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PARA EL CAMINO

Hoy Jesús nos dice: Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará (Mateo 16:25).
Gracia, misericordia y paz sean a ustedes, de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
¿A usted le gusta perder? … Piénselo por un momento. Seguramente la respuesta es no.
A nadie le gusta perder. Nadie entra a un juego pensando: “Espero perder hoy”. Desde niños aprendemos a competir. Queremos ganar en los deportes, en los negocios, en las discusiones, en la familia, en la vida. Incluso cuando perdemos, tratamos de consolarnos con alguna frase: “Afortunado en el juego, desafortunado en amores”, o al revés. De una forma u otra, queremos sentir que todavía estamos ganando en algo.
Pero hoy Jesús nos pone frente a una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa realmente ganar?
En Mateo 16, Jesús dice: “Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:24–25).
Estas palabras parecen una contradicción. ¿Cómo que si quiero salvar mi vida la pierdo? ¿Cómo que si pierdo mi vida por causa de Cristo la encuentro? Pero Jesús no está jugando con palabras. Él nos está mostrando la diferencia entre ganar según el mundo y ganar según Dios.
Un poco antes, Pedro había confesado que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Esa fue una gran confesión de fe. Pero inmediatamente después, Jesús comenzó a explicar a Sus discípulos que debía ir a Jerusalén, padecer mucho, morir y resucitar al tercer día. En otras palabras, Jesús les anunció el camino de la Cruz.
Y Pedro no pudo aceptarlo. Tomó a Jesús aparte y le dijo: “Señor, ¡ten compasión de ti mismo! ¡Que esto jamás te suceda!” Pedro quería proteger a Jesús. Humanamente, parecía una buena intención. ¿Quién quiere ver sufrir a alguien que ama? ¿Quién quiere ver morir a su Maestro?
Pero Jesús respondió con palabras muy fuertes: “¡Aléjate de mi vista, Satanás! ¡Me eres un tropiezo! ¡Tú no piensas en las cosas de Dios, sino en cuestiones humanas!” (Mateo 16:23).
¿Por qué una respuesta tan dura? Porque detrás de esas palabras, aunque parecían bien intencionadas, estaba la tentación de evitar la Cruz. Y sin la Cruz no hay salvación. Sin el sufrimiento y la muerte de Cristo, no hay perdón de pecados. Sin Su resurrección, no hay vida eterna.
Pedro pensaba a corto plazo: evitar el dolor, evitar la pérdida, evitar el sufrimiento. Y nosotros muchas veces pensamos igual. Queremos soluciones rápidas. Queremos ganar ahora. Queremos sentirnos bien ahora. Queremos evitar cualquier camino difícil… Pero Jesús mira más allá. Él mira nuestra eternidad.
Aquí aparece la Ley de Dios, que nos confronta. Porque nosotros no solo queremos evitar el sufrimiento; muchas veces queremos salvar nuestra vida a nuestra manera. Queremos tener la razón siempre. Queremos que se haga nuestra voluntad. Queremos vengarnos cuando alguien nos hace daño. Queremos ayudar solo cuando nos sobra. Queremos amar solo a quienes nos aman. Queremos bendecir a quienes nos agradan, pero no a los que nos hieren.
El apóstol Pablo, en Romanos 12, nos llama a tener amor sincero: a bendecir a quienes nos persiguen, a gozarnos con los que se gozan, a llorar con los que lloran, a no ser orgullosos, a no pagar mal por mal, a vencer el mal con el bien. Pero cuando escuchamos eso con honestidad, debemos reconocer algo: ese amor no nace naturalmente de nuestro corazón (Romanos 12:9-10)
Nuestra naturaleza contaminada, nuestra carne, quiere ganar discusiones, guardar resentimientos, cobrar ofensas, mirar por encima a otros, proteger su comodidad, evitar la Cruz. A veces hasta usamos palabras religiosas para esconder lo que realmente hay en el corazón.
Decimos: “Que Dios lo bendiga”, pero por dentro no queremos bendecir. Decimos que confiamos en Dios, pero cuando llega el sufrimiento dudamos de Su amor.
También podemos sentirnos como el profeta Jeremías, cansados y heridos, preguntando: “¿Por qué mi dolor no tiene fin?” Hay momentos en que queremos hacer lo correcto, pero nos sentimos agotados. Queremos amar, pero no podemos. Queremos confiar, pero dudamos. Queremos seguir a Cristo, pero la Cruz pesa.
Y entonces Jesús nos llama: “Niéguense a sí mismos, tomen su cruz, y síganme”.
Negarse a uno mismo no significa odiar la vida ni despreciar el cuerpo. Significa renunciar al viejo yo que quiere vivir lejos de Dios. Significa reconocer que mi voluntad no es mi salvador. Mi orgullo no es mi salvador. Mi venganza no es mi salvador. Mi comodidad no es mi salvador y que mi éxito en este mundo jamás podrá comprar mi alma.
Jesús mismo lo pregunta: “¿De qué le sirve a uno ganarse todo el mundo, si pierde su alma?” (Mateo 16:26).
Esa pregunta nos detiene. ¿De qué sirve ganar dinero, reputación, discusiones, aplausos, comodidad o poder, si al final pierdo mi alma? ¿De qué sirve ganar en la tierra temporal, si vivo separado del único Dios eterno?
Pero gracias a Dios, el centro de este mensaje no es lo que nosotros podemos hacer por Dios. El centro es lo que Cristo hizo por nosotros…Jesús no evitó la Cruz. Jesús no se salvó a sí mismo. Jesús no escogió el camino fácil. Siendo verdadero Dios, se hizo verdadero hombre, se humilló, sufrió, cargó nuestros pecados, fue obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Allí, en la Cruz, pareció que Jesús perdía. Sus enemigos se burlaban, Sus discípulos huyeron y Su cuerpo fue puesto en una tumba.
Pero lo que parecía pérdida era la victoria de Dios…Cristo murió por nuestros pecados. Cristo pagó lo que nosotros no podíamos pagar.
Cristo cargó nuestra culpa. Cristo venció al diablo, al pecado y a la muerte. Y al tercer día resucitó. Él perdió Su vida en la Cruz para darnos vida eterna. Él fue entregado por nosotros para que nosotros fuéramos reconciliados con Dios.
Por eso, cuando Jesús nos llama a tomar nuestra Cruz y seguirlo, no nos está mandando a un camino donde Él no haya estado. Él va delante de nosotros. Él conoce el dolor, la tentación, el rechazo y la muerte. Y porque resucitó, también nos promete vida.
En nuestro Bautismo, Dios nos unió a Cristo en Su muerte y resurrección. Allí morimos con Cristo y recibimos nueva vida. Por Su Palabra, Él sigue llamándonos, corrigiéndonos, perdonándonos y sosteniéndonos en la fe. Y en la Santa Cena, Cristo no está lejos de nosotros: viene a nosotros con Su verdadero cuerpo y Su verdadera sangre, para darnos perdón, vida y salvación.
Entonces, perder por causa de Cristo ya no es una derrota. Perder mi orgullo, para perdonar, es ganancia. Perder mi deseo de venganza, para amar, es ganancia. Perder mi comodidad, para servir, es ganancia. Perder mi autosuficiencia, para confiar en Dios, es ganancia.
No porque nosotros seamos fuertes, sino porque Cristo vive en nosotros. Como dice San Pablo, llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se vea que el poder es de Dios y no de nosotros. Podemos estar atribulados, pero no destruidos; en apuros, pero no desesperados; derribados, pero nunca abandonados.
Así que la pregunta sigue en pie: ¿dónde quiere usted ganar al final? … El mundo promete mucho, pero no puede salvar su alma. Cristo, en cambio, le da algo que el mundo no puede dar: perdón verdadero, paz con Dios, vida nueva y esperanza eterna.
Por eso podemos seguir a Cristo aun cuando parezca que perdemos. Podemos amar cuando no es fácil. Podemos perdonar cuando duele. Podemos servir cuando nadie aplaude. Podemos confiar cuando no entendemos. Porque nuestra vida está escondida en Cristo, y quien pierde Su vida por causa de Él, la hallará.
Apreciados amigos de PARA EL CAMINO:
Que el Señor nos mantenga en la fe para aferrarnos en que las pérdidas temporales no tienen la última palabra en nuestra vida, sino la ganancia de la vida eterna por nuestro Señor Jesucristo resucitado… y que la paz, que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús. Amén.