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PARA EL CAMINO

¿Cuál ha sido la prueba más difícil que alguna vez te ha tocado enfrentar?
Abro el mensaje de esta semana con esta pregunta sabiendo que, de alguna u otra manera, a todas las personas nos ha tocado vivir y experimentar momentos difíciles. Quizás a algunos más que a otros, pero cada quien sabe y conoce su caminar por esta vida.
Entiendo que tal vez llegaste hasta acá —hasta este punto de tu vida o hasta este mensaje de PARA EL CAMINO— después de atravesar duras tormentas, en las que tu barca se pudo tambalear más de la cuenta, y pensaste que podrías naufragar; después de vivir días en los que la ruta no estuvo muy clara o te tocó retroceder; y tiempos en los que la tragedia, la pérdida, el dolor y el sufrimiento, pudieron tocar tu puerta. Quizás en este momento estás en uno de esos días en los que la vida pesa más de la cuenta, o a lo mejor no, y estás viviendo días de calma. En todo caso te pregunto una vez más: ¿Recuerdas tu prueba más difícil? ¿Ya sabes la respuesta?
Permite que comparta la mía y a lo mejor eso te ayude a pensar en la tuya.
Hace unos años, cuando estábamos en esos días de la pandemia del coronavirus, tuve que llevar a mi esposa al hospital de emergencia. Recuerdo perfectamente que era el día de Navidad, y en ese momento ella estaba recibiendo quimioterapia para combatir un cáncer agresivo que le habían diagnosticado. Lo cierto es que, en pleno tratamiento, cuando sus defensas estaban por el piso, a ella le dio también COVID, y obviamente se puso muy mal. De repente, llegó el doctor con la noticia, y me informa que tienen que trasladarla a una sección especial donde tenían a los pacientes con el virus. Una enfermera se me acercó, y me pidió que me retirara del lugar, que fuera a casa, y que antes me despidiera de mi esposa porque —como me dijo— nadie sabía lo que podía pasar.
Se pueden imaginar el miedo que me invadió en aquél segundo. Yo no sabía qué decir, ni qué hacer. Me sentía totalmente paralizado, no tenía fuerzas de caminar, o llamar a alguien por teléfono para que al menos me escuchara, y la idea de retirarme del hospital y marcharme a casa no estaba en mi cabeza. Tenía miedo, dudaba de todo incluso de mi fe, me sentía solo y desprotegido. Mi esposa era fundamental para mí, y la idea de perderla me rompía por dentro.
Recuerdo que fui al estacionamiento, entré en mi carro y, entre lágrimas y la impotencia de no poder hacer nada, me puse a hablar con Dios, a pedirle, a rogarle, y en medio de la desesperación a prometerle cosas a Dios, como si nuestra relación con Él se basara en transacciones. Yo sé que no funciona así. A Dios no le podemos decir dame esto y yo hago aquello, porque Su amor no espera algo a cambio. Él es un Dios de gracia, no de negocios.
No me acuerdo bien todo lo que le prometí al Señor aquél momento, todas las cosas que estaba dispuesto a hacer si Él me ayudaba con mi esposa, pero lo que sí puedo decirles es que, en esos minutos de oración, me detuve a pensar en todo el tiempo que ella y yo nos pasamos discutiendo, o dejando de hacer las cosas que siempre quisimos hacer juntos, permitiendo que nos dominaran los problemas y la cotidianidad, y recuerdo que me dije que quería disfrutar mi vida con ella, y que tenía que agradecer más a Dios por su presencia en mi vida.
Parecerá mentira esto que les voy a decir, pero a los pocos minutos me llamaron por teléfono para que la recogiera del hospital y la llevara a casa. Al parecer, cuando el médico de la emergencia llamó a la doctora de oncología que trataba a mi esposa, ella pidió al hospital que le dieran un tratamiento y la enviaran a casa porque recluirla no iba a ser lo mejor para ella.
Eso hicimos. Fuimos a casa, horas después comenzó a sentirse mejor, y gracias a Dios he podido estar con ella estos años, y hemos renovado muchas cosas lindas que creíamos perdidas de nuestro matrimonio. Hoy somos más unidos, más amigos, más pareja. Esta experiencia del cáncer ha sido muy dura y compleja, pero nos ha permitido acercarnos más a Jesús, madurar, valorar la vida, y aprender a identificar lo que de verdad importa.
No sé si ese fue el plan de Dios en aquella prueba de fuego. Pero ambos, ella y yo, pudimos ver el propósito de lo que ese proceso tan difícil significó para nosotros. Esto es lo primero que quiero compartir contigo: toda prueba tiene un propósito.
Mis queridos amigos: nada ni nadie evitará que pasemos por pruebas complejas y por situaciones dolorosas que a menudo nos golpearán muy fuerte. Sin embargo, quiero que sepas que cada prueba tiene un propósito, y más allá del lamento constante que pudiéramos tener, estas pruebas están allí para que encontremos y vivamos ese propósito.
Dice San Pedro en el verso siete de nuestro texto de esta semana, que: “…cuando la fe de ustedes sea puesta a prueba, como el oro, habrá de manifestarse en alabanza, gloria y honra el día que Jesucristo se revele. El oro es perecedero y, sin embargo, se prueba en el fuego; ¡y la fe de ustedes es mucho más preciosa que el oro!” (1 Pedro 3:7).
Pedro no dice aquí “si es que la fe de ustedes se pone a prueba”, sino que es prácticamente una afirmación de algo que pasará. Por eso dice: “cuando la fe de ustedes sea puesta a prueba”. Si te fijas bien, no hay un quizás, un tal vez, o un si acaso… es más que evidente que la prueba vendrá sí o sí. Vendrá para purificar la fe, para ejercitar la fe, y para fortalecer la fe que por gracia hemos recibido de Dios. Es lo que pasa con el oro y otros minerales, los cuales son pasados por fuego para ser purificados, fortalecidos y perfeccionados para que tengan una utilidad.
La comunidad a la que Pedro escribe esta carta enfrentaba grandes aflicciones muy parecidas a las tuyas y a las mías. Tanto Pedro, como los cristianos de entonces, sufrían todos los días grandes tormentas: los despreciaban socialmente por ser seguidores de Jesús; eran perseguidos, rechazados, llevados a la cárcel, asesinados, y además lidiaban con la opresión política y religiosa de aquellos días. La tradición cree que el propio Pedro murió crucificado poco después de escribir esta epístola.
Sin embargo, Pedro quería que los cristianos de ese entonces y de todos los tiempos, incluso usted y yo en este momento, supiéramos que el sufrimiento, cuando lo ves desde la óptica espiritual, tiene un propósito que nos conecta con el plan de Dios y con la esperanza de la vida eterna que Jesús obró para nosotros en Su muerte y resurrección.
Dice la Biblia que “muchas son las angustias del justo”, pero que el Señor nos librará de todas ellas (Salmo 34:19). Sufrimos con Cristo, para vivir con Él y recibir Su gloria (Romanos 8:17).
Pedro no quería que los creyentes pensáramos que estamos en el mundo para sufrir, o buscar el sufrimiento y el rechazo de los demás. Esto no es, ni jamás fue, el plan de Dios para la humanidad. Por el contrario, el sufrimiento, las tragedias, y todo lo horriblemente doloroso que enfrentamos en el mundo es consecuencia del pecado. Por lo tanto, el apóstol quiere que sepamos que sufrimos por el mundo caído en el que estamos, pero que ese sufrimiento está allí para que confiemos en la esperanza nueva que Jesucristo trae, para que sepamos que el fin no es la muerte sino la vida, y que en medio de las pruebas de fuego nuestra fe se haga más fuerte, y nos lleve a poner nuestros ojos en el que nos prepara una vida eterna mejor a esto que hoy sufrimos.
Esto que hoy nos pasa no es eterno, no dura para siempre, y no es más grande que Dios. Lo que hoy atravesamos es temporal, y lo que Dios tiene para nosotros —después de tanto sufrimiento— dura para siempre.
En alguna parte leí una metáfora de un hombre que todos los días cargaba dos recipientes de agua desde un arroyo cercano hasta la casa de su amo. Este sirviente balanceaba ambos recipientes con una barra que llevaba sobre sus hombros. Uno de estos envases tenía una pequeña rotura, y el otro estaba intacto y siempre conservaba la porción completa de agua al final del camino. El recipiente quebrado solamente llegaba con la mitad del agua.
Un día el envase roto comenzó a sufrir al pensar que no estaba haciendo bien la tarea, y sentía que estaba fallando. Mientras que la otra vasija de agua se jactaba de su buen trabajo y de sus logros.
Al tiempo, el recipiente roto habló con el cargador cuando estaban en el arroyo, y le dijo: «Estoy avergonzado y quiero disculparme contigo porque estoy fallándote».
El cargador de agua le contestó: «En nuestro viaje a casa quiero que veas las hermosas flores en el camino». Mientras iban de regreso, el recipiente pudo disfrutar las hermosas flores silvestres al lado del camino, y esto lo animó un poco. Pero al final del viaje, todavía estaba triste ya que, como siempre, había derramado la mitad de su carga. Otra vez se disculpó por su fracaso.
Entonces el hombre le dijo: «¿Notaste que solamente había flores a un lado del camino, en el tuyo? La razón es que siempre he sabido de tu problema, y aproveché esto. Planté semillas de flores en tu lado, y cada día, mientras caminamos de regreso, tú las riegas. Todos estos años he podido recoger estas hermosas flores y decorar la mesa de mi amo. Si tú no tuvieras ese problema, no hubiera hermosas flores para decorar la casa».
Esto que hoy te pasa —mi querido amigo, y mi querida amiga— pudiera acercarte más a Dios, para que confíes más en Él que en ti mismo. Tal vez, esto que hoy enfrentas te hace más fuerte, y te permitirá algún día atravesar otras tormentas con mayor determinación. Quizás es un entrenamiento, para que el día de mañana puedas ayudar y consolar a otros como una vez le dijo San Pablo a los Corintios que debíamos hacer (2 Corintios 1:3-4).
No sé cuál es el propósito de tu carga o tu dolor, pero lo tiene.
Jesucristo es el mayor ejemplo de sufrimiento con propósito que ha visto la historia entera. El Señor tomó la pesada Cruz de los pecados de toda la humanidad, y en ella murió, para que tu destino no fuera el sufrimiento eterno, sino la vida que no se acaba jamás. El profeta Isaías, hablando de los sufrimientos del Mesías, dijo que el Señor debía ser “herido por nuestros pecados; ¡molido por nuestras rebeliones! Sobre él vendrá el castigo de nuestra paz, y por su llaga seremos sanados” (Isaías 53:5).
Su venida al mundo no solo fue para revelar Su gloria, sino también para sufrir con el propósito amoroso de nuestra salvación. Él sintió vergüenza, rechazo, dolor, y un sufrimiento que no merecía, para salvar a aquellos que sí merecían morir. San Pedro dice más adelante en su primera carta que “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. En el cuerpo, sufrió la muerte; pero en el espíritu fue vivificado” (1 Pedro 3:18).
Jesús es como el médico que vino para sanarte de algo que él mismo ha experimentado. ¿Verdad que te sientes más cómodo si sabes que tu doctor pasó por una enfermedad similar a la tuya y tratará de curarte, así como hizo con él mismo? Él hará lo mismo contigo, por eso leemos en la Biblia que, si morimos con Él, resucitamos con Él (Romanos 6:8).
El Señor conoce tu sufrimiento, porque también vivió tu sufrimiento. Él no se queda jamás de brazos cruzados mientras tú sufres, sino que sufre contigo, te consuela, te fortalece, y pelea la batalla en tu lugar para que al final tengas la victoria y la esperanza de la vida nueva.
Cuando decimos en este tiempo de Pascua que caminamos con el Jesús resucitado, es porque sabemos que la Cruz fue dolorosa, pero no el final, y que al tercer día y para siempre, Cristo vivió, y vive, para darte a ti y a mí la vida en abundancia que solo Él puede ofrecer.
El pecado hace que suframos, pero el Espíritu del Señor viene a nosotros y nos lleva a tener fe en el perdón y en el que lo da… a confiar en la promesa del Dios fiel que nunca falla… y a convertir nuestras pruebas de fuego en oportunidades para ser más fuertes, regocijarnos en la reconciliación con Dios, y poder consolar a otros mientras sufren. No te quedes en el llanto del sufrimiento, sino que abraza el propósito que éste trae a tu vida… por medio de Cristo, en Cristo y con Cristo. Amén.
Aprovecho y te recomiendo uno de nuestros folletos gratuitos que encuentras en nuestra página de PARAELCAMINO.COM, y que se titula “¿Por qué pasan cosas malas?”, allí encontrarás más recursos para poder comprender el sufrimiento, y la solución que Jesús trae a nuestras vidas. Gracias por estar siempre atento a nuestros mensajes semanales y devociones diarias de CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES. ¡Dios te bendiga!