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PARA EL CAMINO

Iniciamos este sermón en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amen.
En los años que llevo sirviendo como pastor misionero, han sido incontables las veces que personas me han dicho que tienen que cambiar antes de aceptar una invitación para venir a la iglesia. Algunos me han dicho algo como: “Pastor, primero tengo que arreglar mi vida… luego vendré a la iglesia”. Se sienten indignos de entrar a la casa de Dios viviendo en situaciones vergonzosas. Como si la iglesia fuera un lugar reservado solo para los santos. Pero pensar así es como decir, que no iremos al médico sino hasta que estemos sanos. Y esto es precisamente lo que Dios quiere enseñarnos en esta hermosa historia de redención que vemos en el pasaje bíblico de hoy.
En el capítulo nueve de Mateo, Jesús se encuentra avanzando en Su misión. En los primeros versículos se le ve sanar poderosamente a un paralítico, al cual también le perdonó sus pecados. Sin embargo, no todos lo entienden. Los escribas murmuran en sus corazones. Lo acusan internamente de blasfemia. No pueden ver Quién está realmente delante de ellos. Pero Jesús declaró ahí Su poder, tanto para sanar como para perdonar. Es en este contexto que Jesús avanza y se encuentra con un hombre llamado Mateo, que estaba sentado donde se cobran los impuestos. Este era su trabajo, a esto se dedicaba. Esto es clave para entender la profundidad de lo que está sucediendo aquí. Mateo no tenía un trabajo cualquiera. Ser un cobrador de impuestos era ser uno de los hombres más odiados, rechazados y despreciados por el pueblo judío. No solo trabajaba para el Imperio Romano, el poder opresor extranjero que los dominaba, sino que lo hacía a costa de su propio pueblo. Era visto como un traidor.
El sistema en el que Mateo trabajaba estaba corrompido. Los cobradores de impuestos pagaban una cuota al Imperio Romano y luego cobraban al pueblo lo que quisieran, quedándose con la diferencia, y convirtiéndose en una oportunidad para abusar del prójimo. Era un sistema basado en la extorsión, la avaricia y la injusticia. Por eso, Mateo no solo era rechazado socialmente, sino también excluido religiosamente. Era considerado pecador e impuro. No podía participar plenamente en la vida de la sinagoga. No podía ser testigo en un juicio. Su palabra no tenía valor. No tenía ninguna honra. A la vista del pueblo, Mateo era un gran pecador, colocado al mismo nivel que ladrones, prostitutas y paganos. Un hombre fuera de los límites de la gracia de Dios, según la percepción humana.
Es ahí donde lo coloca este pasaje. Sentado en su mesa. La mesa de los impuestos. La mesa del dinero mal ganado. La mesa del rechazo. La mesa del pecado. Sin embargo, es precisamente ahí donde lo encuentra Jesús. No para juzgarlo, no para exigirle ni condenarlo. No para mirarlo con desprecio, sino para ofrecerle una poderosa invitación. Una invitación que cambiaría para siempre el rumbo de su vida y lo transformaría por completo. Jesús ve a Mateo, pero no como el mundo lo ve, no como los fariseos lo ven, no como él mismo quizás se veía; Jesús lo ve con misericordia y le dice: ¡Sígueme! Y en esa invitación, en esa palabra hay poder creador. Porque la voz de Cristo no solo invita, sino que también crea y transforma. El mismo que dijo en el principio: “Sea la luz”, y la luz fue hecha; ahora dice: “¡Sígueme!”, y un pecador se levanta. Aquí no estamos viendo simplemente una decisión humana. No es que Mateo analizó, pensó o calculó riesgos, ¡no! Mateo muestra una obediencia inmediata, porque ha sido alcanzado por la gracia. No le pide algo de tiempo ni negocia con Jesús. No consulta con nadie. No calcula las consecuencias de dejar todo atrás, ni teme las posibles represalias del sistema romano. Simplemente se levanta y lo sigue.
El Evangelio de Lucas nos deja claro que no fue algo superficial; Mateo no lo menciona, pero Lucas 5:28 dice: “…y, dejándolo todo, lo siguió”. Su sustento, sus riquezas, su posición, su vida pasada. Nunca más lo vemos regresar a esa mesa. Porque cuando Cristo llama, Su Palabra transforma. Al igual que Mateo, nosotros no seguimos a Jesús por nuestra propia capacidad espiritual ni por nuestra fuerza de voluntad, ni por nuestra bondad interna. Como nos enseñan las Escrituras, el hombre, en su estado natural, está muerto en sus delitos y pecados, como lo declara Efesios 2:1: “A ustedes, él les dio vida cuando aún estaban muertos en sus delitos y pecados”. Por lo tanto, no puede buscar a Dios por sí mismo. Pero Cristo sí viene a buscarnos. Y cuando Su Palabra es proclamada, crea en nosotros fe y produce arrepentimiento. Por eso aquí vemos un gran milagro: un hombre muerto espiritualmente cobra vida. Un rechazado de la sociedad es llamado y aceptado por el Mesías; un pecador es transformado en discípulo.
Mateo, recién alcanzado por la gracia, abre su casa y prepara un gran banquete. En este punto quiero resaltar que Mateo es el autor de este evangelio y al parecer omite algunos detalles que podrían darle ciertos méritos ante sus lectores, por ejemplo, el hecho de que lo dejó todo para seguir a Jesús, ahora omite decir que esta es su casa, como lo afirma claramente el Evangelio de Marcos (2:15), “…mientras Jesús estaba sentado a la mesa, en la casa de Leví”, y que él fue quien preparó el banquete como lo menciona el Evangelio de Lucas (5:29). “Más tarde, Leví ofreció un gran banquete en su casa, en honor de Jesús”. Lo que parece más importante para Mateo es exaltar a Jesús y Su obra redentora. Mateo reconoce que todo lo material que él tiene, en realidad, no importa; lo que realmente importa es que él estaba enfermo en su pecado y el Gran Médico Jesús lo sanó. Él reconoce de dónde lo sacó el Señor, recordando que Su llamado fue un puro regalo de Dios y no mérito propio. Esto también lo apreciamos al ver que hay dos cosas que no omite: su nombre y su profesión, mientras Marcos y Lucas lo llaman Leví; Mateo no se cambia el nombre, no oculta su pasado, tampoco borra su identidad como cobrador de impuestos y pecador, al contrario, la preserva, la menciona, no como motivo de vergüenza, sino como testimonio de la gracia, como diciéndonos: Yo era ese pecador, ese cobrador de impuestos que Jesús le tuvo misericordia y le llamó a una nueva vida. Como compartiéndonos esa esperanza, si lo hizo con él, lo puede hacer con nosotros.
En su deseo de compartir a Jesús, Mateo nos invita hoy, de la misma forma en que invitó a sus colegas, a sus amigos y aquellos que compartían su vida pasada, a un banquete en el que el invitado de honor es Jesús. La gracia recibida se convierte en gracia compartida. En la cultura de aquel tiempo, compartir la mesa no era simplemente comer juntos; era un acto de comunión, de aceptación, de cercanía.
Y esta es la esencia del Evangelio, que Jesús se sienta con los pecadores. No los mira desde lejos, sino que se acerca y tiene comunión con ellos. Es interesante que en ningún momento Cristo le pida a Mateo ni a los otros que cambien, que se arrepientan o que se purifiquen antes de venir a la mesa. Jesús los acepta tal y como son. Como el médico no espera que el enfermo se cure a sí mismo antes de atenderlo, así nuestro Señor se acerca al pecador en medio de su enfermedad espiritual. Cristo no se contamina con ellos. No es nuestra impureza la que afecta a Jesús, es la santidad de Cristo la que transforma nuestras vidas. Porque donde está Cristo hay gracia, hay perdón, hay sanidad, hay vida.
Los fariseos no podían entender esto. Ellos esperaban a un Mesías que destruiría a los pecadores y abrazaría a los justos. Este de seguro no podría ser, al contrario, criticaban a Jesús por sentarse a la mesa con cobradores de impuestos y pecadores marginados. Ellos representaban una religión farisaica estrictamente apegada a reglas ceremoniales, creyendo que su separación de los impuros los hacía justos ante Dios. Jesús les responde con estas palabras sencillas pero impactantes: » No son los sanos los que necesitan de un médico, sino los enfermos». Aquí encontramos dos verdades profundas, una, la enfermedad del alma, llamada pecado y con la que todos estamos infectados. Todos necesitamos sanidad, el perdón de nuestros pecados, y de la misma manera que un enfermo no puede sanarse a sí mismo, un pecador no puede justificarse a sí mismo. Esto nos lleva a la siguiente verdad en la declaración de Jesús. Al sentarse a la mesa con los pecadores, Jesús nos declara el propósito de Su misión y Su venida. Él vino para salvar a los pecadores, que la Biblia claramente enseña que somos todos los seres humanos, Romanos 3:23 dice: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. Pero, como los fariseos, muchos no pueden verlo ni aceptar su condición y se pierden la oportunidad de una cita con el Médico Divino, aquel que había venido para ofrecer en el sacrificio de la cruz la medicina que sanaría para siempre el pecado de la humanidad.
Jesús cita al profeta Oseas (Oseas 6:6): «Misericordia quiero, y no sacrificio«. Con esto, Cristo amonesta a los expertos en las Escrituras, enseñándoles que a Dios no le agradan los rituales ceremoniales externos si el corazón está vacío de amor y compasión hacia los perdidos. Jesús no está enseñando que los sacrificios del Antiguo Testamento fueran malos, pues Dios mismo los había instituido. Más bien, Cristo expone que a Dios le desagradan los sacrificios cuando se ofrecen para aparentar rectitud o tratar de ganar el favor divino, mientras se carece de compasión genuina. La religión de los fariseos se había convertido en una máscara vacía, pues creían estar espiritualmente sanos sin darse cuenta de su propia miseria y necesidad de perdón. Cuidémonos de no caer en esta trampa, de pensar que nuestras tradiciones y rituales religiosos nos separan de los demás y nos hacen merecedores del favor divino. Al contrario, que hoy podamos responder, como Mateo, a ese poderoso llamado que Jesús nos hace. Que podamos entender que somos pecadores, enfermos, pero declarados sanos y perdonados por la gracia y la misericordia del Gran Médico, Jesucristo.
Amado oyente, yo no sé en qué mesa estás en este momento, no sé dónde te encuentres, si en la mesa de la corrupción y el pecado o en la mesa de la religiosidad vacía, pero donde sea que estés, Jesús te llama y te dice: ¡Sígueme! El Señor te invita a una mesa diferente, donde puedes tener comunión con Él, donde Él te ofrece perdón y vida eterna. En esa mesa de vida, el Señor tiene un lugar para ti. No tienes que tratar de cambiar por ti mismo; deja que la Palabra de Dios transforme tu vida, para siempre, como lo hizo con los primeros discípulos. Y si ya eres un discípulo del Señor y estás disfrutando de Su mesa, te animo a compartir esa gracia con tus amigos, colegas, familiares y vecinos. La mesa está abierta, el Señor nos espera, para recibirlos con Sus brazos de amor.
Si hoy deseas conocer más de este Médico Divino, que perdona pecados, que transforma vidas, y que renueva todas las cosas, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Queremos caminar contigo, orar por ti, y ayudarte a ver la hermosa verdad de que en Jesús tenemos la victoria de la vida eterna. Amen.