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PARA EL CAMINO

Razón tenía San Pablo cuando, inspirado por Dios, le escribió a los Romanos que “la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Romanos 10:17 CST). Pablo decía en esta carta que este mensaje se difundía por toda la tierra, y destacaba la importancia de seguir enviando predicadores a las naciones para que más y más personas conocieran acerca de la salvación por medio de Jesús.
El otro día, una compañera de trabajo nos preguntaba sobre quién fue la primera persona, o esa persona especial de nuestras vidas, que constantemente nos habló de Jesús —de Su mensaje— y que sembró en nuestros corazones la semilla de la fe. Muchos respondimos enseguida que fue un pariente cercano, en la mayoría de los casos alguno de los abuelos, uno de nuestros padres, nuestras parejas, algún amigo íntimo, y muchos resaltamos también la influencia que tuvieron nuestros pastores.
Ya sabrás que muchas personas que se acercan a Jesús, o que comienzan a asistir a una iglesia, lo hacen porque alguien de su entorno, y de su confianza, les hace la invitación o les habla de la fe. En los años ochenta, en su libro sobre estrategias para alcanzar más personas titulado La iglesia que invita, Roy Oswald nos decía que el 86% de las personas que llegaban a una congregación cristiana lo hacían porque alguien cercano los había invitado. Han pasado unas cuatro décadas desde entonces y el panorama no pareciera cambiar. Una investigación reciente de Lifeway, realizada en los Estados Unidos, reveló que el 96% de las personas encuestadas dijeron que estarían dispuestas a visitar una comunidad de fe si alguien de confianza los invita. De hecho, la mayoría de las iglesias que más crecen, no lo hacen por invertir dinero en campañas de mercadeo o por estrategias sólidas en redes sociales, sino porque sus miembros se esfuerzan en compartir el mensaje, se atreven a invitar a sus conocidos, y se preparan para recibir muy bien a aquellos que los visitan.
Pareciera que la invitación personal, eso de correr la voz y pasar el mensaje de boca en boca, sigue siendo la mejor estrategia para que otros conozcan sobre Jesucristo, y lo que Él ha hecho, hace, y es capaz de hacer en nuestras vidas. La fe — como revela Dios en la Palabra— sigue viniendo por el oír.
Si se fijan muy bien, el texto de esta semana es prueba de ello. Acabamos de leer cómo Jesús comienza a reunir a Sus primeros discípulos, a los primeros en seguirle, y todo comienza porque alguien de confianza comparte el mensaje con ellos.
Dice el texto:
35 Al día siguiente, Juan estaba de nuevo allí con dos de sus discípulos. 36 Al ver a Jesús, que andaba por allí, dijo: «Éste es el Cordero de Dios.» 37 Los dos discípulos lo oyeron hablar, y siguieron a Jesús.
Juan (el Bautista) no era un predicador cualquiera. Había llamado la atención de muchas personas, incluyendo la curiosidad de los líderes judíos quienes se hacían preguntas sobre él y sobre el bautizo de arrepentimiento que estaba realizando. Juan estaba claro de su rol. Él no era el Cristo, no era el Mesías, no era el Salvador y Redentor de las naciones que esperaba Israel. Él sabía quién era y su papel en esta historia. Él —como tú o como yo— no era el mensaje, sino el mensajero. Juan era, como bien había profetizado Isaías, “la voz que clamaba en el desierto” y que prepararía el camino para la llegada del Hijo de Dios (Isaías 40:3).
Es por ello que sabemos que hubo muchos seguidores cercanos y pupilos de Juan, que eventualmente comenzaron a seguir a Jesús, y lo hicieron precisamente porque Juan les compartió el mensaje. Entre ellos estaban estos dos discípulos del que habla nuestro texto de esta semana.
Juan les dijo, al ver llegar a Jesús: ¡Éste es el Cordero de Dios! ¡Éste es el que les había dicho! ¡Él, y no yo, es el enviado de Dios!
La figura del cordero tenía mucho sentido en la cultura y particularmente en la religiosidad de aquellos días. Vienen a mi mente el cordero que proveyó Dios a Abrahán cuando estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac en Génesis 22, o el cordero que sacrificaron los israelitas en los días de Moisés, antes del Éxodo.
Por lo tanto, la figura del cordero tenía una conexión directa con los sacrificios que se hacían para expiar los pecados y restaurar la relación con Dios. Es por ello que Juan insiste en que Jesucristo sería ese cordero perfecto y sin mancha que tendría que ser sacrificado para el perdón de los pecados de toda la humanidad.
Sin embargo, estos dos discípulos, al escuchar el mensaje de Juan, un mensaje centrado en Jesús como el Cristo, fueron llevados entonces a pasar de oyentes a seguidores, y se fueron tras los pasos de este tal Jesús. Ellos confiaron en la palabra de Juan, la creyeron, y esto los llevó a seguir a Jesucristo.
Uno de estos dos discípulos era Andrés, un pescador de la zona que se había hecho discípulo de Juan. Andrés, al escuchar sobre este Mesías, fue a contarle a su hermano, a quien también invitó a venir hacia Jesús. Es decir, no solo sigo yo a este Maestro, sino que la fe me mueve a contarle a alguien más, en este caso a mi pariente más cercano.
Continúa el evangelio de esta semana:
41 Éste (Andrés) halló primero a Simón, su hermano, y le dijo: «Hemos hallado al Mesías (que traducido significa “el Cristo”).» 42 Entonces lo llevó a Jesús, quien al verlo dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)».
Esto fue como la canción de Celia Cruz, que dice que “Songo le dio a Borondongo, y que Borondongo le dio a Bernabé, y Bernabé le pegó a Funchilanga…” y así sucesivamente. Bueno, Juan les habló a sus discípulos, ellos creyeron el mensaje, y fueron tras los pasos de Jesús, y luego ellos también le contaron a Pedro, y así fue como, de boca en boca, otros se fueron sumando al ministerio de Jesucristo.
Ahora bien, permite que aclare que el pilar central de esta enseñanza no radica en el interés de estos discípulos por contar la historia, ni en sus ganas por compartir sobre Jesús, sino en la fuerza y el poder que tiene el mensaje que se comparte, y que no es otra cosa que la Palabra de Dios. La Palabra de Dios que encontramos en las Escrituras, que muchos de nosotros conocemos desde niños, o la que llega a nosotros de forma no convencional como un post en redes sociales, un mensaje de algún conocido, o nuestras devociones diarias o sermones semanales… es la Palabra de Dios que nos atrapa, nos cambia, y transforma nuestras vidas.
Desafortunadamente, para muchas personas a nuestro alrededor, y quizás para ti o para mí en diferentes momentos de nuestras vidas, esta Palabra no ha sido importante. Tal vez, tampoco le hemos dado importancia a la tarea de compartirla, o de invitar a otros a seguir a Jesús, hablarles de Su amor, y de Su obra en la Cruz.
¿Cuánta gente no se va de este mundo y nadie les predicó? ¿Cuánta gente no se va de este mundo y, aunque escucharon la Palabra, jamás le prestaron atención?
En su explicación sobre los Diez Mandamientos, el Dr. Martín Lutero nos dice en su Catecismo Menor que el tercer mandamiento, aquél que nos habla de guardar el día de reposo, es un llamado a cuidar nuestro tiempo para Dios y para Su Palabra. Lutero escribe que: Debemos temer y amar a Dios de modo que no despreciemos la predicación y Su Palabra, sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos con gusto.
Es la Palabra, esa buena noticia que apunta a Jesucristo y se centra en Él, la que tiene el poder de hacernos ver nuestra condición pecaminosa, y nos da la fuerza para dejar todo atrás, nuestras redes y nuestros pecados, para arrepentirnos y levantarnos, y para comenzar a seguir a Jesucristo, con un corazón transformado por Él, Su Palabra, y Su perdón.
La Palabra, como medio de gracia por excelencia, tiene el poder de cambiar tu corazón, y llevarte a convertirte en un seguidor de Jesús, que le cree, le confiesa, le sigue, y que invita a otros a hacer lo mismo.
¿Quién fue esa persona especial de tu vida que alguna vez te invitó a la iglesia o a conocer más sobre Jesucristo?
A veces es un familiar cercano, en ocasiones un amigo o un compañero de trabajo, y a veces es un mensaje que llega a nosotros de manera inesperada. Conozco historias de personas que escucharon de Jesús por medio de nuestros mensajes de Cristo Para Todas las Naciones y este programa de Para El Camino, y que de esa manera comenzaron a trabajar en sus propias vidas, y Dios actuó en ellos por medio de la Palabra.
En todo caso, sea como fuera, y como ya te lo dije, la fuerza no está en esas personas que te hablaron de Jesús… ¡Ellos fueron los instrumentos! Sin embargo, Dios, tu Creador, tu Padre en los cielos, tu Amigo fiel y Salvador, es el que, con Su poderosa Palabra, ha decidido traerte hasta Él, y acercarse a ti. Es Dios el que todo lo hace por amor y porque Su deseo es que seas salvo por medio de Jesús. ¡Él te ha elegido! ¡Él quiere que le creas, le sigas, y además te usa para traer a otros a Su mensaje!
Déjame y te cuento esta historia con la que cerraremos nuestro mensaje.
Cuando era niño no era el más hábil para los deportes. De hecho, siempre fui el más pequeño de mi clase. Pero siempre me han gustado mucho los deportes. Entonces el momento más difícil en mi infancia fue cada vez que nos reuníamos para jugar en mi barrio o en la escuela, y los dos niños más grandes estaban a cargo de elegir a los jugadores de cada equipo, bien sea para el fútbol o para el béisbol. ¡Siempre me escogían de último! ¡Nadie quería al más pequeño en su equipo! Pero casi siempre alguien, quisiera o no, terminaba conmigo en su equipo.
Con Dios no tengo, ni tú tampoco, ese problema. Él sabe de nuestra condición pecaminosa. Él conoce tus debilidades y mis flaquezas. Él sabe que por tu propia cuenta no puedes creer en Él, ni seguirle, cambiar tu vida, ni mucho menos invitar a otros a hacerlo. Decía un predicador del siglo pasado, oriundo de Sri Lanka, el Doctor Daniel T. Niles, que compartir el mensaje de Jesús es sobre “mendigos que le dicen a otros mendigos dónde conseguir pan”.
Dios sabe tu condición, así como conoce también tus limitaciones y problemas. Es por eso que te equipa en la tarea de la fe. Él, a través del Espíritu Santo, por medio de la Palabra que oyes, prepara tu corazón para que le creas, transforma tu vida con Su perdón, y te entrena para que lo sigas, y así como hicieron Juan, Andrés, y muchos otros, tú también estés listo para hablarles a otros esta Palabra poderosa, y los invites a que se acerquen a Jesucristo.
Yo sé que en el mundo hay muchos que se niegan a escuchar. Son los que llamamos los sordos espirituales. Y así como no hay peor ciego que el que no quiere ver, también hay sordos que se resisten a escuchar.
Ora por ellos. Comparte el mensaje, así como seguramente alguien te contó a ti la historia de Jesús. No para que te escuchen cuando les hablas, sino para que escuchen al Dios que a ti te ha hablado, que a ti te ha perdonado, que a ti te ha llamado y equipado, y que te usará como instrumento para que otros también crean.
¡Mira a Jesús! Muchos tuvieron la oportunidad de escucharlo directamente. Otros vieron inclusive Sus grandes obras y milagros. ¡Fueron testigos en primera fila! Sin embargo, muchos prefirieron hacerse los sordos, los ciegos, y mantuvieron sus corazones duros y alejados de Él. Pero Jesús no detuvo Su camino, aún en medio del rechazo.
Por el contrario, siguió hacia adelante. Tomando la pesada cruz de tus culpas y las mías, murió en ella por nuestra redención, sacrificándose como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
La muerte fue cruda, pero no el final. Este mismo Jesús resucitó de entre los muertos, y ese es el mensaje que hoy tú y yo estamos llamados a compartir. ¡Que nada te detenga en esta tarea de decirle a otros mendigos donde encontrar el pan! Amén.
Mis queridos amigos de PARA EL CAMINO: Recuerden que, si tienen preguntas, o desean conocer más acerca de nuestros materiales y recursos, te invitamos a conectarte con nosotros aquí en CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES. Tú también puedes llevar el mensaje a aquellos a tu alrededor, y a todo el mundo, compartiendo este mensaje con alguien que lo necesite. Nos encontramos muy pronto en un nuevo mensaje, por ahora no olvides que Él te ama, te invita, y te lleva a invitar a otros. ¡Dios te bendiga!