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PARA EL CAMINO

El autor de la epístola a los Hebreos insiste en recordarnos esto: “No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. Y más adelante agrega otro recordatorio, dice: “No se olviden de hacer bien ni de la ayuda mutua, porque éstos son los sacrificios que agradan a Dios”.
La Biblia, desde el Antiguo Testamento hasta los textos de lo que conocemos como el Nuevo Testamento, nos llama a todos los creyentes a ser hospitalarios: a recibir, ayudar, y cuidar del prójimo, a amar inclusive a aquellos que —por decirlo de alguna manera— no son tan fáciles de querer. Es como una expresión de nuestra fe en Dios, quien nos motiva siempre a poner en práctica lo que creemos.
En esta ocasión de nuestro mensaje semanal de PARA EL CAMINO, quiero invitarte a que exploremos juntos este acto de la vida cristiana que conocemos como hospitalidad, o esta práctica tan hermosa y gratificante de cuidar a otros y tender una mano a aquellos que nos necesitan.
Con esto en mente, quiero que juntos revisemos cuatro elementos relacionados a la práctica de la hospitalidad, y de cómo ésta es una bendición para nosotros. Esta semana cubriremos dos de ellos, y en nuestro próximo mensaje veremos los otros dos elementos.
Pero, antes de adentrarnos en estos cuatro puntos esenciales de la hospitalidad, te comparto una historia que leí el otro día y que tiene que ver con esto de lo que estaremos hablando estas dos semanas.
Había un pastor en alguna parte de algún país, al que llamaremos Pastor Fernández. Tengo amigos pastores con ese apellido y espero que no se enojen, y sepan que no estoy hablando de ellos.
El caso es que el Pastor Fernández de nuestra historia sabía lo importante que es ser hospitalario en todo cristiano, y especialmente si eres un pastor. Te gustara o no, lo disfrutaras o no, no importaba si fuera cómodo para ti y tu familia, o no…. NO HABÍA OPCIÓN. Cada vez que venía algún pastor, un misionero, o un amigo de la iglesia, la habitación de huéspedes en el sótano de su casa estaba siempre lista y disponible. Tenía que hacerlo y punto—así pensaba él. No en vano, el apóstol Pablo, al hablar de los requerimientos que se necesitan para ser un ministro de la Palabra, dice: Un pastor debe ser irreprochable, tener una sola mujer, sobrio, prudente, respetuoso, hospitalario, y también apto para enseñar… (1 Timoteo 3:2).
Esto lo entendía así el Pastor Fernández. Pero no era fácil para él porque siempre significaba gastar un poquito más, y su sueldo no era el mejor, así que le costaba sacrificar algo de dinero. Asimismo, sus hijos se quejaban porque tenían que compartir el baño y la casa con huéspedes extraños, y esto implicaba otro sacrificio, el de la comodidad. Y su mujer tampoco estaba muy feliz porque sentía que tenía que cocinar para más personas, atenderlos, y esto era más trabajo para ella.
Un día el Pastor Fernández invitó a cenar a casa a una familia de su congregación. Sus hijos tenían planes de salir con unos amigos esa noche, y tuvieron que cancelar la salida porque el papá les pidió quedarse en casa y compartir con estos amigos. Su mujer —por su parte— no supo nada hasta ese mismo día cuando el Pastor Fernández la llamó por teléfono para contarle. ¡Imagínense el grado de tensión que había en esa casa! ¡Podías sentir la molestia a kilómetros de distancia! La gente quería explotar, pero eran la familia del pastor. Repito: No había opción.
Pero bueno, todos ayudaron y entendían que era la forma que tenía papá para mostrar amor a sus amigos, especialmente a la gente de la comunidad de fe a la que pertenecían, y a la que estaban llamados a servir.
La gente de la iglesia finalmente llegó. Todos se sentaron a la mesa. Y el Pastor Fernández sorprende a su hija más pequeña con una petición que no solía hacer. Dijo: “Hijita, por favor, haz tú la oración…”
La pobre niña estaba muerta de miedo. No sabía qué decir, ni cómo empezar… todos estaban esperando que comenzara la oración antes de comer. ¡Pero papá! ¡¿Qué voy a decir!?, exclamó ella.
Mamá, a quien le gustaba hacer la oración en la mesa, salió al rescate y le dijo: Hija, dile a Dios lo que yo siempre digo cuando viene gente a la casa a comer…
La niña miró extrañada, y preguntó: ¿En serio quieres que diga lo que tú siempre dices? Entonces oró: “Señor… ¿Por qué siempre tengo que cocinar para toda esta gente? . . . ¡Amén!”
¡Lo que siempre dices!
Después de eso, el Pastor Fernández decidió ser él el que hiciera las oraciones antes de comer.
Hasta en las mejores familias cristianas cuesta mucho ser hospitalario. ¡Hasta en las familias de los pastores!
Dijimos hace un momento que descubriremos juntos cuatro elementos que consideramos esenciales en la práctica de la hospitalidad. El primero es el amor. El Pastor Fernández amaba a la gente, se sabía amado por Dios, y sabía que Dios quería amar a través de él.
Por lo tanto…
#1 La hospitalidad nace del amor
Si volvemos a nuestras Biblias, y buscamos el texto de esta semana que es Hebreos capítulo 13, vemos que el capítulo inicia así: “Que el amor fraternal permanezca en ustedes. Y —luego dice— no se olviden de practicar la hospitalidad…” (Hebreos 13:1-2).
La hospitalidad es —en esencia— un acto de amor. Si no estoy dispuesto a amar a Dios amando a mi prójimo, entonces he comprendido muy poco esto de la fe en Jesucristo.
En otras palabras, si yo no he entendido que amo, porque primero he sido amado por Dios, y Dios me reveló Su amor al enviar a Jesús por mí, a sacrificarse por mí, y entonces yo no estoy dispuesto a amar a otros sacrificando mi propia comodidad, entonces no he entendido esto de ser un discípulo de Jesús.
Lastimosamente, el pecado a menudo nos empuja a no querer sacrificarnos por nuestros prójimos, o a vivir vidas de egoísmos. La palabra egoísmo comienza con “ego”, es decir, todo se trata de mí, o el YO va primero que todo.
¿Qué nos enseña Jesús? Él dejó lo que era, el Dios y Rey de todo, para hacerse un hombre y nuestro siervo, para venir a este mundo perdido, para sacrificarse en nuestro lugar. Todo esto lo hizo por amor, y es Su amor el que nos inunda el corazón de ganas de amar. Él nos pide que nos amemos, y nos dice que solo en el amor mutuo la gente sabrá que somos Sus discípulos (Juan 13:35).
Entonces, equipados por el Espíritu Santo, ustedes y yo, pecadores que somos, pero redimidos por el amor y la gracia de Dios, demostramos nuestro amor por el Padre celestial amando a los demás. Esto quiere decir que, en acción de gracias por tanto amor, somos capaces de ser hospitalarios.
Dios ha hecho lugar para nosotros en Su corazón, es hora de que hagamos lugar en nuestros corazones y vidas para aquellos que nos necesitan.
Y cuidado con creer que esta tarea será fácil. Cuidado con esto porque a veces las cosas no saldrán como esperamos. A veces ayudamos a gente, o recibimos a gente en casa, que no nos hacen bien, que quizás nos dañen, o nos hieran, o eventualmente terminen dándonos —como dicen por ahí— una patada. Mis amigos mexicanos suelen decir, “lo que duele no es la patada sino el burro que te la da”. ¡Lo he visto! ¡Me ha pasado a mí también! Pero no dejes que el mal de algunos detenga el bien que Dios quiere hacer contigo y a través de ti: nosotros seguimos amando, porque Dios no nos deja de amar, a pesar de las muchas veces que nosotros le fallamos.
Ama a tu prójimo al ser hospitalario con él. Decía Martín Lutero hace 500 años: Dios no necesita tus buenas obras, pero tu prójimo sí. De hecho, el reformador de la Iglesia, al explicar los Diez Mandamientos, enseña que cumplir cada mandamiento comienza con que primero debemos “temer y amar” a Dios.
Amar a tu prójimo no te da la salvación, pero vale la pena cuando descubres que lo haces porque Dios te amó y te equipó para ello.
El segundo elemento de la práctica de la hospitalidad es que tenemos que hacerlo con alegría, y no por obligación.
#2 La hospitalidad se hace con gozo
Recibir gente en casa cuesta mucho —para algunos más que a otros— así sea para una noche, o dos años, simplemente para una comida o para una taza de café… a menudo puede ser una carga. Tienes que sacrificar dinero, comodidad, tiempo, y a veces tu propio descanso. Pasa igual cuando nos toca recibir gente diferente en las iglesias o extranjeros en nuestros países.
Pero en todo caso, la hospitalidad debe hacerse con alegría, y con la paz que te brinda el saber que estás haciendo lo correcto, no desde la obligación o porque estás forzado a hacerlo, sino con la satisfacción de que estás siendo parte del amor y la misión de Dios en la tierra.
San Pedro lo coloca en estos términos cuando escribe: “Reciban a todos en su casa… sin quejarse” (1 Pedro 4:9).
Si tuviera que resumir mi propia vida en dos partes, yo lo haría de esta manera: 1) Yo viviendo en casa de otras personas… y 2) Otras personas viviendo en mi casa.
Cuando cumplí 17 años tuve que marcharme de mi hogar para ir a la universidad. Desde ese momento, hasta que me casé —unos diez años después— tuve que vivir como huésped en casa de muchísimas personas.
En esta primera parte de mi historia, mucha gente se quejó de mi presencia, y en algunos casos me echaron a la calle. Dicen que los arrimados son como el pescado, comienzan a oler mal después de algunos días. En ocasiones yo mismo me convertí en una carga o un incómodo inquilino. En otras circunstancias me fue muy bien. Tuve oportunidad de compartir momentos agradables, conocer gente muy linda, formarme para la vida, y conocer el amor de Dios a través de la hospitalidad de estas personas.
Luego, ya más grande y maduro, cuando me casé y me mudé con mi esposa, la vida me dio la oportunidad de ser yo el que recibiera gente bajo mi techo. Entonces tuve la bendición de hospedar gente extraordinaria en casa, y no te miento si te digo que me he quejado muchas veces. Es normal. Es humano. Sin embargo —y esto es lo que quisiera que llevaras a tu corazón en este instante— Dios espera que estemos bien al tomar estas cargas, y que ayudemos a otros sin rechistar.
Recibir a otros, feliz y sin quejarte, no será fácil, pero vale la pena cuando descubres que hay gozo en el cielo y en tu corazón cuando lo haces. Estos —dice la Palabra— son los sacrificios que agradan a tu Dios (Hebreos 13:16).
Comer con la persona que te gusta, o un café con los amigos de siempre, es fácil y ameno. Lo difícil es cuando toca hacerlo sencillamente por amor a Dios, y sin quejas. De igual modo, no tiene gracia alguna cuando lo haces para que todos te miren, y vean lo bueno que eres. ¡De ninguna manera! Esto de la hospitalidad se hace con alegría, para agradar a Dios, y amar a esas personas que Dios ha puesto en tu camino.
Dice Pedro: “Reciban a todos en su casa… sin quejarse” (1 Pedro 4:9).
Cuando leemos la historia de la natividad, o el nacimiento de Jesús, hay dos situaciones que —en lo personal— me tocan muchísimo sobre la vida del Señor aquí en la tierra. Primero, fíjense que no hubo posada para Él en Belén aquella noche, y tuvo que nacer rodeado de animales en un establo. Nadie pudo ser hospitalario con Dios. Lo segundo es que poco después de nacer, tuvo que marcharse del país porque desde muy chico lo buscaban para asesinarle. Y llegó exiliado, apartado, rechazado, a otra nación.
Aunque no hubo sitio para Jesús, Él cargó con eso solo para hacer lugar para ti en el reino de Dios. Aunque tuvo que huir, ser rechazado, perseguido… debes saber que todo lo hizo para que a ti nunca te faltara la protección y el cuidado de Dios. Jesús vino a la tierra, a un mundo que no fue hospitalario con Él, para hacer un lugar para ti en el corazón del mismísimo Dios.
Él hoy te abriga con Su Palabra, te perdona, te ama, y hace sitio para ti en un reino que no tiene fin.
Así de grande es Su amor por ti y por todos nosotros, y hoy quiere buscarte y prepararte para que a través de actos de amor —llámalo hospitalidad, generosidad, cuidado espiritual, caridad, o lo que sea— nosotros podamos amarnos mutuamente, es decir unos con otros, porque Él nos amó primero.
¿Vale la pena ser hospitalarios?
¡Siempre! Porque es Dios amándote a ti y amando a otros a través de ti. Amén.
La próxima semana, hablaremos de los otros dos pilares esenciales de la práctica de la hospitalidad, por ahora te pido que ores conmigo:
Amado Dios, ayúdame a ser refugio para aquellos que Tú quieres cuidar y amar a través de mí. Amén.
Recuerda que, para más información sobre todos nuestros recursos y programas, puedes visitar ahora mismo PARAELCAMINO.COM. Nos encontramos muy pronto en un nuevo mensaje de CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES. ¡Dios te bendiga!