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PARA EL CAMINO

Queridos oyentes, que la gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo sean con cada uno de ustedes.
Hace algún tiempo fui invitado a presentar una ponencia en el simposio multiétnico en St. Louis, Missouri. Ya iba de camino al evento y, mientras se acercaba el momento de la presentación, comencé a sentir esos nervios que suelen aparecer antes de un compromiso importante. Como de costumbre y sin pensarlo dos veces, tomé el teléfono para llamar a mi madre. Una mujer de oración. Yo, antes de compromisos como ese, la llamo y le pido: “Mamá, por favor, ora por mí”. Cuando estaba a punto de marcar su número, la realidad cayó sobre mí como un balde de agua fría: en cuestión de segundos reaccioné y recordé que mi madre había muerto apenas unos meses antes. Algo que mi mente y mi corazón todavía no lograban asimilar. Ese día no pude escuchar su voz. Solo me tocó recordar con nostalgia sus lindas palabras y todas las veces que me encomendó al Señor en oración.
Quizá tú estés recordando hoy a ese ser querido que ya no está contigo, a esa persona amada que ya partió con el Señor. Tal vez sientes ese impulso de buscarla, de abrazarla, de contarle algo, de escuchar su voz. Hoy puede ser un día muy difícil. El Día de Todos los Santos abre puertas que muchas veces queremos que se mantengan cerradas. Puertas del recuerdo. Recordamos con anhelo un rostro, un consejo, una oración, el lugar donde aquella persona se sentaba, y sentimos otra vez el vacío que dejó. La Palabra de Dios no nos pide fingir que la separación no duele. El mismo Señor Jesús lloró ante la tumba de Su amigo Lázaro. Pero hoy la Palabra de Dios no abre la puerta de nuestros recuerdos para encerrarnos en el pasado. La abre para mostrarnos un futuro que ni la misma muerte nos puede arrebatar. El futuro glorioso de todos los santos.
El apóstol Juan nos invita a mirar (v. 1). “Miren cuánto nos ama el Padre, que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios. Y lo somos”. No dice: miren cuánto hemos logrado, cuánto hemos mejorado o cuántas personas nos consideran buenas. Dice: miren cuánto nos ama el Padre. Allí comienza la historia de cada santo. En el lenguaje popular, un santo parece ser una persona excepcional, casi sin defectos, muy por encima de nosotros. Pero en la Escritura, un santo es alguien a quien Dios ha apartado para sí; un pecador perdonado y vestido con la santidad de Cristo. Ninguno de los apóstoles fue perfecto; muy por el contrario, Pedro negó al Señor. Pablo persiguió a la Iglesia. Juan buscó un lugar de honor en un reino que no entendía. Ellos no son santos porque sus pecados fueran menores, nosotros no somos santos por ser mejores, sino por la inmensa misericordia del Salvador de los pecadores.
Esta verdad nos quita toda posibilidad de presumir. Si examinamos nuestra vida a la luz de los mandamientos de Dios, no encontramos una santidad construida por nosotros. Encontramos palabras que hirieron, amor que retuvimos, rencores que alimentamos, cuerpos que usamos contra la voluntad del Creador, oportunidades de servir que dejamos pasar y una profunda inclinación a vivir alejados de Dios. A veces hasta usamos este día para hacer de nuestros recuerdos algo perfecto, como si quienes murieron nunca hubieran pecado. Pero por mucho que los amamos, ellos no fueron perfectos, y nosotros tampoco lo somos. La muerte misma proclama y nos recuerda nuestra imperfección, nuestra decadencia en este mundo corrompido por el pecado, y no hay logro, ni obra, ni mérito humano, que nos pueda reconciliar con Dios y presentarnos como santos ante Él.
Pero esa misma verdad también nos llama a la esperanza. Juan no dice solamente que recibimos un título bonito. Añade con énfasis: «¡Y lo somos!». Hijos de Dios, eso es lo que el Padre hace de nosotros por pura gracia. Él no esperó a que fuéramos dignos de Su familia. Envió a Su Hijo eterno a este mundo, a cargar nuestra culpa y ocupar nuestro lugar en la Cruz. Más adelante, en este mismo capítulo, Juan dice que Cristo apareció para quitar nuestros pecados y para deshacer las obras del diablo. En la Cruz, el Hijo santo fue tratado como un pecador; pero en Su resurrección, venció al pecado y a la muerte para siempre. Por eso, todo el que cree en Jesucristo recibe lo que jamás podría alcanzar: el perdón completo de sus pecados, la vida eterna y un lugar verdadero en la familia del Padre.
Juan escribió a cristianos que estaban pasando por una dolorosa división. Algunos habían abandonado la congregación y negaban verdades esenciales acerca de Jesús. Actuaban como si el Hijo de Dios no hubiera venido verdaderamente en carne y como si la fe pudiera separarse de la manera de vivir. Juan responde anunciando al Hijo de Dios encarnado, que da Su vida por nosotros, y con un llamado a un discipulado sacrificial, amando al prójimo y aun a los enemigos. Aquí la Palabra desenmascara un cristianismo cómodo. Podemos llevar el nombre de cristianos, conocer vocabulario bíblico y mantener hábitos religiosos, mientras vivimos con pecados que no queremos abandonar. Juan no nos permite usar la gracia como permiso para vivir sin arrepentimiento. Pero tampoco enseña que el creyente alcance perfección en esta vida. Él mismo ya había escrito que, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos (1 Juan 1:8). Pero si confesamos nuestros pecados, Él nos limpia y nos perdona. No obedecemos para convertirnos en hijos, sino porque el Padre ya nos ha hecho Suyos. Ahora podemos hacer estas buenas obras no para ser salvos, sino porque el Señor, en el Santo Bautismo, ha unido Su nombre al nuestro, nos ha vestido de santidad y nos ha recibido como hijos.
Por eso, cuando la Iglesia se reúne, ya se parece a una gran reunión familiar. Nos sentamos junto a creyentes que Dios ha hecho nuestros hermanos. Recibimos la Cena del Señor en comunión y alegría. Recibimos la absolución y compartimos la paz. Y en días como este recordamos con gratitud a quienes nos precedieron, damos gracias por la misericordia que Dios mostró en sus vidas, fortalecemos nuestra fe con su testimonio e imitamos sus buenas obras según nuestra propia vocación.
Sin embargo, Juan reconoce la tensión que sentimos: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (v.2). Ahora somos hijos, pero todavía enfermamos. Somos santos y pecadores. Ahora somos perdonados, pero todavía luchamos. Ahora tenemos vida eterna, pero los hospitales y cementerios todavía reciben cuerpos. Ahora nuestros hermanos que murieron en Cristo están con el Señor, seguros en Su promesa, pero todavía nos duele cuando mueren, todavía esperamos la resurrección del cuerpo y la renovación de la creación, ahora somos salvos, pero todavía caminamos en este mundo de pecado.
Mientras caminamos, recordemos la invitación del Apóstol Juan a la esperanza: “Miren…”, dice, “sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él porque lo veremos tal como él es”. No sabemos cada detalle de la gloria futura y no necesitamos inventarlo. Sabemos lo suficiente: veremos a Jesús. Veremos Sus manos que fueron atravesadas, el rostro que se volvió hacia los pecadores con misericordia y al Rey resucitado que nunca volverá a morir. Y al verlo, seremos semejantes a Él. Seremos por fin plenamente como Dios quiso: sin culpa, sin corrupción, sin incredulidad, sin enfermedad y sin muerte. Ya no seremos pecadores y santos al mismo tiempo. Seremos santos por completo, reflejando sin mancha la gloria de Cristo.
Tal vez tú que nos escuchas no sabes si puedes llamarte hijo de Dios. Quizá conoces demasiado bien tus fracasos o has pensado que primero debes limpiar tu vida para acercarte. Escucha el orden de la promesa: no te purificas para obligar al Padre a amarte; el Padre te ama tanto que entregó a Su propio Hijo para salvarte. Cristo no vino por quienes podían salvarse, sino por quienes estaban muertos en sus pecados. Su Cruz es suficiente también para ti. Ven a escuchar Su Palabra, recibe la enseñanza de la fe y pregunta por el Bautismo. No estás siendo invitado a admirar desde afuera a una familia de personas perfectas. Estás siendo llamado por el Evangelio a recibir gratuitamente el perdón y la vida que Jesús ganó para ti.
Y ustedes que ya han sido bautizados, recuerden quiénes son. Cuando el mundo les asigne valor según su juventud, dinero, ciudadanía, productividad o estatus social, el Padre dice algo más profundo: Eres mi hijo. Cuando el acusador enumere pecados ya confesados, Cristo responde con Sus heridas: Yo los perdoné. Cuando el cementerio parezca tener la última palabra, el Resucitado declara: Yo vivo, y ustedes también vivirán. Vivan entonces como hijos de Dios en sus hogares, trabajos, escuelas y vecindarios. Confiesen pronto, perdonen generosamente, sirvan sin exigir aplausos y compartan a Cristo con denuedo. Pasen a la próxima generación, no una nostalgia por la Iglesia de ayer, sino la Palabra viva que sostiene la Iglesia de mañana.
Hoy damos gracias por todos los santos: los conocidos por la historia y los conocidos solamente por Dios; los que nos enseñaron, cantaron, sirvieron y soportaron; los que se sentaron a nuestro lado y ahora descansan en Cristo. No damos gracias porque fueran impecables. Damos gracias porque el amor del Padre fue mayor que sus pecados, la sangre del Santo Hijo los limpió y el Espíritu los sostuvo por medio de la Palabra y los sacramentos. Y mientras nuestras lágrimas dicen que la muerte es enemiga, la promesa de Dios dice que es una enemiga derrotada. Se acerca el día cuando Cristo abrirá todas las tumbas, reunirá a toda Su familia y hará visible lo que ahora está escondido. Cuando Cristo regrese, los muertos en Cristo resucitarán. No solamente recordaremos a quienes partieron en la fe; por la misericordia de Dios, volveremos a encontrarnos en la gran reunión de los hijos de Dios.
Por tanto, Iglesia de Dios, amados hermanos y amigos, miren. Miren más allá de sus fallas, sin negarlas. Miren más allá de la tumba, sin minimizar su dolor. Miren a Jesucristo resucitado. Miren al Santo de Dios. “Miren cuánto nos ama el Padre”. Ahora somos Sus hijos. Cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a Él y lo veremos tal como Él es. Hasta ese día, permanezcan en Su Palabra, vivan en Su Bautismo, acérquense a Su mesa, amen de todo corazón, y que el Espíritu Santo los santifique todos los días. Miren, Cristo viene pronto. ¡Amén!
Si hoy deseas conocer más del amor del Padre y de la salvación en Su Hijo Jesús, quien te invita a Su familia y promete resucitarte al fin de los tiempos para gozar de la eternidad con Él y con todos los santos, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones.