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PARA EL CAMINO

Si abres tu Biblia en este momento y te vas al principio de todo, al capítulo uno del libro de Génesis, recordarás que en el primer día de la creación el Señor hizo la luz.
“…Y dijo Dios: «¡Que haya luz!» Y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas” (Génesis 1:3-4).
¿Alguna vez intentaste hacer algo a oscuras? No me refiero a cosas como dormir, o ver una película en el cine, actividades que seguro van muy bien con espacios oscuros.
Estoy hablando de algo más complicado: ¿Qué tal leer o escribir en la oscuridad? ¿Alguna vez tuviste que reparar o armar algo en las tinieblas? ¿Qué me dices de caminar o conducir un auto por una vía totalmente oscura y que no conoces?
En el pequeño pueblo donde nací y crecí era muy común que a veces fallara el servicio eléctrico y nos quedáramos sin energía. ¡Ay, se fue la luz!, decía alguien cuando esto sucedía, y entonces venían las complicaciones que traía este desafío. No funcionaban los aires acondicionados, o la luz de las habitaciones, ni la nevera, ni tampoco la tele, y en esos días no había Internet como ahora, así que al menos eso no me preocupaba mucho. Entonces —tanto niños como adultos— teníamos que ingeniarnos actividades para pasar el tiempo hasta que finalmente se restablecía el servicio. La falta de luz traía algo de caos.
Si te fijas en las Escrituras, antes de la creación, la tierra era un desorden total (Génesis 1:2), probablemente porque faltaba la luz del Creador, algo de lo que se encargó Dios el propio primer día.
Mientras, desde una perspectiva espiritual, la luz representa bendición, claridad, y vida… la oscuridad representa desorden, caos, y hasta suele ser algo tenebroso. No en vano, la noche oscura a menudo es el momento perfecto para la maldad, el crimen, lo indebido, y el miedo.
Cuando no hay luz, las cosas pudieran ponerse mal.
El texto del evangelio de esta semana habla un poco de esto, y en especial de lo que somos y de lo que hacemos debido a lo que somos. Jesús dice en Su famoso Sermón en el Monte:
14 »Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. 15 Tampoco se enciende una lámpara y se pone debajo de un cajón, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en casa.
¡Ustedes SON la luz del mundo!
Esto quiere decir que estamos llamados a hacer lo que hace toda luz: ¡Alumbrar!
No estamos para escondernos. No vivimos una vida de solo palabras, sino de acciones. Estamos en la tierra para alumbrar a otros porque en Cristo —según lo que dice el mismo Jesús— somos luz.
Lastimosamente sabemos que esto no es nuestra realidad todo el tiempo. A veces llega el pecado y nos corta el servicio eléctrico. Nuestra naturaleza humana suele apagar nuestras luces y dejarnos a oscuras. A menudo el mundo en el que vivimos y andamos, caído por el pecado, nos arrastra a las tinieblas, y nos obliga a poner nuestra luz dentro de un cajón para que no alumbre a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.
Hay personas que por desgracia han perdido todo su brillo, lo esconden, o dejan que otros lo oculten, y algunas ya no saben por dónde andar pues lo hacen completamente a oscuras.
El otro día me tropecé con una historia de una familia que se desmoronó a raíz de una traición y un mar de mentiras: Una relación destruida, corazones rotos, hijos sufriendo, y al final terminaron perdiendo los trabajos, el hogar, la confianza, inclusive algunas amistades. En fin, toda una tragedia que le apagó la luz a familias enteras… y todo por decisiones que te llevan a vivir a oscuras.
Cuántos no viven en la oscuridad de las cadenas, las traiciones, mentiras, adicciones, y todo eso que pasa en secreto (por nuestra mente o por nuestro corazón), y que nos deja heridos por ahí.
A veces la oscuridad llega a nuestras vidas sin ser nuestra culpa: por el daño que otros nos pueden hacer, un diagnóstico médico inesperado, un accidente, una pérdida, y tal vez algo o alguien que irrumpe en nuestros caminos rompiéndonos el corazón.
Como ves, queriendo o sin querer —o sin querer queriendo, como decía El Chavo— la vida se nos puede tornar algo oscura; alguien o una situación imprevista puede venir y apagarnos la luz; o simplemente nos dejamos ganar por los deseos que nos llevan a vivir cerca de las tinieblas, y lejos de la luz.
El propio Jesús dijo alguna vez que los que andan en tinieblas no se acercan a la luz, porque ésta expone su mal actuar y no querrán que se sepa en lo que andan (Juan 3:20).
Es por eso que, la afirmación que hace Jesús cuando declara que somos “luz del mundo”, debe llevarnos a vivir una vida de luz, no de tinieblas. . . de claridad, no de oscuridad… y debe guiarnos a alumbrar a otros, y no a apagarle el brillo a aquellos que nos rodean, o lo que es peor, apagar nuestro propio brillo.
Él dice:
16 De la misma manera, que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos.
Durante mi ministerio pastoral, una de las bendiciones más hermosas que atesoro en mi corazón, es todas las veces que me ha tocado realizar un bautismo. Es literalmente ser el testigo en primera fila de cómo Dios trae a alguien de la oscuridad a la luz, o de la muerte a la vida. Lo profundo de este rito es que es agua, simplemente agua, y la poderosa Palabra de Dios, y es en esa combinación sacramental en la que el Señor hace el trabajo y enciende la luz del bautizado.
En cada ceremonia bautismal, me gusta siempre encender una vela y dársela al bautizado —o a su familia— en el caso de que sea un niño pequeño, como recordatorio de lo que estamos llamados a ser como cristianos: luz del mundo, llamados a alumbrar a otros con la luz de Jesús.
Cuando usted y yo fuimos bautizados, o cuando alguien es bautizado, inmediatamente la luz del Creador se posa sobre el pecador redimido, una luz que brota del corazón de Dios, y alumbra sobre cada uno de nosotros, llevándonos a iluminar a otros y hacer la diferencia en un mundo tan oscuro como el nuestro.
Seguramente te preguntarás, pero ¿qué puedo hacer? ¿cómo puedo iluminar a otros? ¿qué puedo hacer si yo mismo vivo entre tanta oscuridad?
Lo primero que quiero que sepas es que la oscuridad de tu realidad no es mayor que la luz del amor de Aquél que te da una nueva identidad. En el Santo Bautismo recibiste esa luz que alumbra tu ser, tu corazón, y tu vida. Es esta luz la que alumbra para que miremos nuestras faltas, y nos guía en el camino del arrepentimiento verdadero. Cuando nos sabemos perdonados, y abrazamos nuestra condición de ser hijos e hijas de Dios, entonces podemos conocer nuestra identidad y decir con fe: En Cristo, soy luz para este mundo.
En segundo lugar, es bueno saber que hay herramientas que iluminan nuestro camino. Dice el Salmo 119:105 que la Palabra de Dios es una “lámpara a nuestros pies, y lumbrera a nuestro camino”. La Biblia nos revela que, en el caos y la oscuridad, Dios hizo la luz; nos recuerda que cuando andamos en valles de sombra de muerte, el Señor viene a nuestro rescate; además, que cuando seguimos a Jesucristo, no andamos en las tinieblas, sino que caminamos por la luz de la vida (Juan 8:12).
Y finalmente, y quizás lo clave en nuestro mensaje de esta semana, debemos aceptar que esa luz no puede quedarse en la nada, sino que debe brillar sobre otros. Aún en las derrotas o en las tristezas, y aunque a veces pensamos que nuestra luz no hace la diferencia, o que se nos apagó la llama, nosotros brillamos con buenas obras por otros.
Hay un proverbio chino que mi suegro repetía constantemente, y que decía: «Más vale encender una vela que maldecir la oscuridad”.
Por supuesto que la oscuridad del pecado aturde, y claro que vivimos tiempos difíciles, momentos desafiantes, realidades inciertas, peligros, aflicción, temores… pero aún en las circunstancias más desesperanzadoras y oscuras: nosotros alumbramos con la vela que enciende la fe en Jesús, y con nuestras obras, esto es, con nuestro amor por nuestros prójimos.
Lo primero —la fe— que es un regalo que viene con la salvación, y lo segundo —las buenas obras por nuestros semejantes— que llevarán a otros a glorificar a nuestro Padre en los cielos, y harán que más y más personas vean la bondad de Dios en nosotros, y a través de nosotros.
No estamos en la tierra para ejercer ministerios a escondidas o hacia adentro, sino que actuamos en el mundo, y brillamos en la tierra, con palabras y acciones que brotan de la fe.
Mis hermanos: Es justo y necesario hacer buenas obras, no para ganarnos la gracia, sino para hacer la voluntad de Dios (CA, Art. XX, 27). Nunca fue el plan de Dios que existiera la oscuridad, o que tu luz termine escondida debajo de un cajón: Dios quiere alumbrar oscuridades en ti, contigo, y a través de ti.
Un día alumbró la historia de la humanidad con la luz de Jesucristo, una luz que se apagó momentáneamente en Su muerte, donde todo quedó a oscuras, pero que se iluminó para siempre en la radiante luz de Su resurrección, y porque Él vive, tú también vivirás… y porque Su luz brilla en tu vida, con Su gracia, Su perdón, Su amor por ti, y Su presencia alumbrando tu camino, tú también podrás zafarte de la oscuridad y alumbrar en todo el mundo con palabras y acciones. Es Cristo la luz de tu vida, y las tinieblas jamás podrán prevalecer contra esa luz que nunca se apaga. Amén.
Amigos de PARA EL CAMINO, si quieres conocer más sobre Jesús y lo que Él puede hacer en ti, contigo, y a través de ti, te invitamos a visitar nuestro sitio en Internet y ponerte en contacto con nosotros aquí, en CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES. ¡Hasta la próxima!