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ALIMENTO DIARIO
[JesĂșs dijo:] «Si me aman, obedezcan mis mandamientos. Y yo rogarĂ© al Padre, y Ă©l les darĂĄ otro Consolador, para que estĂ© con ustedes para siempre: es decir, el EspĂritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir porque no lo ve, ni lo conoce; pero ustedes lo conocen, porque permanece con ustedes, y estarĂĄ en ustedes. No los dejarĂ© huĂ©rfanos; vendrĂ© a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verĂĄ mĂĄs; pero ustedes me verĂĄn; y porque yo vivo, ustedes tambiĂ©n vivirĂĄn. En aquel dĂa ustedes sabrĂĄn que yo estoy en mi Padre, y que ustedes estĂĄn en mĂ, y que yo estoy en ustedes. El que tiene mis mandamientos, y los obedece, Ă©se es el que me ama; y el que me ama, serĂĄ amado por mi Padre, y yo lo amarĂ©, y me manifestarĂ© a Ă©l» (Juan 14:15-21).
Sabemos que la ley es espiritual. Pero yo soy un simple ser carnal, que ha sido vendido como esclavo al pecado… Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… Entonces, aunque quiero hacer el bien, descubro esta ley: que el mal estĂĄ en mĂ… ÂĄMiserable de mĂ! ÂżquiĂ©n me librarĂĄ de este cuerpo de muerte? Doy gracias a Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 7:14, 19, 21, 24, 25a).
Dios hablĂł y dijo todas estas palabras: «Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saquĂ© de la tierra de Egipto, donde vivĂas como esclavo. No tendrĂĄs dioses ajenos delante de mĂ… No tomarĂĄs en vano el nombre del Señor tu Dios, porque yo, el Señor, no considerarĂ© inocente al que tome en vano mi nombre. Te acordarĂĄs del dĂa de reposo, y lo santificarĂĄs… HonrarĂĄs a tu padre y a tu madre, para que tu vida se alargue en la tierra que yo, el Señor tu Dios, te doy. No matarĂĄs. No cometerĂĄs adulterio. No robarĂĄs. No presentarĂĄs falso testimonio contra tu prĂłjimo. No codiciarĂĄs la casa de tu prĂłjimo, ni a su mujer, ni a su siervo ni a su esclava, ni su buey ni su asno, ni nada que le pertenezca a tu prĂłjimo» (Ăxodo 20:1-3, 7-8, 12-17).
[JesĂșs dijo:] «Ya no estoy en el mundo; pero ellos sĂ estĂĄn en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, cuĂdalos en tu nombre, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los cuidaba en tu nombre; a los que me diste, yo los cuidĂ©, y ninguno de ellos se perdiĂł, sino el hijo de perdiciĂłn, para que la Escritura se cumpliera. Pero ahora voy a ti; y hablo de esto en el mundo, para que mi gozo se cumpla en ellos mismos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreciĂł porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los protejas del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. SantifĂcalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Tal como tĂș me enviaste al mundo, asĂ yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mĂ mismo, para que tambiĂ©n ellos sean santificados en la verdad» (Juan 17:11-19).
Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno. Y amarås al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Estas palabras que hoy te mando cumplir estarån en tu corazón, y se las repetirås a tus hijos, y hablarås de ellas cuando estés en tu casa, y cuando vayas por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Las atarås en tu mano como una señal, y las pondrås entre tus ojos como frontales, y las escribirås en los postes de tu casa, y en tus puertas (Deuteronomio 6:4-9).
[JesĂșs] les dijo: «Lo que ha pasado conmigo es lo mismo que les anunciĂ© cuando aĂșn estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que estĂĄ escrito acerca de mĂ en la ley de MoisĂ©s, en los profetas y en los salmos.» Entonces les abriĂł el entendimiento para que pudieran comprender las Escrituras, y les dijo: «AsĂ estĂĄ escrito, y asĂ era necesario, que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer dĂa, y que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el perdĂłn de pecados en todas las naciones, comenzando por JerusalĂ©n. De esto, ustedes son testigos. Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre; pero ustedes, quĂ©dense en la ciudad de JerusalĂ©n hasta que desde lo alto sean investidos de poder.» Luego los llevĂł de allĂ a Betania, y levantando sus manos los bendijo. Pero sucediĂł que, mientras los bendecĂa, se apartĂł de ellos y fue llevado a las alturas del cielo. Ellos lo adoraron, y despuĂ©s volvieron muy felices a JerusalĂ©n; y siempre estaban en el templo, alabando y bendiciendo a Dios. AmĂ©n (Lucas 24:44-53).
Procura con diligencia presentarte ante Dios aprobado, como obrero que no tiene de quĂ© avergonzarse y que usa bien la palabra de verdad. Pero evita las palabrerĂas vanas y profanas, porque mĂĄs y mĂĄs conducen a la impiedad y su palabra carcome como gangrena… (2 Timoteo 2:15-17a).
Entonces TomĂĄs respondiĂł y le dijo: «¥Señor mĂo, y Dios mĂo!» JesĂșs le dijo: «TomĂĄs, has creĂdo porque me has visto. Bienaventurados los que no vieron y creyeron.» JesĂșs hizo muchas otras señales en presencia de sus discĂpulos, las cuales no estĂĄn escritas en este libro. Pero Ă©stas se han escrito para que ustedes crean que JesĂșs es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer, tengan vida en su nombre (Juan 20:28-31).
Ese mensaje dice que Dios ungiĂł a JesĂșs de Nazaret con el EspĂritu Santo y con poder, y que Ă©l anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Ă©l. Nosotros somos testigos de todo lo que JesĂșs hizo en Judea y en JerusalĂ©n. Pero lo mataron, colgĂĄndolo de un madero. Sin embargo, Dios lo resucitĂł al tercer dĂa, y permitiĂł que muchos lo vieran. Pero no lo vio todo el pueblo, sino sĂłlo aquellos testigos que Dios habĂa elegido de antemano, es decir, nosotros, los que comimos y bebimos con Ă©l despuĂ©s de que Ă©l resucitĂł de entre los muertos. Ăl mismo nos mandĂł a predicar al pueblo, y a dar testimonio de que Dios lo ha nombrado Juez de los vivos y de los muertos. Acerca de Ă©l dicen los profetas que todos los que crean en su nombre recibirĂĄn el perdĂłn de sus pecados.» Mientras Pedro les hablaba asĂ, el EspĂritu Santo cayĂł sobre todos los que lo escuchaban… Y mandĂł bautizarlos en el nombre del Señor JesĂșs. Entonces le rogaron que se quedara con ellos algunos dĂas mĂĄs (Hechos 10:38-44, 48).
Porque los hijos de Dios son todos aquellos que son guiados por el EspĂritu de Dios. Pues ustedes no han recibido un espĂritu que los esclavice nuevamente al miedo, sino que han recibido el espĂritu de adopciĂłn, por el cual clamamos: ÂĄAbba, Padre! El EspĂritu mismo da testimonio a nuestro espĂritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos tambiĂ©n herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con Ă©l, para que juntamente con Ă©l seamos glorificados (Romanos 8:14-17).