PARA EL CAMINO

  • No hay peor ciego…

  • marzo 15, 2026
  • Rev. Germán Novelli Oliveros
  • Notas del sermón
  • © 2026 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Juan 9:1-11
    Juan 9, Sermones: 4

  • Sublime gracia del Señor,
    que a un pecador salvó.
    Fui ciego más hoy veo yo,
    perdido andaba y Él me halló.

    Así comienza una de las tantas versiones en español del himno cristiano “Sublime Gracia”, escrito por John Newton hace más de 200 años, traducido a un montón de idiomas, y que todavía se canta en muchas iglesias en todo el mundo.

    Independientemente de si te gusta o no esta canción, o que la hayas escuchado alguna vez o no, la verdad es que esta estrofa retrata lo que somos antes de que nos abrace la gracia de Jesús: somos pecadores necesitados de Él, somos ciegos espirituales que gracias a Él recuperamos la vista, y aunque andemos perdidos Él nos encuentra.

    El texto de esta semana nos lleva al capítulo nueve del evangelio de Juan, a una historia conocida como “La sanación de un ciego de nacimiento”, y que en realidad nos enseña mucho sobre nuestra propia condición, y lo que significa encontrarnos con la gracia de Jesucristo en nuestras vidas.

    Y quiero que comencemos —valga la redundancia— por el principio, por los primeros versos de este capítulo. Dice:

    1 Al pasar, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. 2 Sus discípulos le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, para que éste haya nacido ciego? ¿Él, o sus padres?»

    El contexto de este episodio nos lleva a saber que Jesús estaba en Jerusalén, en el día de reposo, y algunos expertos bíblicos piensan que se encontraba allí para la fiesta judía de los tabernáculos. En el capítulo anterior, Jesús acaba de tener una disputa con los líderes judíos, quienes incluso tomaron piedras para acabar con Él (Juan 8:59).

    Es decir, las cosas estaban tensas alrededor de la figura del Señor, aun así, Jesús no detenía Su paso.

    En este escenario, surge esta pregunta sobre el hombre que había nacido ciego: «Rabí, ¿quién pecó, para que éste haya nacido ciego? ¿Él, o sus padres?»

    Fíjense que el texto no nos dice el nombre de este hombre, ni la edad, ni su procedencia. Tampoco encontramos a algún discípulo, o al propio ciego, pidiendo que lo sanaran. La pregunta era simplemente si este hombre sufría por su culpa o por el pecado de sus padres.

    En aquellos tiempos, muchos creían que lo malo que te pasara probablemente era la consecuencia de algún pecado, o un castigo divino hacia ti o tus padres. Algunos de ustedes podrían recordar la historia de Job en el Antiguo Testamento, quien padeció grandes sufrimientos, y algunos de sus amigos le decían que lo que le pasaba era la consecuencia de sus pecados ocultos. Aún por estos días muchos creen que cuando algo malo nos ocurre es un castigo de Dios, lo merezcamos o no.

    ¿Quién pecó? ¿Él o sus padres? — esta fue la pregunta.

    Y la respuesta correcta nos la da San Pablo en su carta a los Romanos: “Por cuanto todos pecaron… todos están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

    Todos pecamos. Y este hombre no era ciego por culpa de él, o de sus padres, era ciego sencillamente porque era un pecador, como tú o como yo, necesitado —como tú y como yo— de la gracia de Dios.

    Por eso Jesús dice:

    4 «No pecó él, ni tampoco sus padres. Más bien, fue para que las obras de Dios se manifiesten en él».

    Una vez dijo esto, llenó de lodo los ojos del ciego, y le dijo ve a lavarte en el estanque de Siloé, muy cerca del templo, y cuando este hombre se fue, e hizo lo que Jesús le había dicho, se dio cuenta que su ceguera se había ido, y que ahora podía ver.

    Toda su vida había estado limitado por su ceguera. Las familias de entonces no cuidaban a las personas en este estado, y muchos terminaban abandonados en las calles. Este hombre había padecido una enfermedad que lo había apartado de todo, quizás no comía bien, no sabía de Dios o de las promesas del Padre, ni de las obras a las que hace referencia Jesús… solo había convivido con su limitación, su incapacidad, y su pena.

    ¿Cuál es tu ceguera? ¿Qué cosas te están limitando en este momento? ¿Qué es eso que hoy padeces y no te impide ver con claridad el plan de Dios para tu camino?

    En nuestros pueblos de América Latina la gente dice: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

    A lo mejor tu visión está tan perfecta, que pudieras incluso servir en el ejército de tu país. Es como le dicen por ahí los expertos: una visión 20/20.

    Aun así, no puedes ver lo obvio, lo que te aparta de Dios, de una mejor versión de ti, o de las obras que Dios quiere hacer en ti, pero sin embargo hay algo en ti que lo rechaza.

    Durante mi trabajo como pastor de iglesias, me he encontrado con muchas personas que en opinión de los demás llevan vidas agradables y casi perfectas, pero por dentro son un total desastre. Conozco gente con problemas como el alcoholismo, adicciones, y grandes sufrimientos, pero que no se dan cuenta y no quieren admitir que hay algo allí que no pueden o no quieren resolver.

    Estos son los peores ciegos… los que no quieren ver. A esto los llamamos ciegos espirituales: tienen ojos, visión 20/20, pero están tan lejos de Dios y Su gracia que sencillamente no quieren ver.

    Esto es lo que hace el pecado en nuestras vidas.

    Al igual que el ciego del texto de hoy, el pecado es algo con lo que nacemos. Está allí matándonos poco a poco, limitando la forma en la que vivimos, impidiéndonos reconocerlo o aceptar que existe dentro de nosotros. Y lo cierto es que no podemos hacer algo con nuestro esfuerzo para solucionarlo, e incluso es imposible que podamos vivir una vida sin pecar.

    Cuántas veces no encontramos alcohólicos que se niegan a reconocer que tienen problemas con la bebida. Cuántas veces no encontramos adictos que quieren salir de esos mundos a oscuras, pero que creen que podrán solos y sin ayuda de nada o de nadie. Cuántas veces no encontramos gente que intenta, y sigue intentando, pero que al poco tiempo recaen.

    Es solo uno, de los muchos ejemplos que hay, para describir lo dañina y terrible que es la ceguera espiritual en las personas.

    Si lees todo el capítulo nueve de Juan, te darás cuenta que la historia no terminó en la sanación del hombre ciego.

    Luego, la gente comenzó a hablar del milagro y de lo que Jesús había hecho. Los propios fariseos —los líderes religiosos— no soportaron escuchar lo que pasó, y llamaron al hombre para que rindiera cuentas. Algunos de ellos criticaban que Jesús hubiera hecho un milagro en el día de reposo, por aquella mala costumbre de poner su interpretación de la Ley por encima de la misericordia. Otros decían que Jesús hacía obras que no eran de Dios.

    En todo caso, el evangelio cuenta que llamaron al hombre para que les dijera una y otra vez lo que había ocurrido. Llamaron también a su familia para que corroborara la información. Sin embargo, ante el testimonio de todos los testigos, ellos prefirieron no creer.

    Tristemente, inclusive en nuestros días, personas a nuestro alrededor eligen no creer. Saben de Jesús, pero no le conocen. Han leído la Biblia, pero escogen seguir teorías más humanas, y más parecidas a ellos. Algunos eligen creer pero a su manera, y no a la manera de Dios que revelan las Escrituras.

    A ellos, a ti, y a mí, Dios sigue buscando. Por ellos, por ti y por mí, Dios se hizo hombre y vino al mundo. Para ellos, para ti y para mí, es este mensaje de gracia.

    Jesús fue al encuentro de este hombre para que en este milagro se manifestara la obra del amor de Dios. Por eso lo sanó, por eso manifestó en él Su gracia y misericordia, y por eso se apareció en su camino, no solo para sanarle, sino también para salvarle por medio de la fe.

    Al final de la historia, Jesús y este hombre se volvieron a encontrar. A Jesús seguían buscándolo los fariseos para criticarlo y hacerle daño, y a este hombre lo habían expulsado del templo. Y en este encuentro que narra Juan en los versos 35 al 38, Jesús le preguntó:

    «¿Crees tú en el Hijo de Dios?» 36 Él le respondió: «Señor, ¿y quién es, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Pues ya lo has visto, y es el que habla contigo.» Y él dijo: «Creo, Señor.» Y lo adoró.

    Jesús no solo sanó la ceguera física, sino que abrió sus ojos para que pudiera ver a Jesús —no como el sanador— sino como el Hijo de Dios, el Señor que ama, restaura, y salva.

    Mis queridos amigos de PARA EL CAMINO:

    Esta semana seguimos transitando el tiempo de la cuaresma, época de reflexión y arrepentimiento justo antes de recordar la muerte y resurrección de Jesús. Es por ello que hoy quiero que pienses en tus cegueras espirituales. Yo sé que todos cargamos con cruces muy pesadas, y que a veces vivimos situaciones difíciles de manejar que nos afectan a nosotros, o a la que gente que amamos. Pero todos nacemos en pecado, y todos nacemos necesitados de Dios.

    Evalúa tu ceguera espiritual, eso que te impide ver el amor de Dios por ti.

    Y no pongas tu mirada en formas de solucionarlo, o querer reparar las cosas por ti mismo.

    No es momento de ser tú mismo el oftalmólogo de tu vida espiritual.

    Por el contrario, Jesús nos invita en esta cuaresma a fijar nuestros ojos en Él, en lo que Él ha hecho, en el mayor milagro que es venir al mundo para salvarnos, aunque eso cueste Su propia vida.

    Hoy, Él promete abrir tus ojos con la verdad de Su Palabra… te invitará a un estanque para lavarte, no al de Siloé, sino al estanque de la fuente de tu Bautismo, donde el propio Dios nos lava nuestro pecado de nacimiento, cambiando nuestro futuro a uno lleno de gracia, de perdón, de vida eterna.

    Él es el que sanará tu ceguera espiritual, perdonará tu pecado, y te dará a ti el regalo de la vida eterna.

    No hay peor ciego que el que no quiere ver… y no hay mejor pecador que aquél que sabe que Dios ha perdonado sus faltas, y ahora tiene la oportunidad de conocer la verdad, y esta verdad lo hará libre. Amén.

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