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PARA EL CAMINO

Que la gracia, misericordia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo sea con cada uno de ustedes. Amén.
Hace algunos años una mujer llegó a la oficina pastoral, luego de saludar y preguntar ¿Cómo estaba? Ella me dijo: que no participaría más en la iglesia. Me quedé en silencio por un instante. Pues no era una persona cualquiera, ella había sido diaconisa por algunos años y había estado trabajando a tiempo completo al servicio de la comunidad donde se encontraba la iglesia.
Con mucha tristeza le respondí que no podía despedirla en paz, pues ella conocía la Palabra de Dios y sabía que a partir de ese momento era declarada gentil y publicana, que conforme a la autoridad que se me ha dado como pastor llamado y ordenado sus pecados quedaban atados en el cielo y en la tierra. Pero que oraría por ella para que se arrepintiera de sus pecados.
Ella respondió: no creo nada de eso. Y luego se levantó y se fue.
Cada vez que leo el texto de Mateo 21:23-32 recuerdo ese triste día en mi ministerio pastoral y aquella mujer que rechazó la autoridad dada por Dios para perdonar o retener los pecados.
En el texto que acabamos de escuchar, Jesús también es confrontado por los líderes religiosos. Él está en el templo enseñando, y ellos le preguntan ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te dio esta autoridad? Es importante mencionar que poco antes en el mismo capítulo al entrar al templo Jesús expulsó de allí a todos los que vendían y compraban en el templo, que había volcado las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Y literalmente había dicho: “Mi casa será llamada casa de oración”. Estando en el templo, algunos ciegos y cojos se acercaron, y Él los sanó. Y viendo estas cosas maravillosas, los muchachos lo aclamaban diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! Pero al ver y oír todo esto los principales sacerdotes y los escribas se indignaron.
Entonces buscan poner a Jesús en aprietos. ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esa autoridad? La razón de su pregunta no surgió de la fe o del interés genuino, sino del cuestionamiento y las malas intenciones del corazón de quienes preguntaban.
Pero, Jesús, los pone a ellos en aprietos.
Les dice: El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?
Ellos piensan y discuten entre sí, “si decimos que era del cielo, él nos dirá: Entonces, ¿por qué no le creyeron? Y si decimos que era de los hombres, tenemos miedo de la gente, porque todos consideran que Juan era un profeta”. Por lo cual su respuesta fue: No lo sabemos.
Jesús les respondió: yo tampoco voy a decirles con qué autoridad hago todas estas cosas.
Entonces Jesús les contó una parábola: Les dijo ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos, se acercó al primero y le pidió: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”. El primero le respondió: “No quiero”; pero después se arrepintió y fue. Luego, se acercó al otro hijo, y le pidió lo mismo. Éste le respondió: “Sí, señor, ya voy”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? El primero. Entonces Jesús les dijo: De cierto les digo, que los cobradores de impuestos y las rameras les llevan la delantera hacia el reino de Dios. Pues, ellos sí habían escuchado, se arrepintieron y creyeron el anuncio de Juan.
Pero los principales sacerdotes, los ancianos y los demás opositores de Jesús no cambiaron de parecer. Ellos actuaron conforme a sus convicciones. Buscaron y encontraron una manera de deshacerse de Jesús. Y mientras colgaba de la cruz, se consideraban justificados.
Ya en su último aliento, Jesús clama: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?”. Las personas allí ni siquiera entienden del todo lo que Jesús está diciendo, de todas maneras, Dios no responde. Y con un gemido, Jesús muere.
Sin embargo, al final, Jesús es quien fue justificado.
Él verdaderamente resucita de entre los muertos. Y como el Resucitado, les dice a Sus discípulos: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra”. Él atribuye Su propia autoridad a Su Padre. Y así cuando Jesús presenta Sus credenciales, lo hace sin referencia a sí mismo (Mateo 28.18). Le fue “dada”. La suya no es una auto autentificación.
Así se confirma que Su autoridad sí provenía de Dios. Y que esta se extiende sobre todas las cosas. Uno no posee “autoridad” de sí mismo. Le es dada. No se la da a sí mismo. La autoridad tiene referencia a Dios, no al instrumento. Por ejemplo: en caso de los pastores: ¿Quién te bautizó?, La respuesta es ¡Dios lo hizo! Cualquier pregunta que no tenga a Dios como respuesta está diseñada para tenernos a nosotros como respuesta. Y eso significa problemas.
En el caso de Jesús, Su resurrección es la respuesta, es la prueba imposible de contradecir o refutar acerca de ¿quién es Jesús?, y de ¿dónde viene Su autoridad?
Pero lo verdaderamente bueno queridos hermanos para nosotros, es lo que nuestro Señor Jesucristo hace con Su autoridad luego de Su resurrección.
En el capítulo veintiocho versículos diecinueve y siguientes dice: “Por tanto, vayan y hagan discípulos en todas las naciones y bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Enséñenles a cumplir todas las cosas que les he mandado”.
En el catecismo menor del Dr. Martín Lutero aprendemos acerca del oficio de las llaves que cuando los ministros debidamente llamados de Cristo, por mandato divino, tratan con nosotros, especialmente cuando excluyen a los pecadores manifiestos e impenitentes de la congregación cristiana, y cuando absuelven a los que se arrepienten de sus pecados y prometen enmendarse, creo que esto es tan válido y cierto, también en el cielo, como si nuestro Señor Jesucristo mismo tratase con nosotros.
Bajo esa comisión, cada cristiano es bautizado, bajo ese mandato es instruido, bajo esas palabras es hecho discípulo de Jesús y por medio de ellas entra al reino de los cielos.
Bajo ese mandato, con esa autoridad los pastores cuidan de las ovejas de Cristo llamándolas al arrepentimiento, perdonando o reteniendo sus pecados, bautizando, instruyendo y administrando los Santos Sacramentos. No es una cuestión de opiniones o percepciones. Pues la autoridad de Jesús viene del cielo y por eso es la única que puede llevarnos allí donde reinaremos con Él para siempre. Unos simplemente rechazarán estos maravillosos dones y no creerán como aquella mujer hace años en la oficina pastoral.
Nosotros por otro lado, demos gracias por nuestros pastores y predicadores por haber sido encaminados en la justicia, y haber recibido el don de la fe que nos ha hecho creer en Jesús y Su perdón.
Hoy con gozo podemos celebrar que al final el pecado no tiene el dominio sobre quienes somos de Cristo, que la muerte no tiene la última palabra, que satanás fue vencido, que al final toda enfermedad y debilidad, al final será sanada. Que la pobreza, la violencia y la opresión, al final serán eliminadas. La muerte es vencida por la vida que no tiene fin.
Esa es la promesa de Jesús, y Él tiene la autoridad para cumplirla, y como es fiel y está atado a Su palabra la cumplirá.
Que el Espíritu Santo que obra mediante la predicación de la palabra hoy sembrada en tus oídos pueda fortalecer la fe que confía en la autoridad de Jesús para darte el perdón de tus pecados. Y que así puedas vivir confiado en la paz y esperanza que es tuya por la victoria de Cristo entregada a ti el día de tu bautismo.
Y que la gracia y la paz de Jesucristo que sobrepasa todo entendimiento guarde vuestros corazones hasta la vida eterna. Amén.
Y si quieres más información sobre la obra de Cristo por ti, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones.