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PARA EL CAMINO

Vivimos en una época curiosa. Nunca tuvimos tanto acceso a información, y nunca fue tan difícil conocer realmente a alguien. Tenemos datos, estadísticas, historiales. Sabemos cosas de las personas, pero cada vez conocemos menos a las personas.
Si alguno de ustedes ha tenido que pelear con una computadora que se equivocó, sabe de lo que hablo. Cuando una computadora se equivoca, es muy difícil razonar con ella. Cuando la computadora te dice: “No recibimos su pago”, intentas tratar con esa cosa. Dices: “Estás equivocado”. Entonces tomas el teléfono y hablas con otra máquina: “Sí envié mi pago y tengo registros de ello”. Y lo siguiente es que recibes otra notificación diciendo: “Lo sentimos, no recibimos su pago”, y empiezas a decir: “Quiero hablar con una persona. Quiero ser tratado como una persona”. Porque intuimos algo profundo: la vida no se resuelve con sistemas, sino con relaciones.
La movilidad de nuestra sociedad también contribuye a este sentimiento. Antes, las personas vivían cerca. Tus vecinos eran personas con las que ibas a compartir durante años. Ya no. Antes, cuando entrabas a trabajar en una empresa, esperabas trabajar allí durante 30 años, y esas eran personas con las que ibas a tratar toda tu vida. Ya no. Como nos movemos tanto, tanto, existe una tendencia a usarnos unos a otros. Con el tiempo comienzas a sentirte más como un objeto que como un sujeto. Comienzas a sentirte más como una cosa que como una persona, y empiezas a anhelar lo personal. La relación.
La Biblia nos dice que la solución a este problema es el Evangelio. La “buena noticia” de que Dios nos creó para tener relación con Él y unos con otros, de que Dios nos salvó y nos santifica para tener relación con Él y unos con otros. Que ese nuestro anhelo por compartir no es solo real, sino legítimo y sagrado. Dios es así y Dios nos quiere así. Dios es Padre, Un Padre que nos ama y nos llama a esta relación de amor consigo. En otras palabras, Dios nos conoce y quiere ser conocido por nosotros. Eso es lo que está en juego en Juan 14. Una conversación profundamente personal. Y la vamos a estudiar desde tres ángulos: La importancia de conocer al Padre. El desafío de conocer al Padre. La bendición de conocer al Padre.
La historia comienza en la noche más oscura. Jesús camina hacia la Cruz, y Sus discípulos están confundidos, con miedo. Y entonces Felipe dice algo que suena piadoso, pero que revela algo más: “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta”. Felipe quiere una señal clara, algo que lo deje tranquilo. Está siendo humano. Jesús no da largas explicaciones, tampoco le abre el cielo para una visión. En cambio, lanza una pregunta que atraviesa al corazón: “¿Tanto tiempo he estado con ustedes, y todavía no me conoces?”
No sabemos hasta qué punto la pregunta de Felipe nace de la ignorancia o de un anhelo sincero. El punto no es juzgar a Felipe. Felipe pregunta porque algo todavía no está firme. Y Jesús responde porque esa pregunta no puede quedar sin respuesta. Conocer al Padre lo cambia todo. Sin conocer al Padre todo lo demás queda incompleto. La fe se vuelve frágil cuando llega la prueba. La religión se transforma en rutina. La obediencia se vuelve pesada. El sufrimiento se vuelve insoportable. Y la vida eterna un problema insoluble. Ven la importancia.
La pregunta de Felipe muestra que es posible seguir a Jesús y aun así no comprender bien quién es Él. Es posible estar cerca de Cristo, estar cerca de los seguidores de Cristo, y, sin embargo, seguir buscando seguridad fuera de Él, seguir buscando al Padre más allá del Hijo. En la respuesta de Jesús vemos que una cosa es conocer cosas acerca de Dios. Otra cosa muy diferente es conocerlo a Él. En la respuesta de Jesús vemos lo que todavía no estaba claro para Felipe. Lo que Felipe estaba pidiendo ya le había sido dado. “El que me ha visto a mí, dice Jesús, ha visto al Padre”. Jesús no dirige a Felipe hacia una experiencia mística, ni hacia una revelación futura, ni hacia una señal espectacular. Lo dirige hacia sí mismo. Es como si dijera: “Felipe, si no conoces al Padre aquí, conmigo, aquí, en mí persona, en mi obra, no lo conocerás en ningún otro lugar”.
Lo que el Antiguo Testamento sólo apuntaba, lo que en las historias no estaba del todo claro (Dios se revela y se esconde; Moisés ve Su espalda, no Su rostro; el pueblo oye Su voz, pero tiembla; el templo tiene velos; el Lugar Santísimo está cerrado), ahora, con Jesús, todo cambia. Él no solo habla del Padre: Él nos lo revela, nos lo acerca, nos lo hace tangible.
En el versículo 6 Jesús dice unas palabras que han sido repetidas por siglos, pero que siguen siendo desconcertantes: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí”. Aquí entramos en terreno incómodo. Más allá de lo bonito del versículo, cuando uno se detiene a pensar en lo que significa, vemos el desafío de conocer al Padre de la manera que Jesús plantea aquí. Porque lo que Jesús está diciendo es que conocer a Dios es algo personal… y lo personal siempre amenaza nuestro control. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, no deja espacio para domesticarlo. No puede ser un accesorio. No puede ser un apoyo ocasional. Y eso nos incomoda.
Porque, a causa de nuestro pecado, preferimos un Dios que ayude… pero que no gobierne. Un Dios que consuele… pero que no confronte. Un Dios disponible… pero sin autoridad. El pecado dentro de nosotros no quiere a “Dios Padre”; prefiere un genio de la lámpara: uno que aparezca cuando lo invocamos, que conceda deseos, y que luego vuelva a desaparecer. Pero Jesús no negocia Su identidad. Dice: “Yo soy la vida”. Yo soy la vida, no soy un complemento para tu proyecto personal; soy tu fuente, tu fundamento y tu destino. Cuando Jesús dice vida, está diciendo: “Mi lugar es ser la razón por la cual vives”. No una ayuda para tu carrera, sino su sentido. No un apoyo para tu vida, sino su centro.
También fuerte es cuando Jesús dice: “Yo soy la verdad”. Miren que no dice una verdad, sino la verdad. Lo que revela Jesús, en todas Sus enseñanzas, no es una teoría más. Es lo correcto y verdadero, sobre todo. Su palabra no viene a confirmar nuestros sentimientos; viene a juzgarlos. Su palabra no se somete a la cultura de nuestros tiempos, ni a nuestras opiniones. Es ella la que tiene la última palabra. Por encima de lo que sientes, de lo que quieres, por encima de la opinión pública. Yo soy la verdad, dice Jesús.
Y luego dice: “Yo soy el camino”. No conocemos al Padre a nuestra manera. Conocemos como Él se da. No definimos el acceso. El acceso es la Cruz. Y aquí tocamos el nervio más sensible. Porque, en nuestra cultura, la fe suele mezclarse con el “ser buena gente”. Pensamos en la abuela que nunca dejó de rezar, que encendía velas, ayudaba a los vecinos y enseñó a todos a compartir, pero que nunca pudo explicar su fe en Cristo. Pensamos en el padre trabajador, que nunca pisa una iglesia, pero que jamás abandonó a su familia. Pensamos en la vecina solidaria, la que organiza colectas, cuida a los enfermos, abre su casa, y sin embargo dice: “Yo creo en Dios a mi manera”. Y entonces la pregunta aparece: ¿Y qué pasa con ellos? ¿Y qué pasa con el buen budista? ¿Con la buena persona que no pertenece a ninguna religión?
Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí. Las palabras suenan suaves, son conocidas. Pero la reivindicación que Jesús hace es enorme. Exclusiva. Personal. No hay neutralidad. No hay atajos. El desafío de conocer al Padre es que el camino es estrecho… y pasa exclusivamente por Jesús y por Su obra en la Cruz.
III. La bendición de conocer al Padre
Sí, hay cierto incomodo de Jesús diciendo ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’, pero hay también bendición. Sus palabras no fueron dichas con el propósito de hacernos dudar, sino confiar, no fueron dichas para excluir, sino para acoger. Sabemos de eso porque después de decir: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”, Jesús hace una afirmación todavía más fascinante: “De cierto, de cierto os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre”.
Este texto ha sido maltratado de muchas maneras. A menudo se le ha usado para alimentar fantasías de poder, promesas de éxito visible, una teología de gloria que no pasa por la Cruz.
Pero Jesús no promete cristianos más espectaculares que Él. Promete algo más bendecido. Escuchen bien lo que dice: “Porque yo voy al Padre”. No es una escapatoria. No es un final feliz sin costo. Es la Cruz. Es la resurrección. Es la ascensión. Es estar asentado a la diestra de Dios. Es la consumación de Su obra por nosotros. Cuando Jesús va al Padre el pecado queda expiado, la muerte es vencida, el diablo derrotado, y el acceso al Padre queda abierto para todos.
¿Y qué quiere decir Jesús con “obras mayores”? Las “obras mayores”: no son más poder, sino mayor alcance. Durante Su ministerio terrenal, Jesús predicó principalmente a Israel. Sanó cuerpos que volverían a enfermar. Resucitó muertos que volverían a morir. Perdonó pecados de manera inmediata. Pero después de Su ascensión ocurre algo mayor. El Evangelio del perdón se proclama a todas las naciones. Los pecadores son justificados por la fe en todo el mundo. Cristo actúa ahora a través de Su Iglesia. Las “obras mayores” no son más milagros visibles. Son la extensión universal de la Gracia. Cada vez que un pecador escucha: “Tus pecados te son perdonados” está ocurriendo una obra mayor. Cada vez que alguien es bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Cristo mismo está obrando. Cada vez que el pan y el vino son consagrados y entregados “para perdón de los pecados”, está ocurriendo una obra mayor… el cielo se abre en la tierra, en cada altar. Cristo obrando hoy, por medio de Su Iglesia, en cada rincón, para cada pecador, son las obras mayores que los discípulos tocaron y que ahora nos alcanzan a nosotros. Lo que parecía excluyente en Juan 14 se convierte en un puente: solo a través de Cristo se alcanza la Gracia que se extiende a todos. No limita, sino que asegura.
Es la bendición de conocer al Padre. Bendición que también cambia la manera de orar, bendice nuestra manera de orar. Jesús concluye diciendo: “Y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo”. No es una fórmula mágica. No es una frase para cerrar oraciones. No es un gesto vacío. Orar en Su nombre es vivir la vida y hablar con Dios desde la relación que Cristo nos ha dado. Con confianza. Ya no oramos como esclavos inseguros. Ni como clientes que intentan negociar. Ni como quienes tratan de convencer a Dios con sus esfuerzos. Oramos como hijos. Hijos que saben que no necesitan manipular a Dios, que no necesitan demostrar mérito, que no necesitan esconder su pecado. Oramos libres. Oramos confiados. Oramos porque el Padre nos ha sido revelado en Cristo.
Jesús fue incómodo. Fue exclusivo. Fue desafiante. Y precisamente por eso, conocer al Padre es una bendición. Porque lo que nos incomodaba, lo que parecía demasiado estrecho, demasiado radical, hoy se convierte en nuestra paz. Él no nos dejó un camino para descifrar, ni una fórmula para dominar, ni una escalera para subir. Cuando Cristo murió, resucitó y ascendió, Él fue al Padre por nosotros. Él fue al Padre por ti. Y eso es todo lo que necesitamos.
Hermanos y hermanas que ya caminan con Jesús, como Felipe: esta palabra es bendición para ti, este texto no los empuja a hacer más, sino a descansar más profundamente. A vivir desde la obra ya terminada. A servir sin ansiedad. A sufrir sin desesperar. A arrepentir sin esconder. A orar como hijos. Cristo nos ha hecho conocer y ser perdonados por Dios Padre, y Su obra nos sostiene. Que esta verdad los anime, los fortalezca y los impulse a vivir confiados en Él, disfrutando y compartiendo las bendiciones que ya nos pertenecen.
Y amigos, amigas, que todavía están buscando a Dios, que desean conocerlo, escuchen esta invitación. Jesús no excluye para cerrar puertas, sino para abrir una sola que permanece abierta para siempre. Él muestra al Padre… también a ustedes. Él les ofrece perdón, paz y un propósito que transforma la vida. Tal vez te han dicho que no tienes lugar, que no tienes chance, que no tienes remedio, pero Cristo en la Cruz te ha dado todo lo que te faltaba y sí, eres bienvenido a conocer al Padre a través de Él. Bienvenido para orar como hijo, a recibir Su gracia y a disfrutar de Su obra hoy mismo. La bendición de conocer a Dios Padre, en Cristo, es para ustedes también. Amén.