PARA EL CAMINO

  • ¿Y si la adversidad es más grande?

  • marzo 22, 2026
  • Rev. Germán Novelli Oliveros
  • Notas del sermón
  • © 2026 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Juan 11:17-27, 38-45
    Juan 11, Sermones: 4

  • ¡Todo en la vida tiene solución, menos la muerte!

    No se imaginan cuántas veces mi madre me dijo esta frase en los días de mi infancia, mi adolescencia, e inclusive por estos días de mi adultez la sigo escuchando.

    Era un llamado al optimismo en medio de la frustración, a la calma cuando había tempestad, y a la tranquilidad en los días de estrés y ansiedad, momentos en los que uno cree que todo está perdido. Era simplemente su manera de decirme algo que muchos dicen por estos días: Tranquilo, que todo estará bien… Ya se nos ocurrirá algo.

    Nunca me gustó la frase.

    Había días en los que tenía problemas en la escuela, en los que mis esfuerzos no rendían frutos y me metía en problemas, y créanme que la bendita frase era lo último que quería escuchar. No me gustaba eso de que todo tiene solución, especialmente cuando yo no tenía la solución en mis manos, o cuando el problema parecía irreparable. Qué solución puede haber cuando tenía un examen de matemáticas ese mismo día y no había entendido nada, ni mucho menos había podido estudiar. Qué solución podía existir cuando la chica que me gustaba en la secundaria no quería ser mi novia. Yo quería ver la solución, y no podía esperar por ella.

    Durante mis años como pastor de iglesias me he dado cuenta de lo poco certero que es decir cosas como que “todo estará bien”, o “Dios no te dará un problema más grande de lo que puedes enfrentar”, o aquello de que “El cielo necesitaba un nuevo ángel” —cuando perdemos a alguien.

    Los creyentes sabemos que la vida a menudo pone frente a nosotros situaciones en las que necesitamos más que palabras de optimismo: un diagnóstico médico preocupante nos llena de miedo; la muerte de un ser querido nos duele hasta vaciarnos el alma; sufrir una tragedia; ser despedido del trabajo; un divorcio o una ruptura; lidiar con las aflicciones y los problemas que, aunque no sean el fin del mundo, pudieran ser el final de nuestros mundos. Nada nos hace exentos de sufrir alguna vez.

    El propio Jesús le advertía esto a Sus discípulos, en Juan capítulo 16, cuando dice: “En este mundo tendrán aflicciones, pero confíen, porque yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

    Esto lo experimentaron personas muy cercanas a Jesús, unos días antes de que el Señor dijera estas palabras: Me refiero a Marta, María, y Lázaro, unos amigos muy amados por Jesús, y a quienes la adversidad de la muerte tocó su puerta.

    El texto de esta semana, Juan 11, relata lo acontecido cuando fallece Lázaro, el hermano de Marta y María, todos ellos amigos muy íntimos de Jesús, y es entonces cuando el Señor decide ir a su funeral.

    Aquí entender el contexto es crucial.

    Tenemos que saber que Jesús estaba siendo perseguido por Sus enemigos. Su fama era tal, que ya los judíos querían sencillamente asesinarlo, y es por eso que Él había estado fuera de la órbita pública por un par de días, esperando que —como dicen por ahí— se calmaran las aguas. Por lo tanto, viajar a Betania (la ciudad de esta familia) era exponerse a ser presa fácil de Sus enemigos.

    Sin embargo, Jesús no era de esconderse o salir corriendo ante los desafíos. Para Jesús, el amor por esta familia era más importante y más grande que el miedo, y esto tiene que quedar como ejemplo para nosotros cuando enfrentamos cualquier adversidad.

    En la hora difícil, nuestros ojos —y nuestra fe— se fijan en la persona de Jesús.

    Dice el texto:

    20 Cuando Marta oyó que Jesús venía, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. 21 Y Marta le dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. 22 Pero también sé ahora que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo concederá.» 23 Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».

    Me da mucha alegría ver que Jesús no dijo lo del angelito del cielo, ni de que todo estará bien, ni eso de que Dios les da las batallas más grandes a Sus grandes guerreros.

    Simplemente, le dijo la verdad en tres palabras: Tu hermano vivirá.

    Cuando Jesús se acercó a donde ellos estaban, la Biblia dice que María se quedó en casa. Tal vez en su dolor, tal vez en su tristeza, o quizás en el miedo de perder a quien pudo ser la pieza clave de su familia, ella prefirió quedarse. Recuerden que, en esos días, los hombres eran los grandes proveedores de las familias y no sabemos si Marta y María estaban casadas. Así que su reacción pudo tener que ver con esa realidad. El miedo nos detiene, nos paraliza, nos lleva a quedarnos quietos sin saber qué hacer, especialmente cuando no tenemos solución alguna en nuestras manos. ¿Y si la solución es Jesús?

    Fíjate que la actitud de Marta fue todo lo opuesto. Ella corrió hacia Jesús. Dice el texto que “ella fue a su encuentro”. Ella ni siquiera tuvo la paciencia de esperar. Al saber que Jesús se había acercado a ellos, a pesar de lo difícil que pudo ser para Jesús, a pesar de que el Señor también estaba sufriendo la pérdida de su amado amigo, ella fue a hablar con el Jesús que estaba cerca.

    24 Marta le dijo: «Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final.» 25 Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. 26 Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?» 27 Le dijo: «Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo».

    Yo soy la resurrección… Yo soy la vida… Yo soy el que trae a la gente de vuelta… Yo soy el que hace que los muertos vivan… Y si nuestros problemas nacen del pecado, la muerte, o los ataques del diablo: Yo soy la solución.

    Marta fue a Dios, al Yo Soy revelado en las Escrituras, al que tiene poder para traer vida, al que no te ofrece soluciones en la adversidad, sino que es la Solución. . . ella fue a Jesús, porque éste estaba cerca.

    ¿Y tú? ¿A quién vas cuando los sufrimientos y las aflicciones irremediablemente tocan tu puerta?

    Saben algo… cuando estaba muy joven tuve una relación difícil con la muerte. En mis días de juventud evitaba a toda costa asistir a los funerales de mis familiares. No era algo que disfrutaba y que de cierta forma me llenaba de terror.

    Crecí escuchando a mi mamá decir que todo tenía solución, menos eso: menos la muerte.

    Es por ello que la muerte era eso que no tenía solución, era lo peor, era algo que nada ni nadie podía cambiar: ¡todos nos vamos a morir y no hay vuelta atrás! — dicen algunos por ahí, y quizás sea verdad.

    Así me sentía hasta que me tocó hacer mi primer funeral. No había terminado mis estudios pastorales, y me habían llamado unos compañeros de la universidad para visitar al abuelo de mi mejor amiga que estaba desahuciado. Acompañé al ancianito un par de veces, hablamos mucho, de sus miedos, sus arrepentimientos, e incluso escuché su última confesión. Luego, después que murió, me tocó llevarlo al cementerio y este texto de Juan 11:25 fue el elegido para mi mensaje.

    «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente».

    Marta supo que Jesús estaba cerca y corrió hacia Él. . . y en Jesús encontró una solución a todo, pues inclusive hasta la propia muerte tiene solución en Cristo.

    Dice el evangelio que el Señor lloró… que todos quedaron asombrados al ver tanto amor por parte de Jesús. Ya no era el Jesús que predicaba en el templo con autoridad, que hacía milagros increíbles, al que todos seguían: era un Jesús que sentía, que era humano, y que se daba el permiso de quebrarse ante la tristeza… pero que igual enfrentaba la adversidad.

    Es allí cuando Jesús va a la tumba de Su amigo Lázaro. A pesar de que todos le dijeron que no lo hiciera, que ya había pasado mucho tiempo, que el cuerpo de Su amigo ya quizás olía muy mal, Él pidió que le abrieran la tumba. Llamó a Su amigo por su nombre, y le pidió que saliera de allí…

    Dice el texto:

    44 Y el que había muerto salió, con las manos y los pies envueltos en vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Entonces Jesús les dijo: «Quítenle las vendas, y déjenlo ir.» 45 Muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y que vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él.

    El evangelio según San Juan se escribió para que la gente creyera que Jesús ciertamente es el Hijo de Dios (Juan 20:31). No es una colección de historietas para que la gente quede asombrada o se hagan series de televisión. Es una recopilación de hechos verdaderos cuyo fin es que usted conozca a Jesús y —como Marta— diga: «Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo» (v. 27).

    Hay gente —como tú y como yo— que a veces se siente abrumada por los dardos de las adversidades, a quienes les duele la muerte de aquellos que amamos, que sentimos miedos cuando llegan los problemas, o que sencillamente tienen una fe que tambalea ante las dudas. Gente que entiende que la muerte es inevitable, y que no sabe dónde ir para encontrar respuesta.

    Hay personas que también evalúan sus vidas a través de sus errores. Dicen: soy un pecador y no tengo perdón; no sé si estoy tan seguro sobre mi fe; no me siento capaz, no soy suficiente, o sencillamente no veo a Jesús cerca cuando tengo problemas.

    Si este es tu caso, y si hoy el diablo, el pecado, o la muerte te están haciendo mucho daño, quiero que sepas que la vida eterna no comienza el día que tú o alguien se muere, sino cuando Dios se queda cerca de ti, te ama, te adopta, y te declara Su hijo amado, o Su hija amada. No vivas esperando la muerte para encontrarte con Jesús, más bien viva la vida sabiendo que Jesús está cerca en el aquí y en el ahora.

    Tu encuentro con Jesús se da en el momento que tú eres bautizado, o cuando abres una Biblia y meditas en la Palabra de Dios, o cuando participas en una iglesia donde Cristo es predicado y los Sacramentos son administrados de acuerdo a la verdad de las Escrituras… allí Él está viniendo a tu encuentro, allí estás tú recibiendo el Espíritu Santo, allí están tus pecados siendo perdonados… tu encuentro con Jesús se dio cuando en una cruz, Él fue crucificado, muerto y sepultado en tu lugar, y cuando Él resucitó de la muerte para que tuvieras tú la vida eterna.

    Tu encuentro con Jesús ya se dio, y quizás hoy nos toca el amargo trago de la adversidad, los sufrimientos, o la muerte. Esto no era el plan inicial de Dios para tu vida, pero son las consecuencias del pecado. Aun así, Él nos ha dado la solución que es la venida de Jesús a nuestros caminos, venciendo la muerte y trayéndote a la vida que no se acaba jamás y que ya empezó.

    Él te conoce, al igual que a Lázaro te llamará por tu nombre, abrirá la tumba de aquellos que ya se fueron para darles vida eterna, y a ti… a ti te da hoy la promesa de estar contigo siempre, por toda la eternidad.

    ¿Todo tiene solución menos la muerte?

    Lo siento mamá, pero creo que la muerte sí tiene solución, y se llama Jesús, la resurrección y la vida, y todo el que cree en Él, aunque esté muerto, vivirá. Amén.

    Hay varios folletos gratuitos que quiero recomendarte en esta ocasión y que puedes encontrar en nuestra página de PARAELCAMINO.COM. Uno es ¿Por qué suceden cosas malas?; otro más es ¿Cómo enfrentar las pérdidas?; y también el de ¿Qué va a pasar cuando me muera?… todos ellos ofrecen recursos invaluables que nos ayudan a enfrentar la adversidad. Gracias por escucharnos esta vez, y te invitamos como siempre a ponerte en contacto con nosotros aquí, en CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES.