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PARA EL CAMINO

¿Quién no se acuerda de la serie de televisión de los Guardianes de la Bahía (en inglés “Baywatch”)? Soy de una generación —antes del Internet y las redes sociales— donde la televisión era el medio de comunicación por excelencia, y donde niños, jóvenes y adultos encontrábamos allí el entretenimiento de todos los días. En mi país, la serie de los salvavidas de las playas de California, con sus uniformes rojos y sus transportes amarillos, fue todo un suceso, y aún recuerdo las aventuras del capitán Mitch Buchannon y su equipo de socorristas quienes siempre llegaban a tiempo para atender cualquier emergencia. Por aquellos días de mi infancia, yo vivía cerca del mar, así que por culpa de esta serie se me metió en la cabeza que quería ser salvavidas.
Lo que más me impresionaba era la rapidez que tenía esta gente para socorrer a las personas. Ellos iban nadando, en camionetas a toda velocidad por la playa, en motos de agua o lanchas, y hasta en helicóptero, siempre capaces de venir al rescate de los necesitados.
¿A quién no le gustaría que fuera así en la vida real cuando enfrentamos nuestros problemas? … o que cuando digamos ¡Ayuda! ¡Ayuda!, en cuestión de instantes llegara la atención que necesitamos. Sería genial, ¿no es cierto?
Y es que a veces andamos con muchos problemas. Quizá más de los que quisiéramos tener. En ocasiones, nadamos en un mar de complicaciones y preocupaciones, y sin darnos cuenta nos comenzamos a ahogar, y lo peor es que no sabemos de dónde vendrá nuestra ayuda.
Hay días en que eso que nos perturba nos quita el sueño, en los que se hace difícil ver una salida. Situaciones que están fuera de nuestras manos, conversaciones que no queremos tener, emociones que no estamos manejando, y pudiéramos estar un buen rato contándonos lo que nos pasa. Porque nadie está exento de llevar a cuesta una cruz.
En esta oportunidad, quisiera que exploráramos juntos un pasaje de la vida de Jesús que tal vez muchos de ustedes ya conocen, y es aquella vez en la que el Señor caminó sobre las aguas, y que encontramos en el evangelio de Mateo, capítulo 14.
Jesús se había vuelto asombrosamente famoso y acababa de alimentar a más de cinco mil personas, otro episodio muy conocido de la vida de Cristo. ¡5 mil personas! ¡Cuánta gente! Entonces, para poder despedirse de toda esa multitud, y hacer tiempo para orar a solas, Jesús hizo que Sus discípulos se fueran en barca hasta la otra orilla del lago donde después los alcanzaría.
Dice el texto que se hizo de noche y, mientras Jesús seguía orando, en plena navegación, unas fuertes olas estaban azotando la barca donde iban Sus discípulos. Y es aquí cuando ocurre lo más inesperado de todo, un rescate mejor que el de los salvavidas de Baywatch. Dice el texto que:
24 La barca ya estaba a la mitad del lago, azotada por las olas, porque tenían el viento en contra. 25 Pero ya cerca del amanecer Jesús fue hacia ellos caminando sobre las aguas.
Jesús estaba predicando con autoridad, enseñando la Palabra de Dios, sanando a los enfermos, alimentando multitudes… y ahora… ahora era capaz de caminar sobre las aguas.
Esto habla mucho de Su poder. Este pasaje es un abrir la mente, el corazón, cada sentido, para poder descubrir quién es el Señor en el que creemos, al que predicamos, y a quien confesamos. Recuerda esto cuando sientes que el agua te ha llegado al cuello… recuerda quién es este Dios todopoderoso que hoy te acompaña.
Pero la historia no termina aquí…
Dice el texto de Mateo 14, que:
28 Pedro le dijo: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya hacia ti sobre las aguas.» 29 Y él le dijo: «Ven.» Entonces Pedro salió de la barca y comenzó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. 30 Pero al sentir la fuerza del viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!»
Fíjense que Pedro todavía no estaba seguro. Fíjense que todavía había dudas en su corazón, las mismas dudas que pudieras estar sintiendo tú cuando crees que tu pecado no tiene perdón, o cuando piensas que tu problema no tiene solución.
Jesús solo contesta: «Ven.»
Pedro salió de la barca. Logró caminar sobre el agua, y dar algunos pasos —según el relato— “en dirección hacia Jesús” … pero después vino otra vez la duda, el miedo, y se comenzó a hundir.
Pedro, al igual que usted, y que yo, también era un pecador. En el corazón de nosotros los pecadores, además del pecado y las inclinaciones a hacer lo indebido, abundan también las dudas que cuestionan el poder de Dios, el miedo de que el Señor sea una fábula y no un Salvador, o a veces creer que esto de confiar en Jesús, orar, meditar en la Palabra de Dios, o esto de la fe, no es más que una pérdida de tiempo.
Nos pasa como a Pedro. Quitamos nuestra mirada de Jesús, y fijamos nuestros ojos en lo demás: el miedo, la incredulidad, los problemas, las noches sin dormir, los pecados que parecieran ser más grande que nosotros, las dudas. Es vivir con el agua al cuello, todo el tiempo.
Sin embargo, como un último grito de esperanza, en medio de la desesperación, entonces el Señor se presenta ante nosotros, y nos hace decir algo que —yo no sé usted— pero yo he dicho muchas veces en mi vida: «¡Señor, sálvame!»
Y Jesús ciertamente es lo que vino a hacer con Pedro, conmigo, y también contigo.
Fue el poder de Jesús, no la fe de Pedro, lo que impidió que él se hundiera…
Termina el texto de esta manera (versos 31 y 32):
31 Al momento, Jesús extendió la mano y, mientras lo sostenía, le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?» 32 Cuando ellos subieron a la barca, el viento se calmó.
Yo no sé el suyo —mi querido amigo o mi querida amiga— pero nuestro Salvador camina sobre las aguas. A Jesús no lo detuvo ni la incredulidad de los Suyos, ni el odio de los enemigos de la fe, Él siguió adelante en Su misión de redimirnos, porque Su amor llega a nosotros más rápido que cualquier salvavidas de Baywatch.
Él tiene poder para rescatarte y traerte de vuelta a Su barca. Él tiene la autoridad al ser Hijo del Altísimo de darte perdón de pecados, salvación, vida eterna. Él abre tu mente, tu corazón, tu vida, para equiparte con la fe que hace que le creas, lo sigas, y lo confieses.
Un día, cuando la humanidad andaba perdida y ahogada en pecado, Dios envió a Su Hijo para salvarnos. Jesús tomó la pesada Cruz, y asumió en Su carne el amargo trago de la muerte, para pagar el precio de nuestra salvación.
El otro día recordaba un episodio que marcó mucho mi vida, y fue cuando experimenté un terremoto que sacudió la ciudad en la que vivía hace más de 30 años. Y me acordaba de una maestra que murió ayudando a sus alumnos a salir de la escuela durante el terremoto. Ella logró salvar la vida de muchos, aunque para hacerlo tuvo que perder la suya.
Jesús hizo eso por ti. Se ahogó en el mar de nuestros pecados, para que nosotros pudiéramos salir caminando sobre las aguas. Pero la muerte no fue Su destino final, ni el tuyo. Él resucitó, y créeme que tú también lo harás, no por tus obras o por tus méritos, sino por lo que Él en amor ha hecho por ti. Si Él vive, tú también vivirás por Él.
Yo sé que en este mundo sigue habiendo tribulaciones que agobian, problemas sin solución, o circunstancias difíciles de reparar… también sé que el pecado nos hiere y nos daña. Pero cuando te sientas con el agua al cuello, sin fuerzas para seguir luchando, o con ganas de renunciar, repite con el salmista estas palabras: “… ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, creador del cielo y de la tierra” (Salmo 121:1-2).
Él vino, viene ahora, y vendrá siempre a tu rescate. Amén
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