PARA EL CAMINO

  • Volver a ser como un niño

  • julio 5, 2026
  • Dr. Leopoldo Sánchez
  • Notas del sermón
  • © 2026 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Mateo 11:25-30
    Mateo 11, Sermones: 7

  • En su tonada «Volver a ser niño», el cantaor de flamenco Paco Candela recuerda con nostalgia los días felices de su niñez. El cantante retorna en el sueño a las calles de su barrio y al tiempo de recreo en la escuela donde jugaba con sus amigos. Parte de la primera estrofa dice:

    Sin pensarlo dos veces
    con los ojos cerrados
    volvería de nuevo
    a ser niño otra vez.
    Y volver como loco
    a jugar en las calles
    de aquel barrio entrañable
    donde yo me crié . . .
    Y volver al colegio
    y salir al recreo
    con aquel viejo amigo
    a jugar otra vez.

    En su composición, el cantaor recuerda sobre todo la inmensa alegría de ser niño, los días de sano esparcimiento en los que jugaba con sus amigos del vecindario y sus compañeros del colegio. Volver a ser niño es volver a ser feliz.

    La Biblia también habla de la niñez y de los niños para describir de varias maneras la relación entre Dios y Su pueblo, sobre todo la alegría de vivir bajo el cuidado de Dios confiando en Sus promesas de salvación. En el Antiguo Testamento, el profeta Zacarías describe la felicidad que el pueblo de Dios tendrá cuando el Señor los salvé de sus enemigos. Después de haber vivido como exiliados en Babilonia, el pueblo de Israel recibe la promesa de que volverá a vivir en la tierra de sus antepasados, en una nueva Jerusalén, gozando de la comunión con su Dios y Salvador en un templo reconstruido. Después de los arduos tiempos del exilio, Su pueblo descansará y celebrará su salvación en una Jerusalén restaurada. El profeta describe este regreso tan esperado del pueblo de Dios a la ciudad santa de forma universal para referirse a aquel día final cuando el Señor librará del yugo del mal, del pecado, y de la muerte a todos los que ponen su confianza en Él. Será un día feliz en la bella ciudad, en el que «volverán a llenarse sus calles con niños y niñas que jugarán en ellas» (Zacarías 8:5). Volver a ser niño según esta visión del profeta no es solo recordar un pasado alegre, sino confiar en el cumplimiento de una promesa que todavía tiene que cumplirse en el futuro. Volver a ser como un niño es confiar en esa promesa según la cual los hijos e hijas de Dios gozarán de la plena comunión con Él como niños que juegan en las calles de un nuevo cielo y una nueva tierra.

    El cantaor de flamenco también sueña con volver a ser niño, pero se imagina un pasado que en cierto modo ya no existe. Lo añora, pero ya pasó. ¿Será que ese mundo nuevo que Dios promete también es pura imaginación, un sueño imposible? ¿Cómo es posible vernos como los pequeñines en aquel mundo venidero que Dios promete, en aquella ciudad cuyas calles están llenas de «niños y niñas que jugarán en ellas»? Vernos como niños juguetones en ese mundo futuro que Dios promete es difícil cuando observamos a nuestro alrededor un mundo lleno de penas, angustias, dolores y muerte. ¿Cómo vernos entonces en esa nueva ciudad prometida que Dios ha preparado para Su pueblo? ¿Cómo poner nuestra confianza y fe en Su promesa? Vernos en ese mundo requiere volver a ser como un niño.

    Volver a ser como un niño feliz en el mundo futuro que Dios nos promete requiere volver a ser como un niño en un sentido espiritual—lo que Jesús llama «nacer de nuevo» o «nacer de lo alto». En Su conversación con un fariseo de nombre Nicodemo, Jesús le enseña que para ver el reino de Dios es necesario nacer de nuevo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3). No habla Jesús de un nacer de nuevo de manera física como si uno tuviera que volver a entrar y salir del vientre de su madre (v. 4), sino de un nacer de nuevo por la obra del Espíritu Santo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (v. 5). Ver el reino de Dios con los ojos del Espíritu Santo significa ver la vida con los ojos de la fe, es decir, creer en las promesas de vida eterna que Dios nos da por medio de Su Hijo Jesús. Esta fe o confianza en la palabra de Dios que nos lleva a Su Hijo requiere un nuevo nacimiento, un volver a ser como un niño o niña; y esto no es una obra humana sino una obra divina. Es un nacer de lo alto porque solo el Dios altísimo nos abre los ojos de la fe para poder ver Su reino y recibir Sus bienes: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (v. 36a).

    En el texto de Mateo, capítulo 11, el evangelio de hoy, Jesús eleva una oración de alabanza al Padre en la cual se refiere a Sus discípulos como «niños» que han recibido de Su Padre el conocimiento de Su reino—reino de gracia que Dios establece con la venida de Su Hijo al mundo. Jesús mismo afirma y confirma que Sus obras o hechos dan testimonio de la llegada del reino de Dios al mundo. Dice Jesús: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres se les anuncian las buenas noticias. Bienaventurado el que no tropieza por causa de mí» (Mateo 11:5-6). Así pues, conocer las cosas del reino de Dios es conocer a Jesús.

    Dios les ha revelado estas cosas de Su reino a Sus «niños», es decir, a los discípulos de su Hijo Jesús, pero las ha escondido de los sabios que se jactan de su conocimiento. Jesús reza así: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque estas cosas las escondiste de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños» (v. 28). En esta oración, Jesús contrasta el conocimiento de los sabios y entendidos del mundo, quienes a pesar de tener sabiduría humana no creen en Jesús, y el conocimiento de los «niños» que estos no poseen por sí mismos, sino que reciben de Su Padre en el cielo. La oración nos enseña que, para recibir el reino de Dios, para confiar en Su Hijo, hay que ser como un niño, quien por sí mismo no sabe nada y por ende recibe todo lo que sabe y cree de su Padre en el cielo.

    La Biblia nos presenta a los niños como seres débiles y vulnerables. Los niños necesitan y dependen completamente del cuidado de sus padres y madres, cuya labor es protegerlos y hasta salvarlos de cualquier peligro o mal. Por eso, los infantes también dependen de la sabiduría de sus padres para poder vivir y sobrevivir en este mundo. Los niños aprenden cómo comer o cómo orar de sus padres. Así pues, cuando Jesús les dice a Sus discípulos más adelante que dejen que los niños vengan a Él porque de ellos es el reino de los cielos, Jesús les está enseñando que para entrar al reino hay que ser dependiente como un niño (véase Mateo 19:14). Jesús no está diciendo que los niños tienen la capacidad de venir a Él o confiar en Él por sus propias fuerzas, sino todo lo contrario. Nos muestra que los niños dependen totalmente de la gracia y misericordia de Dios para entrar a Su reino y recibir Sus bienes de vida y salvación. Se resalta la recepción de los bienes que solo Dios puede dar.

    Los adultos son más bien como los «sabios» y «entendidos» que se creen sabelotodo, pero en realidad son ante Dios tan ignorantes y dependientes como los niños—aunque por su orgullo no lo reconocen. A diferencia de los entendidos del mundo que todo lo cuestionan y a menudo ponen en duda las promesas de Dios, los niños a quienes Dios les ha revelado las bendiciones del reino simplemente confían en las promesas de Dios. Mientras más chiquitos, los niños más confían en todo lo que dice papá y mamá. Cuando los padres prometen darles de comer a sus hijos, llevarlos al parque a jugar o protegerlos de algún peligro, los pequeños esperan con confianza el cumplimiento de estas promesas. Saben instintivamente que pueden confiar en sus padres. En el plano espiritual, ocurre algo similar. Los discípulos de Jesús son como niños que conocen las promesas de Su Padre y confían en ellas sin pensarlo dos veces. Por eso, el teólogo Martín Lutero observa que tener fe en Dios Padre es como ser un niño que, sin siquiera pensarlo, simplemente pone la completa confianza de su corazón en lo que dice su Padre porque sabe sin titubeo alguno que puede confiar plenamente en Su Palabra y promesa.

    Volver a ser como un niño que recibe el reino de Dios y confía en Su Palabra no es posible sin la intervención de Dios. Por eso, a través de la historia, Dios ha enviado profetas a Su pueblo a proclamar Su Palabra para así abrir los ojos de los que ignoran Sus promesas, de los incrédulos que viven en la oscuridad, para iluminarlos con la luz de Su Palabra y así darles el nuevo nacimiento que da entrada a Su reino de vida y salvación. El último profeta que Dios envió a Su pueblo antes de la llegada de Su Hijo Jesús fue Juan el Bautista. Pero no todos recibieron Su mensaje. Jesús exaltó el ministerio del Bautista, diciéndole a los discípulos de Juan que «entre los que nacen de mujer, no ha surgido nadie mayor que Juan el Bautista» (Mateo 11:11a) y que «todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan» (v. 13). El Bautista fue el último profeta del Antiguo Testamento que anunció la venida del reino misericordioso de Dios al mundo mediante su Hijo Jesús. Pero Jesús lamenta que la generación de Juan no lo escuchó.

    Nos dice Jesús que la generación de Juan «se parece a los niños que se sientan en las plazas y les gritan a sus compañeros: “Tocamos la flauta, y ustedes no bailaron; entonamos cantos fúnebres, y ustedes no lloraron”» (Mateo 11:16-17). Los profetas como Juan se parecen a esos niños que tocan la dulce flauta de las buenas nuevas de salvación para que la gente goce de los bienes del reino, y que entonan cánticos fúnebres para que la gente se lamente y arrepienta de sus pecados. Pero la gente no escucha a los profetas, no les prestan atención a los gritos de los niños músicos. No bailan cuando tocan la flauta ni lloran cuando entonan lamentos. Por eso, tampoco escucharon a Juan el Bautista ni a Jesús, el Hijo del hombre (vv. 18-19a). En vez de recibir Su mensaje como niños del reino, con pesar por sus pecados y fe en el perdón de Dios, presumieron saber más que Dios y mataron a sus profetas—primero a Juan y luego a su propio Hijo Jesús.

    Sin embargo, a pesar de los ataques en contra del reino de Dios, Jesús nos dice que la sabiduría que viene de Dios al fin de cuentas es reivindicada por los hijos de Dios (v. 19b). En otras palabras, en los últimos días, Dios revelará que Su sabiduría, es decir, Su Palabra y Sus promesas en Cristo Jesús son verdaderas. Cuando Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, Dios reivindicó el mensaje de Sus profetas quienes anunciaron la venida del Salvador, Jesucristo el Señor, para redimirnos del pecado y su paga la muerte. Al resucitar a Cristo de los muertos, Dios Padre también confirma que Su Hijo volverá en el último día a resucitar a los muertos y dar a todos los que ponen su fe en Él vida eterna en feliz comunión con Dios. Cuando Cristo vuelva, viviremos en Su reino, en Su santa ciudad, en ese nuevo cielo y tierra, y allí jugaremos como niños y niñas en las calles, llenos de gozo en la presencia de Dios Padre y nuestro Salvador Jesucristo. En ese nuevo mundo, no será necesario congregarse en un templo reconstruido físicamente como en los días del pueblo de Israel después de su exilio de Babilonia, porque en esta nueva Jerusalén que Dios nos ha prometido Dios mismo y Su Hijo Jesucristo reemplazarán el templo con Su gloriosa presencia (véase Apocalipsis 21:1-4, 9-10, 22-23).

    Dice el cantaor: «Sin pensarlo dos veces, con los ojos cerrados, volvería de nuevo a ser niño otra vez.» Por medio de Sus promesas de vida y salvación, Dios Padre nos llama día a día a ser niños otra vez, a volver a ser como un niño que depende completamente de Jesús y confía sin pensarlo dos veces en Su Palabra. Pero el ser humano hoy en día no quiere depender de nadie ni confiar en alguien. Quiere ser independiente y confiar en su propia sabiduría. El ser humano hoy en día en realidad no quiere ser como un niño en el sentido bíblico. Por eso, el ser humano de hoy debe asumir la completa e imposible responsabilidad de buscar el propósito de la vida por sí mismo, valerse de su propio entendimiento para encontrar la felicidad—en fin, de usar todos los recursos y poderes a su disposición para salvarse a sí mismo. Quiere ser su propio dios. Quiere llevar sobre sus hombros el peso del mundo. Pero esto es una ilusión porque el ser humano es una criatura y no el Creador. La criatura depende de Dios y pone su confianza en Su Palabra, como lo hace el niño con relación a sus padres. Los seres humanos de hoy quieren hacer por sí mismos lo que solo Dios puede hacer por ellos por medio de Su Hijo Jesús.

    Pero no tiene que ser así. A todo el que tiene oídos que oiga. Jesús nos da una promesa en el evangelio de hoy. Nos llama a ser como niños, a entrar al reino no por nuestro propio esfuerzo y entendimiento, no por nuestras labores u obras, sino por la fe que descansa en Él y Sus dulces palabras. Nos dice Jesús: «El Padre me ha entregado todas las cosas, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Vengan a mí todos ustedes, los agotados de tanto trabajar, que yo los haré descansar. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma; porque mi yugo es fácil, y mi carga es liviana» (Mateo 11:27-30).

    Jesús nos llama a volver a ser como esos niños que confían en Sus promesas. Nos llama Jesús a volver a ser como esos niños confiados, esos discípulos creyentes, que han recibido de su Padre el nuevo nacimiento y toda bendición espiritual. Nos llama Jesús a descansar no en nuestra sabiduría sino en la sabiduría que viene de lo alto, a confiar en la palabra de Dios, en «las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (1 Timoteo 3:15).

    No es fácil ser discípulo de Jesús y poner nuestra fe en Sus promesas. Dios promete que por medio de la muerte y resurrección de Cristo tenemos la salvación del pecado, el mal y la muerte. Pero en el mundo vemos todos estos males y sufrimos sus manifestaciones. Por eso, el mensaje de la cruz parece una locura ante el mundo y no llena las expectativas ni sigue la lógica de sus sabios y entendidos. Ante estas circunstancias, poner la fe en Jesús es llevar un yugo sobre nuestros hombros, y a veces ser objeto de las dudas y críticas del mundo. A pesar de ello, Jesús nos promete que Su yugo es una carga liviana. Ser Su discípulo, confiar en Su Palabra, aprender a ser humilde y manso como Él significa cargar con una cruz. Es un morir con Él, pero también un ser resucitado con Él a nueva vida. La carga de seguir a Jesús es, paradójicamente, la bendición de descansar en Él.

    La carga es liviana cuando la comparamos con la carga que Cristo asumió al tomar sobre sí nuestros pecados para salvarnos de la muerte. La carga es liviana cuando la comparamos con el gozo de la vida eterna en el reino de Dios, el gozo de esos niños y niñas que juegan alegres en las calles de la bella ciudad la cual Dios ha preparado para nosotros. La carga es liviana cuando la comparamos con el eterno descanso que nos espera después de las ansiedades y dolores de nuestras labores en este mundo. Gozo y descanso, bendiciones del reino que Dios ya ha dado a conocer a Sus niños. Gozo y descanso: El descanso en los brazos de Cristo y el gozo de la plena comunión con Él en un nuevo cielo y una nueva tierra. Con estas bendiciones del reino, ¡quién no querrá volver a ser como un niño! ¡Venga a nosotros tu reino, buen Jesús!

    Y si quieres más información sobre la obra de Cristo por ti, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.