PARA EL CAMINO

  • ¿Y quién es mi prójimo?

  • julio 13, 2025
  • Rev. Germán Novelli Oliveros
  • Notas del sermón
  • © 2025 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Lucas 10:25-35 
    Lucas 10, Sermons: 11

  • ¿Alguna vez te has preguntado la diferencia entre la simpatía y la empatía?

    Aunque los dos términos tienen mucho en común y están relacionados entre sí, y ambos tienen que ver con emociones o sensaciones muy humanas, la verdad es que no son lo mismo.

    Déjame ponerte un ejemplo: Digamos que asistes al funeral de la mamá de tu mejor amigo. Sientes pena por él, te duele la situación y verlo sufrir por una pérdida tan difícil para la mayoría de las personas, y aunque te quedas allí para apoyarle, recuerdas que más tarde tienes que llamar a tus padres quienes todavía siguen vivos. He allí el punto. Aunque te da lástima con tu amigo y sientes simpatía por él, tal vez te cueste comprender y sentir el dolor que él siente en ese momento porque aún no te ha tocado pasar por esa dolorosa experiencia. Eso que sientes por tu amigo es simpatía.

    La empatía va un poco más allá. El origen de la palabra nos lleva a ver esta emoción como un “sentir por dentro”, es decir, que en tu propia humanidad puedes sentir lo mismo que padece otra persona. Es más allá de ponerse en los zapatos del otro, la empatía nos lleva a sentir lo que el otro siente, a sufrirlo en una manera muy similar o igual, y en algunos casos a hacer algo al respecto, como si a ti te estuviera pasando lo mismo. Entonces ya tus lágrimas no son porque sufres por tu amigo, sino que lloras con inmenso dolor porque sientes que a ti también se te fue tu mamá.

    No es lo mismo sentir lástima por una persona que encuentras herida en el camino, pero la dejas allí y ya luego se te olvida, que atenderla y cuidarla hasta que se recupere, como si tú mismo fueras ese herido. De eso se trata la empatía, especialmente esa que nace del amor, y de la que Jesús nos habla en la famosísima enseñanza del Buen Samaritano.

    Antes de adentrarnos en la parábola, debemos entender el porqué de esta historia.

    Dice el texto:

    25 En ese momento, un intérprete de la ley se levantó y, para poner a prueba a Jesús, dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?»

    En los días de Jesús, los intérpretes de la ley eran aquellos que conocían las Escrituras perfectamente, y es por lo que este maestro judío quiso probar al Señor. Jesús contesta con una pregunta: ¿qué dice la ley que tanto conoces?

    27 El intérprete de la ley respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo». 28 Jesús le dijo: «Has contestado correctamente. Haz esto, y vivirás».

    Se dice fácil, ¿no es cierto? Solo dos reglas: devoción total y eterna a Dios, y amor por nuestros semejantes. ¿Puede el ser humano lograr esto? ¿Siempre ponemos a Dios en primer lugar en todo y cumpliendo cada uno de sus mandamientos? ¿Estamos atendiendo a nuestros prójimos al mismo nivel que nosotros?

    No me tienes que responder ahora, o pudieras contestarme –como hizo el intérprete de la ley para justificarse– preguntando: ¿Quién es mi prójimo?

    Porque si mi prójimo es aquella vecina chismosa de mi barrio, o el compañero del trabajo que no me deja en paz, el presidente de tal país, o el tipo con el que casi choco mi carro el otro día porque se me atravesó en el camino… entonces no creo que en verdad pueda amar a mi prójimo como a mí mismo.

    Entonces, ¿Quién es mi prójimo?

    La definición bíblica, e incluso la definición que encontramos en la mayoría de los diccionarios, hace referencia a toda persona que está “cerca” de nosotros. Por lo tanto, prójimos son aquellos semejantes que nos rodean, que comparten comunidad con usted y conmigo, y que estamos llamados a amar y servir, especialmente si amamos a Dios y si queremos entrar en la vida eterna.

    Sin embargo, el significado que Jesús quiere darle —con esta enseñanza— va muchísimo más allá, y para explicarnos esto nos cuenta el relato del buen samaritano que es, de principio a fin, una historia de empatía.

    30 Jesús le respondió: «Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones, que le robaron todo lo que tenía y lo hirieron, dejándolo casi muerto. 31 Por el camino descendía un sacerdote, y aunque lo vio, siguió de largo. 32 Cerca de aquel lugar pasó también un levita, y aunque lo vio, siguió de largo.»

    El Señor menciona dos importantes oficios en la religiosidad judía de aquellos tiempos: un sacerdote y luego un levita. Ambos altamente respetados en el contexto religioso de templos y sinagogas, y de quienes esperaríamos caridad y amor… o al menos la caridad y amor de la que hablan las Escrituras. Sin embargo, ellos vieron e ignoraron al herido, y prefirieron pasar de largo.

    Podemos imaginar al sacerdote que tal vez venía del templo totalmente purificado y limpio y que, al pasar por un lado de este hombre herido, sucio, y ensangrentado, habría pensado: ¡No me puedo ensuciar de sangre! ¡Yo soy un sacerdote de Israel! Si lo hago, quedaré impuro y sucio. Recordemos que, en la religiosidad de entonces, entrar en contacto con la sangre representaba impureza y nadie —especialmente un sacerdote— pondría el amor al prójimo por encima de la pulcritud requerida por la ley, las creencias, y las tradiciones.

    El otro oficial del templo era un levita. Los levitas eran arduos trabajadores en los rituales hebreos. Se encargaban de preparar la sinagoga, limpiar los objetos sagrados, arreglar los muebles, organizar las ceremonias, la música, y siempre tenían un montón de tareas que hacer. Nadie —especialmente un levita— pondría el amor al prójimo por encima de sus ocupadas agendas.

    Entonces, permite que te pregunte: ¿Pondrías el amor al prójimo, sea quien sea, esté en la condición que esté, por encima de tus tradiciones religiosas o de tus tareas esenciales? Porque esto es lo que nos demanda la ley.

    Si lo pensamos muy bien, la salvación y la vida eterna no son tan fáciles de lograr como parecen. Cuán duro es poner a Dios por encima de todo, y qué difícil se nos hace amar tanto como a nosotros mismos a nuestros prójimos, especialmente si no nos caen bien. Visto de esta forma, la salvación pareciera estar fuera de nuestras manos ¿no te parece?

    Y eso que todavía nos falta un personaje más en esta historia: el samaritano. Dice el texto:

    33 Pero un samaritano, que iba de camino, se acercó al hombre y, al verlo, se compadeció de él 34 y le curó las heridas con aceite y vino, y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura y lo llevó a una posada, y cuidó de él. 35 Al otro día, antes de partir, sacó dos monedas, se las dio al dueño de la posada, y le dijo: “Cuídalo. Cuando yo regrese, te pagaré todo lo que hayas gastado de más.”

    Que Jesús pusiera a un samaritano como el personaje bueno y protagonista de esta historia era una bofetada a los intérpretes de la ley, a los sacerdotes judíos y a los levitas. En opinión de muchos judíos, los samaritanos eran lo peor de la sociedad. Esta gente, originaria de la región de Samaria, era considerada pagana, idólatra, de una raza y cultura diferente e inferior, y cualquier otro epíteto negativo que te imagines, y aunque pudiera haber muchos judíos samaritanos, ni ellos se salvaban del rechazo israelita.

    Fue precisamente un samaritano el que Jesús elige como protagonista de la historia y quien termina haciendo lo correcto: ayudar con empatía total al hombre herido del camino. Quizás el sacerdote y el levita tuvieron lástima o simpatía, pero quien en verdad hizo lo correcto, lo que Dios espera, fue este hombre al que hoy llamamos el Buen Samaritano.

    Para cerrar, Jesús pregunta:

    36 De estos tres, ¿cuál crees que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?» 37 Aquél respondió: «El que tuvo compasión de él.» Entonces Jesús le dijo: «Pues ve y haz tú lo mismo».

    En otras palabras, si quieres ser salvo —Señor Intérprete de la Ley— y ser justificado ante Dios, y heredar la vida eterna, más te vale empezar a comportarte como este samaritano, y atiende desde ya las necesidades de tu prójimo, sea quien sea.

    Jesús hoy nos comparte, a ti y a mí, la misma tarea. Nos dice: «Pues ve y haz tú lo mismo».

    Desafortunadamente, nosotros a menudo nos portamos de manera similar ante las necesidades de nuestros prójimos. Al igual que el sacerdote, no queremos ensuciarnos con los problemas de los demás. Muchos —cristianos o no— construyen burbujas apartadas de las realidades de la gente que, a diario batalla con sus pecados, vicios, enfermedades, pobreza, desafíos, y cualquier otra cosa que demuestran la necesidad que ellos tienen de Jesús, y cuyo Evangelio no estamos compartiendo ni con lo que hacemos, ni con los mensajes que compartimos. En la misma manera, hacemos también como el levita de la parábola. Estamos muy ocupados en nuestros asuntos como para usar nuestro tiempo, o nuestros recursos, en prójimos que ni siquiera son como nosotros. Estoy hablando de nuestra relación con los demás, porque a veces estamos muy ocupados como para servir a Dios en la Iglesia, o leer Su Palabra, orar, o adorarle en el templo.

    Nos olvidamos de que hacer cosas por los demás reflejan lo que Dios ha hecho por nosotros y son parte esencial en nuestra relación con el Creador. Un creyente sin empatía por su prójimo tiene el corazón más cerca de las cosas del mundo que de los asuntos de Dios.

    Jesús dijo alguna vez: “De la misma manera, que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos” (Mateo 5:16).

    Y San Pablo encomienda a los Efesios esto: “Nosotros somos hechura suya; hemos sido creados en Cristo Jesús para realizar buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que vivamos de acuerdo con ellas” (Efesios 2:10).

    Ahora bien, cuidado con creer que las buenas obras te hacen digno del cielo o heredero de la vida eterna. ¡No funciona de esa manera! Como bien dijo el reformador de la Iglesia en la Edad Media, el alemán Martín Lutero: “Dios no necesita tus buenas obras, pero tu prójimo sí”. Las buenas obras nacen de nuestra fe, y es la fe y el amor inspirador de Dios por nosotros, lo que nos hace amar y creerle a Dios para salvación, y amar y servir a los demás como fruto de tal salvación. Recuerda: Amamos porque Él nos amó primero (1 Juan 4:19).

    Empatía es lo que nos pide Dios hoy. Sentir en tu propia piel y en tu mismo ser lo que el otro siente, y hacer algo al respecto.

    Estos versos son para mí el ejemplo de la empatía que Dios quiere ver en ti. ¡Veamos el texto una vez más!:

    33 Pero un samaritano, que iba de camino, se acercó al hombre y, al verlo, se compadeció de él 34 y le curó las heridas con aceite y vino, y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura y lo llevó a una posada, y cuidó de él.

    Queridos lectores de Para El Camino:

    Un mundo herido por el pecado, abandonado y hecho pedazos por la maldad de sus acciones, ensangrentado por el egoísmo, la falsa religiosidad, las enfermedades y la opresión… eso fue lo que se encontró Jesús cuando el Padre lo envió al mundo. Si Dios viera nuestras acciones, nuestros pecados, nuestros deseos, nuestros corazones e imperfecciones, tal vez vería muchas cosas de las que no estamos muy orgullosos.

    ¿Y qué hizo y hace Jesús? . . . la primera palabra que viene a mi mente es: empatía.

    Por amor al mundo se hizo pecado, y sufrió en su propia carne el castigo que nosotros merecíamos sufrir. Él sanó las heridas del mundo con sus propias heridas, cuida y cuidó de nosotros, y experimentó la muerte a cambio de poder alcanzar la vida eterna para los suyos, a quienes amaba en la forma que solo Dios sabe amar. La Cruz es sin duda el mayor ejemplo de empatía, y el sacrificio de Cristo es nuestro modelo a imitar en todo lo que hacemos por Dios, por nosotros, y también por nuestros prójimos.

    La fe nos lleva a comprender el amor de Dios, y su empatía por nosotros, y entonces somos restaurados por la obra de Jesucristo, y en Él, con Él, y por Él, es que podemos salir al mundo a hacer lo correcto, lo que Dios espera, lo que le place al Señor. No para alcanzar la salvación, ni para recibir la gloria, sino para que otros vean lo que Dios ha hecho en nosotros, y le crean.

    Mis amigos: les diría que para alcanzar la salvación solo debes amar a Dios y a tu prójimo. Eso ya lo sabes. Por lo tanto, prefiero decirte que, para alcanzar tu salvación, Dios ya te amó y en Jesucristo tiene un plan para tu vida… un plan de empatía total. Amén

    Recuerda que, para conocer más sobre Jesús, descubrir todos nuestros recursos y materiales, y aprender más de nuestro Señor, puedes ponerte en contacto con nosotros aquí en Cristo Para Todas las Naciones. ¡Dios te bendiga! ¡Nos vemos en un próximo episodio de Para El Camino!