PARA EL CAMINO

  • Sabiduría que asombra

  • octubre 18, 2026
  • Dr. Leopoldo Sánchez
  • Notas del sermón
  • © 2026 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Mateo 22: 15-22
    Mateo 22, Sermones: 3

  • En la lengua española, el término “trampa” tiene una connotación completamente negativa. Se define como una artimaña o emboscada que se lleva a cabo disimuladamente, pero con malicia con el fin de burlarse de otra persona, perjudicarla o beneficiarse de su posible mala fortuna. En el mundo de los cazadores, una trampa es un mecanismo o artificio cuyo fin es atrapar al animal con el fin de retenerlo para luego matarlo. Es precisamente en este sentido negativo que el texto del evangelio usa el verbo “atrapar” para referirse a la acción e intención tanto de los líderes religiosos de Israel como del rey Herodes en contra de Jesús. Al igual que sus mentores, los seguidores de los fariseos y de Herodes (también llamados herodianos) tenían como costumbre “pensar en cómo atrapar a Jesús en Sus propias palabras” (Mateo 22:15). Querían que Jesús dijera algo que lo metiera en problema con las autoridades del día. Las trampas consistían en hacerle preguntas capciosas o engañosas a Jesús que pudieran comprometerlo y así llevarlo a ser condenado y crucificado. El texto nos dice que Jesús “conocía la malicia de ellos”, la mala intención detrás de sus aparentemente inocentes y respetuosas palabras. Por eso, después de escuchar la pregunta, Jesús les dice: “¡Hipócritas! ¿Por qué me tienden trampas?” (v. 18). En otras palabras, “¿por qué me ponen a prueba?”

    Esa no fue la única vez que alguien le hizo preguntas de este tipo a Jesús. Esta fue una de muchas veces durante Su ministerio en las que los oponentes de Jesús intentaron ponerlo a prueba o tenderle una trampa para luego usar Sus palabras en contra de Él. En una ocasión anterior, los líderes religiosos “se acercaron a Jesús para ponerlo a prueba, y le pidieron que les mostrara una señal del cielo” (Mateo 16:1). Jesús usa esta ocasión para enseñarles a Sus discípulos a diferenciar Su enseñanza de la enseñanza de los líderes religiosos. Aunque los fariseos y saduceos puedan interpretar las señales del cielo para pronosticar si va a llover o no, no tienen la capacidad de entender las cosas que solo Dios puede revelar por medio de Su Hijo. Jesús les dice: “¡Bien que saben distinguir el aspecto del cielo, pero no pueden distinguir las señales de los tiempos!” (v. 3). En otras palabras, solo Jesús puede discernir “las señales de los tiempos” porque Su autoridad es divina y está por encima de la autoridad de los líderes religiosos. Por eso, Jesús les advierte a Sus discípulos, “Abran los ojos y cuídense de la levadura de los fariseos y de los saduceos” (v. 6)—es decir, de sus falsas “enseñanzas” (v. 12). Lo importante es poner la confianza en las enseñanzas y promesas de Jesús. Solo Jesús nos puede revelar las señales de los tiempos que vienen de Dios.

    Ahora bien, Jesús tiene la autoridad divina para proclamar la señal que le revelará a un pueblo pecador. Les dice: “La generación mala y adúltera demanda una señal, pero no recibirá más señal que la del profeta Jonás” (Mateo 16:4). Ya Jesús les había explicado a los fariseos en qué consistía esta señal del profeta Jonás. Recordemos que, en el Antiguo Testamento, Dios envió a Jonás a llamar al pecaminoso pueblo de Nínive al arrepentimiento. Al inicio Jonás se rehusó a seguir el llamado de Dios y terminó en el vientre de un gran pez por tres días antes de ser expulsado del mismo. Al fin de cuentas, Jonás llama a la gente de Nínive a arrepentirse de sus pecados y lo hacen, salvándose así del juicio divino. En primer lugar, Jesús interpreta el sentido de la señal de Jonás como un anticipo de Su resurrección: “Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así también el Hijo del Hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la tierra” (Mateo 12:40). En segundo lugar, a manera de advertencia, Jesús les dice a los líderes religiosos que ellos representan una generación malvada que, a diferencia de los habitantes de Nínive en los días de Jonás, no quiere arrepentirse de sus pecados y recibir con gozo la palabra de Dios que Él les proclama por medio de Jonás y sobre todo Jesús, Su señal y promesa de resurrección. Jesús les dice: “En el juicio, los habitantes de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se arrepintieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más grande que Jonás” (v. 41). Mediante estas palabras, Jesús llama a los líderes y a la generación mala que representan que lo escuchen porque Él es más grande que Jonás. La lección es clara: Todo el que ponga su confianza en Jesús será salvo del juicio de Dios contra el pecado y será resucitado.

    En otra ocasión, los fariseos se acercaron a Jesús “para ponerlo a prueba” haciéndole una pregunta capciosa acerca del divorcio: “¿Es lícito que un hombre se divorcie de su mujer por cualquier causa?” (Mateo 19:3). Jesús les da escuela a los líderes religiosos, respondiéndoles que la voluntad del Creador desde el principio es que “lo que Dios ha unido, que no lo separe nadie” (v. 6). Luego, los fariseos empiezan a preguntarle acerca de excepciones. Jesús admite que, a veces por causa de infidelidad, el divorcio ocurre; y sin embargo, es por la dureza del corazón que estas cosas ocurren. Cuando los fariseos le dicen a Jesús que, dado lo difícil del matrimonio, sería mejor no casarse, Jesús les dice que aquellos que tienen el don del celibato por causa del reino de los cielos presentan un caso particular. Al fin de cuentas, a pesar de las excepciones, queda claro que la intención del Creador desde el principio sigue en pie y, por lo tanto, los líderes religiosos deben tener cuidado de no enseñarle a la gente a buscar cualquier excusa para librarse de sus responsabilidades maritales. En esta ocasión, el intercambio entre los fariseos y Jesús muestra nuevamente la distinción entre ambos. Es Jesús quien habla con la sabiduría que viene de lo alto y, por ende, también advierte a los líderes a no ser duros de corazón y a seguir la voluntad de Dios en Su palabra.

    En el texto de hoy, la pregunta que los fariseos dirigen a Jesús es delicada. Tiene que ver con el pago de tributo o impuestos al Emperador: “¿Es lícito pagar tributo al César, o no?” (Mateo 22:17). La pregunta es delicada porque los judíos en ese entonces estaban bajo la ocupación de los Romanos, quienes demandaban la obediencia de sus súbditos al César por medio de acciones concretas como el pago de tributos. Por un lado, si Jesús decía que no era lícito pagar el tributo, esto les daría a los líderes religiosos una excusa para tachar a Jesús de rebelde y acusarlo ante el rey Herodes y las autoridades civiles del imperio. Por otro lado, si Jesús decía que sí era lícito pagar el tributo sin más explicación, esto daría la oportunidad a los líderes religiosos de culpar a Jesús por enseñar que el pueblo debe ser fiel a César en vez de ser fiel a Dios. Esto sería visto como un llamado a la idolatría, lo cual pondría a Jesús en problemas con las autoridades religiosas. No es accidente que los que le hacen la preguntan a Jesús son discípulos de los fariseos, los cuales representan a las autoridades espirituales, y discípulos del rey Herodes, los cuales representan a las autoridades gubernamentales. Con su pregunta, los maliciosos pretendían atrapar a Jesús en Sus palabras para perjudicarlo ante una autoridad o la otra con el fin de deshacerse de Él.

    Sin embargo, la respuesta de Jesús los sorprende a todos por igual: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21). La respuesta muestra que no hay comparación entre el César y Dios. Uno es un ser humano, una criatura; otro es el Creador de los cielos y la tierra. Una cosa es vivir bajo un gobierno temporal y bajo un emperador que demanda tributos. Por eso, Jesús enseña que “den al César lo que es del César”. Sin embargo, otra cosa es la fe y la adoración que solo le pertenecen a Dios como el Creador. Por eso, Jesús enseña que den “a Dios lo que es de Dios”. El asombro de los líderes religiosos, ante las palabras de Jesús, muestran su reconocimiento de la autoridad divina con la que habla manifiesta la sabiduría y autoridad de Jesús (Mateo 22:22a). Así pues, las palabras de Jesús muestran una vez más que Su sabiduría y enseñanza sobrepasan la de los seres humanos porque Su autoridad es de origen divino.

    Los escogidos de Dios no solo se asombran de las palabras de Jesús, sino que también glorifican a Dios por las obras de Su Hijo. En otro episodio del evangelio, cuando Jesús sanaba a muchos enfermos, “La multitud se quedaba asombrada, y al ver que los mudos hablaban, los mancos eran sanados, los cojos andaban y los ciegos veían, glorificaban al Dios de Israel” (Mateo 15:31). A diferencia de la gente que glorificó a Dios por las obras restauradoras de Su Hijo Jesús, los discípulos de los fariseos y del rey Herodes que le hicieron la pregunta a Jesús “se alejaron de Él” (Mateo 22:22b). Es una respuesta trágica. Una cosa es asombrarse de lo que dice Jesús y glorificar a Dios. Otra cosa es asombrarse y luego alejarse de Jesús. Glorifica a Dios todo aquel que reconoce su pecado y pone su confianza en las palabras y obras de Jesús. Se aleja de Jesús aquel que cree erróneamente que no lo necesita, aquel que no se arrepiente de sus pecados, aquel que no pone su confianza en las palabras del enviado de Dios.

    Antes de responder a la pregunta acerca del tributo, Jesús les enseñaba parábolas a Sus discípulos, mientras los fariseos y saduceos lo escuchaban. El odio de los líderes religiosos hacia Jesús es evidente. Un texto nos dice que ellos “quisieron aprehender a Jesús, pero tuvieron miedo, porque la gente lo consideraba un profeta” (Mateo 21:46). Pero, así como los profetas de Dios en el Antiguo Testamento fueron perseguidos, así también Su Hijo Jesús será perseguido, Su mensaje será rechazado, y Su destino será la muerte.

    Inmediatamente antes del texto de hoy, Jesús les enseña a Sus discípulos y a los líderes religiosos mediante una parábola que Dios es como un rey que envía siervos a convocar invitados a una fiesta de bodas para su hijo (véase Mateo 22:1-14). Pero los invitados se niegan a asistir. Luego, el rey manda de nuevo a sus siervos a convocar a los invitados y éstos en vez de atender al llamado maltratan a los siervos. Los siervos maltratados son los profetas que Dios envía a Su pueblo para llamarlos a arrepentirse de sus pecados y recibir las promesas de Dios. Los líderes religiosos son como esos invitados que, al rechazar a Su Hijo Jesús, se negaron a recibir la generosa invitación de Dios a la fiesta. En el día del juicio final, no podrán entrar o colarse a la boda. No serán escogidos para la fiesta final en la que el Hijo celebrará Sus bodas con Su novia, la Iglesia. Son los que se alejaron de Jesús.

    Pero hay otros que reciben la enseñanza de Jesús y glorifican a Dios. Son los invitados que llegaron a la fiesta, aunque no eran dignos de asistir. Son aquellos que escucharon la palabra de Dios, que los siervos encontraron por los caminos, y que por la generosidad del rey fueron bienvenidos a las bodas de su hijo. Son aquellos que han sido llamados y escogidos, los que son salvos por la gracia de Dios, por la fe en Su Hijo Jesús.

    El texto de hoy nos invita a escuchar la palabra de Dios, a gozarnos de la enseñanza de Su Hijo Jesús. Allí Jesús nos enseña a dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Nos instruye a dar a todo gobernante lo que se requiera como ciudadano, siempre y cuando no sea algo que vaya en contra de la palabra de Dios. Porque solo a Dios damos lo que le pertenece a Dios, es decir, nuestro culto y adoración.

    El texto de hoy nos impulsa a glorificar a Dios por el don de Su Hijo Jesús, cuya autoridad es de origen divino y por cuya autoridad nos salva del poder del pecado y la muerte. Por eso, nos llama a poner nuestra confianza no en las palabras y el poder de los seres humanos, ya sean líderes religiosos o reyes de este mundo, sino en el único Dios Creador y en Su enviado, Su Hijo Jesús, en quien tenemos vida, perdón y salvación. El texto de hoy nos anima a dar gracias a Dios por la sabiduría de lo alto que Su Hijo nos ha revelado en Su palabra —sabiduría que no solo nos asombra, sino que nos acerca a Jesús, a poner nuestra fe en Él como nuestro Señor y Salvador. Glorifiquemos pues a Dios por Su Hijo Jesús, quien es la Sabiduría de Dios para nuestro bien. Sabiduría que nos asombra. Sabiduría que nos ilumina. Sabiduría que nos salva.

    Y si quieres más información sobre la obra de Cristo por ti, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.