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PARA EL CAMINO

Cada 8 de marzo se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Mujer. Este homenaje anual brinda una oportunidad para reconocer las luchas históricas, las reivindicaciones necesarias, y los derechos de las mujeres que deben ser garantizados, al igual que los derechos de todas las personas. Hoy —y siempre— las mujeres ocupan un lugar esencial en las sociedades y han sido pilares en las transformaciones del mundo entero. Por lo tanto, es bueno mirar hacia atrás para saber que no siempre existió este reconocimiento, y así celebrar el valor que ellas tienen. Asimismo, debemos reconocer desde una mirada cristiana, que ellas son parte del diseño perfecto de Dios, creadas, amadas, y redimidas por Él.
Curiosamente —y personalmente trato de no creer mucho en las coincidencias o casualidades— el texto de esta semana pone frente a nosotros el encuentro de Jesús con una mujer: una mujer samaritana que conoce al Señor, y que de forma maravillosa ve cómo su vida rota, penosa, y que había perdido tanto valor, es restaurada por este Dios con el que ella conversa a un lado del pozo de agua.
Es una mujer quizás con cargas muy pesadas. Una mujer que tal vez se sentía como un caso perdido, como un objeto sin importancia, como alguien que no valía la pena.
Este mensaje es para todas las mujeres que alguna vez se sintieron así, y también para todos nosotros los hombres, porque la verdad es que esta mujer samaritana refleja varios aspectos de nuestras propias vidas: de lo que a veces somos, de lo que hacemos, de nuestras penas y fallas, y también de nuestra fe y esperanza. Es lindo que podamos vernos reflejados en ella y su historia, y ver también que así como Jesús la amó y restauró, de igual manera hace Él con todos nosotros, cuando nos da a beber de Su agua de vida, de Su perdón, de Su Palabra, y de Su gracia.
Dice el texto que Jesús se había vuelto muy popular justo después de comenzar Su ministerio. Era tan conocido que Sus seguidores superaban ya a los de Juan el Bautista. Es por eso que, en su misión de predicar sobre el Reino en todas partes, decide viajar de Judea a Galilea, pasando necesariamente por la región de Samaria. El evangelio narra que “le era necesario” pasar por Samaria.
En otros mensajes de Para El Camino, ya hemos dicho que Samaria era una región ubicada entre Judea (al sur de Israel, donde se encuentran ciudades como Jerusalén, Jericó, etc.), y Galilea (la región norte, donde están Nazaret, Capernaúm, etc.). Mucha gente que viajaba de un lado al otro, especialmente los hebreos, a veces prefería dar una vuelta entera y extender el viaje, solo para evitar pasar por esa zona de los samaritanos.
Los samaritanos, al ser una mezcla étnica de gentiles y otros pueblos, eran poco respetados por los judíos de entonces. Eran considerados paganos, pecadores, o impuros. Había samaritanos que eran judíos, pero era tal el desprecio que existía, que eran considerados judíos de segunda categoría.
Y quería explicar esto para que entendamos que esta mujer samaritana que se encuentra con Jesús tenía muchas cargas encima que la podían hacer despreciable para la opinión de cualquier maestro judío o algún profeta de la época. Pero Jesús no era cualquier maestro.
Las mujeres de por sí tenían poco valor para la sociedad de aquellos días. ¡Imagínense una mujer samaritana! Doblemente despreciable. Es decir, no era una persona aceptable socialmente por ser una dama; culturalmente rechazada al ser samaritana; y de paso, con una vida indecorosa de la que hablaremos en un momento.
Jesús también pudo haber estado cansado del camino. Quizás venía cargado por Su misión y ministerio en la tierra, o traía el pesar de saber que Sus próximos años estarían llenos de frustraciones, sufrimientos, y finalmente el sacrificio de la Cruz. En este contexto, Jesús hace una pausa en el camino y, mientras Sus discípulos fueron a la aldea a buscar algo de comer, Él se sienta a descansar al lado de un pozo de agua.
Dice el texto:
7 Una mujer de Samaria vino a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.»
De imprevisto comienza una conversación que cambiaría la vida de esta mujer, y que probablemente pueda enseñarte mucho sobre tu vida y sobre tu relación con Dios.
Lo primero que a ella le sorprende es que Jesús le haya hablado. Ella supo de inmediato que estaba frente a un judío, y no era de esperarse que un hombre, además judío, le hablara a ella, una mujer samaritana.
10 Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”; tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.» 11 La mujer le dijo: «Señor, no tienes con qué sacar agua, y el pozo es hondo. Así que, ¿de dónde tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?»
El primer tema que salta a la vista tiene que ver con el linaje. El pozo donde estaban no era uno común, sino el que había dado Jacob siglos atrás, para bendecir esa tierra y para que su descendencia tuviera agua.
Entonces Jesús trata de explicarle que Él es más grande que ese pozo, porque aquellos que beben de allí seguramente tendrán sed nuevamente, pero solo aquellos que reciban el agua que Él tiene para dar, podrán tener vida para siempre. Es evidente que no estaba hablando del líquido que pones en un vaso para beber, Él está hablando de algo mucho más grande.
Ya no se trata de ancestros o ser hijos de Jacob, José, y ni siquiera del padre Abrahán, sino de un linaje que comienza en Dios, y que se extiende a nosotros Sus hijos e hijas de todas las naciones, y de todas las épocas, a aquellos redimidos a quienes Él por gracia ha decidido derramar el agua de vida del Espíritu.
A veces nos enfocamos tanto en lo que creemos ser —o en lo que los demás piensan sobre nosotros— que nos olvidamos de nuestra relación familiar con Dios, nuestro Padre en los cielos.
Básicamente, Jesús le está diciendo a esta mujer que hay algo más allá del agua material, que hay algo más grande que nuestro pasado, y que nuestros ancestros deben ser honrados, pero nuestra identidad está enfocada en que somos hijos e hijas de Dios, por medio de Jesús.
Dice la primera carta de Juan, capítulo tres: “Miren cuánto nos ama el Padre, que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios. Y lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él” (1 Juan 3:1).
Ahora bien, la conversación no termina allí, sino que pasa al siguiente tema, que es la vida personal de esta mujer, y de la que tenemos que hablar así sea incómodo para todos.
16 Jesús le dijo: «Ve a llamar a tu marido, y luego vuelve acá.» 17 La mujer le dijo: «No tengo marido.» Jesús le dijo: «Haces bien en decir que no tienes marido, 18 porque ya has tenido cinco maridos, y el que ahora tienes no es tu marido. Esto que has dicho es verdad.»
No solamente eres mujer en una sociedad que, en el lenguaje y pensar de hoy día, podríamos calificar de machista y misógina. Además, eres samaritana, popularmente rechazada por ser extranjera, idólatra, y pagana. Sino que también tienes una vida íntima bastante cuestionable. ¡Cuántas cargas tienes encima!
El texto nos decía que este encuentro se produjo a las doce del mediodía, quizás la peor hora para ir a aquel pozo. Era la hora más calurosa para cargar con pesadas vasijas de agua. Tal vez lo hizo porque sabía que a esa hora no se encontraría con nadie en el camino: alguien que la despreciara, la hiriera, o la juzgara. La vergüenza hace eso en nosotros, nos aparta de los demás, nos quita valor, nos resta dignidad, nos hace olvidar que ante todo somos hijos de Dios.
Esta mujer seguramente sufría todas estas cosas. Había sido tomada y rechazada por varios hombres, quienes le quitaban su valor y dignidad una y otra vez, y el que estaba ahora en su vida ni siquiera había tenido la decencia de casarse con ella.
Qué fácil sería juzgarla, ¿no es cierto?
Pero cuánta gente no conocemos nosotros con vidas donde el pecado, los errores, las desgracias, y las tristezas se van repitiendo una tras otra. Es como un ciclo que se repite y que nos arrastra a la vida que no queremos vivir, y que nos duele vivir.
Es preciso pensar que el Jesús-Dios ya conocía la historia de esta mujer, y sin embargo no la desprecia, y no solo que habla con ella, sino que trata de abrirle los ojos, de que entienda que ella es más que su pasado, y que Él no había llegado a ella para quitarle algo (como habían hecho los otros hombres que esta mujer había conocido), sino para darle eso que nadie más podía ofrecerle: el agua de vida que te restaura, que te lleva a reconocer que Dios es más grande que tu pecado o que un pozo de agua, y que te prepara para una vida nueva, una vida ciertamente diferente.
Pero esto no termina allí. . .
Después de hablar de este linaje, de esta agua de vida, y de la vida íntima de esta mujer, la conversación plantea un nuevo tema, uno que tiene que ver con nuestra devoción a Dios, con nuestra adoración al Señor, y con lo que hoy llamaríamos nuestra religiosidad.
Volvamos al texto:
19 La mujer le dijo: «Señor, me parece que tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y ustedes dicen que el lugar donde se debe adorar es Jerusalén.» 21 Jesús le dijo: «Créeme, mujer, que viene la hora cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre. 22 Ustedes adoran lo que no saben; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero viene la hora, y ya llegó, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca que lo adoren tales adoradores…»
Ella creía que la adoración a Dios, o la relación con el Padre, era sobre un lugar, o una tradición, o quizás una religión.
Esto es un problema que seguimos viendo a menudo.
Todavía hay personas que basan su fe en su afiliación religiosa, o en tradiciones y doctrinas humanas, o en creencias marcadas más por la opinión personal de alguien, y no por la fe que viene de la Palabra y que se centra únicamente en la persona de Jesucristo y lo que Él ha hecho por nosotros.
Ya no se trataba de un monte en el desierto, o en un templo como el de Jerusalén. Dios no quería sacrificios vacíos, ni religiones cargadas de parafernalia y poca fe. De qué servían las ofrendas de Israel, si en el corazón del pueblo no había amor por el Señor ni por los demás.
Mis amigos de Para El Camino:
Esta mujer samaritana llevaba muchas cargas que pesaban en su vida y su corazón: no conocía al Dios verdadero, ni el plan de Dios para su vida; no conocía su identidad ni su valor; y tampoco sabía dónde encontrar estas cosas. . . pero Dios la encontró a ella, y hoy te encuentra a ti con el poderoso mensaje de Su Evangelio.
¿Cuáles son tus cargas?
Quizás, como ella, sientes que a tu vida le falta Dios. Tal vez, al igual que ella tú también crees que tu valor no es tanto como el que quisieras. Quizás tu adoración (o tu religiosidad) te está llevando a una fe superficial o una fe que se basa más en lo de este mundo en este tiempo, y no en el Cristo de todos los tiempos.
Pues yo también he sentido, en diferentes momentos de mi vida, la necesidad de decirle a Jesús: Señor, dame a beber de tu agua de vida porque me estoy muriendo de sed.
No conozco tus cargas, pero conozco a Uno que ya las cargó por ti, y que, aunque andes en una vida de sacrificios, Él las sigue cargando sobre Él.
Dice San Pedro que pongamos nuestras cargas sobre Jesús: nuestros problemas, nuestra ansiedad, nuestra falta de autoestima o valor, y todo eso, que lo pongamos sobre Él, porque Jesús “tendrá cuidado de todos nosotros” (1 Pedro 5:7).
En la Cruz, Jesús cargó los pecados de esta mujer, y los tuyos y los míos, para que por Su sufrimiento nosotros pudiéramos ser perdonados y restaurados para una vida diferente, nueva, llena de arrepentimiento y fe, y también de perdón y gozo. Una vida centrada en el Cristo enviado por Dios, y no en nosotros.
Tu linaje comienza en el agua de vida de tu Bautismo donde Dios te adoptó como Su hijo, y te da un valor que nada ni nadie podrá quitarte. En Su Palabra, Dios te da a beber del agua viva que habla del perdón que Cristo ya ganó para nosotros, y allí descubrimos el poder de Su Cruz y de Su resurrección, que destruyó la potestad del pecado, el diablo, y la muerte. En nuestra relación con Él, nosotros sabemos que adorar a Dios no se basa en afiliaciones religiosas, sino en la fe que Él siembra en nuestros corazones cuando nos bendice con Su Palabra y Sacramentos.
¿Recuerdan cómo termina la historia?
Esa mujer, restaurada por Jesús, fue a contarle a todo el mundo en su ciudad lo que el Señor le había dicho. Esa mujer no se quedó con la verdad guardada, sino que fue a dar testimonio y a compartir con otros sobre el Cristo enviado por Dios para salvar y redimir a las naciones.
Dice el evangelio que Jesús tuvo que quedarse allí un par de días más. Comenzó hablándole a una sola persona, y terminó predicándole a toda una ciudad.
No tardes en ir tú también y contarle a los demás lo que Él ha hecho, hace, y hará por ti. ¡Vales mucho! No por tu pasado, por lo que hagas o dejes de hacer: Vales mucho porque Jesús te ha amado y por lo que Él ha hecho por ti. Amén.
Esperamos que este mensaje haya sido de bendición para tu vida y tu relación con Dios. Para conocer más sobre Jesús te invitamos a visitar nuestro sitio en Internet de PARAELCAMINO.COM, y ponerte en contacto con nosotros aquí, en CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES. ¡Feliz semana!