y de otras tradiciones religiosas se acercaban a la religión de los hebreos porque la consideraban más sana que todas las otras religiones conocidas. Por su estilo de vida y por sus ceremonias, los hebreos atraían a otros. Israel era conocido como el Pueblo del Libro, porque tenían la Tora que leían y enseñaban metódicamente a los suyos.
El llamado de Dios en Isaías es que nosotros seamos el Pueblo del Libro, y que nos inclinemos con reverencia a escuchar a Dios que invita: «vengan, vengan, vengan. No tienen que pagar nada». No pierdan el tiempo buscando en cosas superficiales la satisfacción que solo Dios puede dar. Hoy nosotros, el pueblo de Dios, la Iglesia, somos los testigos que muestran la misericordia de Dios con nuestra vida. Estamos llamados a ser una Iglesia atractiva en amor, inspiradora, y misericordiosa con su entorno. El testigo fiel, Jesucristo, nos hizo testigos, individuales y corporativos de la misericordia de Dios. El llamado de Dios nos invita a llamar a otros. La mesa servida es enorme, y siempre hay lugar para los que tienen hambre y sed de perdón, de compañía, de instrucción, y de esperanza.
Estimado oyente, es mi oración que el Espíritu Santo incline tu oído para que escuches las Escrituras sanadoras y te sostenga en la fe y te movilice a ser testigo fiel de la misericordia de Dios en Cristo Jesús. Te animo también a que, si tienes oportunidad, participes de la reunión semanal de todos los creyentes para escuchar la palabra de Dios y celebrar la Santa Comunión. Y si quieres más información sobre la obra de Cristo por ti, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.