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PARA EL CAMINO

Dígame usted si alguna vez escuchó —o dijo— frases como:
“Esto que hiciste no tiene perdón… no te lo voy a perdonar nunca” … “Yo perdono, pero no olvido” … “Si quieres que te perdone, vas a tener que ganártelo” …
Es verdad que perdonar a veces es una tarea bastante complicada. No estoy hablando de cosas pequeñas o cotidianas, errores que todos alguna vez cometemos, y por los que disculparnos pudiera ser lo habitual… me estoy refiriendo a esas cosas que en verdad hicieron daño, que rompieron corazones, traiciones o mentiras que destrozaron la confianza de alguien y que hirieron a otros, y que se hicieron queriendo, sin querer, o —como decía Chespirito— sin querer queriendo.
¿Hasta dónde pudieras perdonar? ¿Qué cosas no estarías dispuesto o dispuesta a dejar pasar por alto? ¿Hay algo en tu vida que te pide a gritos que sanes y que de una vez por todas logres perdonar? Ojalá este mensaje te ayude.
Hace muchos años una mujer vino a conversar conmigo en mi oficina. Ella tendría unos 30-40 años. Era inmigrante desde muy joven, y había salido de su país como hemos hecho muchos, buscando progresar y un mejor futuro. Pero atrás, en su pueblito, había dejado a su hija, quien para entonces era solo una niña. Esto la había llenado de culpa, de remordimiento, de tristeza y decepción hacia ella misma, pues sentía que la había abandonado.
Recuerdo que en la conversación me dijo: No lo sé Pastor, yo no creo que Dios me vaya a perdonar por lo que hice.
Desde que llegó a este país, ella siempre estuvo trabajando, y enviaba dinero para ayudar a su hija, y la llamaba cuando podía. Sin embargo, la niña crecía teniendo de todo, menos a su madre… y además comenzaba a dejarle saber que esto le incomodaba.
Esta pobre mujer tenía, en mi opinión, tres problemas que la aturdían: sentía que no podía perdonarse a sí misma; sentía que su hija adolescente no la quería y tampoco la perdonaba; y —peor aún— ella sentía que Dios tampoco la perdonaría por haber tomado esa decisión.
Créanlo o no, muchas personas con las que trabajo sienten que Dios no los perdona, y yo me siento terrible por eso. Porque si hay algo que el Señor quiere para nosotros es Su perdón, y todo el sentido de enviar a Jesús a la tierra era para que Él ganara lo que nosotros no podíamos ganar por nosotros mismos, que es precisamente la misericordia y el favor del Creador.
De la misma manera, hay aquellos que viven con rencores, deseos de venganza, y unos odios por aquellos que los hirieron profundamente, y a quienes no se atreven a perdonar. Así como también hay otros, como mi amiga, quien vivía la pena de no saberse perdonada. De esto quiero que conversemos en este día, y para ello los invito a abrir nuestras Biblias en el pasaje de esta semana, que encontramos en Mateo 18.
Y lo primero que quiero que sepas, y que atesores en tu corazón, es que Dios nos ama sin importar lo que pasó… dice la Biblia que aquellos que a Dios confiesan sus faltas, Él es bueno y justo para perdonarlos (1 Juan 1:9).
Así que, para efectos de nuestro mensaje de esta semana, hablaremos de dos perdones esenciales en la vida de todo ser humano: por un lado, el que viene de Dios hacia nosotros los pecadores, y por el otro, el que debemos practicar en nuestras vidas diarias. Propongo que iniciemos por este último.
¿Hasta cuánto tenemos que aguantar? ¿Cuánto debemos perdonar?
El apóstol Pedro tenía inquietudes similares a esta, y en el texto de hoy le pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces debo perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Jesús le dijo: «No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18:21-22).
Aunque en la Biblia los números casi siempre tienen mucho significado, aquí estos números no son lo importante. En realidad, Jesús está diciendo que el perdón se debe dar una, dos, tres, y todas las veces que haga falta.
El que se niega a perdonar, por la razón que sea, está tomándose un veneno espiritual, que seguramente le hará mal. Hay gente que guarda odios y estos sentimientos en su vida, como tratando de lastimar al ofensor, pero en realidad el que sale perdiendo es él o ella.
Perdonar no es celebrar la ofensa, ni pasarla por alto. Tampoco es un acto de debilidad como piensan algunos. Perdonar es un regalo, donde el gran beneficiado es quien perdona.
Cuando tú perdonas, reconociendo tu herida, trabajando para sanarla hasta recordarla sin dolor, y sabes apreciar las lecciones de estas situaciones inevitables, tú eres el mayor beneficiario.
Quisiera prometerte que nunca nadie te va a herir, o que tú nunca dañarás a nadie, pero honestamente esto no es posible. Somos humanos, nos equivocamos, cometemos errores, y somos especialistas en —como dicen en mi país— meter la pata. A todos nos han herido, y todos —de una forma u otra— también hemos decepcionado a alguien.
¿Qué tal si hablamos ahora de nuestra relación con Dios? ¿Cuántas veces le hemos decepcionado?
Para ilustrar mejor esto del perdón, Jesús nos narra una historia de un hombre que fue perdonado, y que después tuvo que perdonar.
Dice el texto que:
23 … el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. 24 Cuando comenzó a hacer cuentas, le llevaron a uno que le debía plata por millones. 25 Como éste no podía pagar, su señor ordenó que lo vendieran, junto con su mujer y sus hijos, y con todo lo que tenía, para que la deuda quedara pagada. 26 Pero aquel siervo se postró ante él, y le suplicó: «Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.» 27 El rey de aquel siervo se compadeció de él, lo dejó libre y le perdonó la deuda. 28 Cuando aquel siervo salió, se encontró con uno de sus consiervos, que le debía cien días de salario, y agarrándolo por el cuello le dijo: «Págame lo que me debes.» 29 Su consiervo se puso de rodillas y le rogó: «Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.» 30 Pero aquél no quiso, sino que lo mandó a la cárcel hasta que pagara la deuda.
La parábola de Jesús parece sencilla de comprender, pero —al igual que el perdón— es muy difícil de hacerla realidad en nuestras vidas.
El rey es Dios. A Él le debemos mucho. Nos ha dado la vida eterna en la obra de Jesucristo. Ha prometido para nosotros el cielo. Nos envió a Su Hijo para que a través de Él fuéramos salvos. Promete estar con nosotros siempre. No solo eso, todo lo que tenemos: tiempo en este mundo, familia, talentos y dones para vivir, para trabajar, para ser mejores… todo esto y más, Él nos lo provee.
Y cuando venimos a Él, y suplicamos —como hizo este siervo— para que nos perdone: Él nos perdona TODO. Dice la Biblia que Dios es tan bueno que “se olvida” de nuestras faltas (Isaías 43:25).
Ahora bien, ¿Quién creen ustedes que es el siervo de la historia?
Por supuesto que nosotros. Dios escucha nuestra súplica y nos perdona por compasión, por amor, porque así son los buenos padres. Él nos deja libre de deuda, sin que podamos darle a Él nada a cambio.
¿Y luego qué pasa?
Nos toca a nosotros hacer lo mismo con nuestros prójimos.
No se te olvide, que cuando le dices en el Padre Nuestro a Dios: Perdona mis ofensas y deudas, así como yo también perdono a quienes me ofenden, en realidad estás diciendo que, así como recibes perdón, también estarás dispuesto a perdonar a otros.
Mis queridos amigos de PARA EL CAMINO:
El perdón es un proceso. No es algo que pasa de la noche a la mañana. La gente nos hiere, nos decepciona, nos traiciona, nos miente… y es difícil porque vivimos con el corazón roto, y con una carga que pesa sobre nosotros.
Dicen que en la vida todos tenemos una mochila, y allí metemos las cosas que tenemos, lo que nos importa, los momentos felices… pero también van allí las traiciones, las decepciones, los momentos en los que lloramos, las heridas y la gente que nos hiere. Y cargamos con todo eso todo el tiempo.
Y este es el tema: cuando no perdonamos, cuando decidimos mantener con nosotros heridas que nos han roto en pedazos, en realidad estamos decidiendo vivir con esos sentimientos y esos rencores por siempre. Entonces queremos venganza, o que esa gente mala sufra lo que nosotros sufrimos.
¿Cuántas veces debo perdonar?
Jesús es claro aquí: TODAS LAS VECES QUE SEA NECESARIO.
¿Por qué?
Porque en Él, Dios nos perdona todas las veces que lo pedimos, y el Señor nos llama a actuar de la misma manera: no para que Él nos ame, porque Él ya lo hace; no para premiar al que nos ha ofendido, porque no funciona de esta manera; sino para que podamos vivir en paz sin una mochila que pesa muchísimo sobre nuestras espaldas.
Pero todo proceso de perdón lleva tiempo, lleva meditación, y nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo puedo hacer de esta situación algo positivo, algo que me haga una mejor persona, algo que pueda cambiar algo de mí, y yo no sea más como este siervo que luego de ser perdonado no tuvo piedad con su prójimo?
Por amor a ti, Dios envió a Su Hijo a morir en una Cruz. Recuerda esto: Jesús no fue perdonado ni salvado de la condena de la Cruz. A pesar de ser inocente, fue sacrificado y esto fue así para que tú fueras perdonado, y para que tú fueras equipado por el Señor para poder perdonar a otros. Es Dios, mis amigos, quien obra en nosotros la fe que se requiere para pedir perdón a Dios, para pedir perdón a nuestros prójimos, y para sanar las heridas que otros nos causaron.
Él no quiere para ti el sufrimiento del rencor venenoso que te corroe por dentro, sino la paz de Su perdón. Él promete estar contigo, y ayudarte, aún en esas situaciones en las que habrá gente que tendrá que salir de nuestras vidas, pero cuyos actos contra nosotros tendremos que sanar.
¿Cuántas veces debes perdonar entonces?
Lo repito: TODAS LAS VECES QUE SEA NECESARIO.
Hace un tiempo supe que mi amiga tuvo la oportunidad de regresar a su país y reencontrarse con su hija. No sé cómo estarán las cosas ahora, pero sí sé que está en paz con ella misma, y que la vida le dio la oportunidad de enmendar el tiempo perdido.
Tú, por tu parte, tienes hoy una oportunidad muy grande frente a ti: arrepentirte, confesar a Dios tus maldades, y recibir con gratitud el perdón que por gracia Dios te da. Hoy tienes también el reto de comenzar a sacar de tu mochila todo lo que duele, y comenzar a perdonar en lugar de coleccionar rencores. Todo eso que sientes, hoy podemos dejarlo en manos de Dios, quien a Su tiempo sanará tus heridas, y te llevará a amar y perdonar como Cristo te ama y te perdona.
No será fácil, te lo advierto. Pero será lo mejor. Porque en la vida Dios nos capacita para hacer lo que Jesús quiere que hagamos: Por Él, por los demás, y por ti mismo. Amén.
En esta oportunidad te invito a buscar en la sección de folletos gratis, en nuestra página de PARAELCAMINO.COM, el folleto “Cómo perdonar así como hemos sido perdonados”, escrito por un buen amigo, el Dr. Chad Lakies. Espero te sirva en gran manera para tu vida o la de aquellos a tu alrededor. Nos encontramos muy pronto en otro mensaje de CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES. ¡Hasta la próxima!