Call Us : +1 800 972-5442 (en español)
+1 800 876-9880 (en inglés)
PARA EL CAMINO

Los detalles importan. Y en esta escena de la entrada triunfal los detalles gritan algo decisivo: Jesús no es arrastrado por los acontecimientos; Él los dirige. Basta leer los evangelios para notar cuán intencional es todo. Los autores suelen ser concisos, pero aquí se detienen en describir paso a paso cómo Jesús prepara Su entrada. Nada es improvisado. A veces imaginamos la escena como si Jesús simplemente estuviera caminando rumbo a Jerusalén y, de repente, una multitud emocionada saliera a recibirlo. Pero no. Jesús está en control absoluto.
Piensen primero en el día. Él elige entrar durante la Pascua, cuando la ciudad hervía de gente. No cualquier gente. Gente recordando liberación, soñando libertad, suspirando por un Mesías. Y piensen también en la organización. Jesús envía a Sus discípulos a Betfagé y les da instrucciones precisas. El burrito ya estaba allí, preparado como si supiera que había nacido para aquel instante. Y Jesús se asegura de que todos escuchen la frase que desencadena la procesión. Si alguien pregunta, tan solo digan: “El Señor lo necesita”.
La noticia corre. Las sillas se levantan. Gente conocida de Jesús sale detrás, y la multitud se forma no desde Jerusalén, sino desde las aldeas que lo habían visto actuar. Siguen el burrito. Siguen la expectativa. Siguen la palabra dada. Cuando Jesús llega, la ciudad entera se estremece. Y Él entra montado en un animal que nunca había sido domado. ¿Quién hace eso? Solo alguien con autoridad. Con intención. Esto no es un viaje; es un desfile. Una declaración pública. ¿Y cuál es la declaración? Está resumida en la profecía de Zacarías, que resuena en cada gesto: El Rey humilde viene.
Hoy les invito a reflexionar sobre estas tres palabras: El Rey. Humilde. Viene. ¿Listos? Primero:
1.El Rey
Comenzamos interpretando un texto por su contexto. ¿Qué encontramos antes de la entrada triunfal? Algo revelador. Jesús y Sus discípulos venían viajando cuando dos hombres ciegos clamaron: “¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros!” Jesús se acercó, les preguntó qué querían y los sanó. Podría parecer “otro milagro”, pero hay un detalle decisivo: es la primera vez que Jesús es llamado públicamente “Hijo de David” y Él permite que ese título mesiánico sea pronunciado en voz alta.
¿Quién era el Hijo de David? Todos sabían: el rey prometido, el salvador anunciado por siglos, el heredero cuyo reino no tendría fin. No Salomón, cuyo reino se quebró en la generación siguiente. El verdadero descendiente era aún esperado. Y los ciegos declaran: “Ese Rey es Jesús”. Y Jesús responde con Su actitud: exactamente. Los discípulos lo captan. Desde el principio deseaban que Jesús se presentara abiertamente como rey. Conocían Su poder, habían visto Sus señales. Lo presionaban para que lo hiciera. Y ahora, finalmente, Jesús lo está haciendo. Está aceptando el título. Está actuando como Rey. Los discípulos solo preguntan: “Dinos qué hacer”.
Las multitudes también lo entienden. Las ramas, los cantos, la euforia. Las ramas estaban en las profecías y habían sido usadas para aclamar a Judas Macabeo, el héroe judío que había derrotado a Roma. Era un símbolo nacional, casi una bandera clandestina. Y el canto “¡Hosanna!” no era un grito deportivo; era la oración más profunda del pueblo: “Señor, sálvanos ahora”. ¿Se dan cuenta? El texto revela a un Rey. El Rey. Jesús no oculta Quién es. Cuando los fariseos le dicen que haga callar a la gente, responde: “Si ellos callan, las piedras gritarán”. Y al entrar al Templo, declara: “Mi casa…”. Solo el dueño habla así. Su entrada tiene un lado desafiante. Jesús se revela. Provoca una reacción. Divide la ciudad entre dos decisiones: sal a la calle con ramas y llena tu boca de hosannas, o quédate en casa y actúa como si yo no existiera; coróname o mátame. No hay término medio. Si hubiera querido pasar desapercibido, lo habría hecho como en otras visitas a Jerusalén. Pero ahora exige atención.
Muchos hoy tienen la idea de un Jesús suave, adaptable, moldeable a gusto. Pero los evangelios muestran otra cosa: muestran a este Jesús que irrumpe, que expone, que reclama lo que es Suyo. Un Jesús que, al entrar, obliga a que se vea quién está resistiendo, quién está huyendo y quién está siendo sostenido por Su gracia. Su entrada hace visible lo invisible: los hosannas verdaderos y los silencios cómplices, la fe dada por Dios y la resistencia del corazón pecador. No decidimos quién es Él. Jesús no pide permiso; reina. Y Su reinado revela si nos aferramos a Él por gracia o si nuestra carne lo rechaza. No hay espacio para la tibieza. No hay medias verdades.
—“Pastor, pero yo sólo quería un Jesús que espante los malos espíritus y aleje la mala suerte”.
—Lo siento; no está disponible en ese formato.
—“Quería un Jesús que me deje adorar santos y vírgenes en lugar de Él mismo.”
—Lo siento; no está disponible en ese formato.
—“Quería un Jesús que solo bendiga mi trabajo, proteja mi familia, y que nunca me incomode… sí que no se meta en mis cosas”.
—Lo siento; Jesús no está disponible en ese formato.
—“Quería un Jesús que me dé suerte y prosperidad, y me haga milagros, sin importar mi vida, mis pecados”.
—Lo siento; no está disponible en ese formato.
¡Ojo! Jesús es guía, Jesús es amigo, Jesús bendice… pero, antes que todo, es Rey. Un Rey que desfila en Jerusalén y nos llama a responder: no me admires como espectador; adórame como tu Rey. Extiende tus mantos, levanta tus ramas, llena tu boca de alabanza. Yo soy y quiero ser tu Rey.
La entrada de Jesús en Jerusalén es desconcertante. Las circunstancias parecen perfectas, la multitud lista… y Él sorprende. Acepta ser llamado Hijo de David, pero no organiza un ejército, no se monta en un corcel. Parece un hombre sencillo, incluso vulnerable, un hombre que llora por la ciudad. Jerusalén, Jerusalén…Las cosas no encajan del todo. Especialmente aquí, con el burro. Los discípulos van a buscar un burrito. Imaginen la escena: ellos, llenos de expectativas, pensando que finalmente el Mesías actuará, expulsará a los enemigos, demostrará Su poder. Pero Jesús pide un burro. No un caballo de guerra. No una montura que imponga respeto. ¿Quién entra en batalla montado en un burro? Burro son para los Sancho Panza, no para generales.
Si, yo sé, el burro está en las profecías. Zacarías anuncia que el Mesías entraría montado en uno. Jesús cumple todo eso, pero igual… ¿Un Rey que no parece rey? ¿Un Mesías que no lucha como esperamos? Las expectativas humanas se chocan con la realidad del Reino de Dios. Yo soy el Rey, pero no soy el Rey que tú piensas. Yo sé que ustedes esperan un rey poderoso para derrocar imperios con fuerza militar y a dar soluciones rápidas a problemas políticos o económicos. Pero no es eso que ustedes realmente necesitan. Roma, Cesar, el gobierno, la política, no es su mayor problema.El trabajo que parece no tener fin, el jefe que nunca está contento, las cuentas que se acumulan, los papeles que nunca llegan, los vecinos que opinan de todo, la familia que nos presiona, la salud que empeora… todo es importante y a Dios le importa… pero no son nuestro mayor problema.
¿Qué pasaría si Jesús solamente hubiera liberado al pueblo de los romanos, si esa fuera la única liberación que Él nos diera? Si Jesús les hubiera dado unos años de libertad, ¿qué habrían hecho con el pecado dentro de ellos? ¿Con la culpa dentro de ellos? Si Jesús nos diera solo lo que queremos, unos años más de vida, una casa, un carro nuevo, si eso fuera todo lo que el Rey Jesús nos concediera, si respondiera solo a esa oración, ¿qué haríamos con nuestra verdadera esclavitud? ¿Con el hecho de que vivimos intentando probar nuestro valor ante los demás? ¿Con las veces que pisamos a otros para demostrar que somos mejores? Amigos, había una esclavitud mucho, mucho, mucho peor dentro de nosotros que el dominio romano. Si todo lo que Jesús hiciera fuera liberarnos de esta o aquella circunstancia, ¿qué harás tú para ser liberado de la muerte, de Satanás, del pecado que corre por tus venas? Jesús vino para eso. Jesús vino para acabar con nuestros enemigos más terribles y darnos una liberación que está por encima de todas las demás.
Y para esa liberación… necesitaba morir. Y por eso el Domingo de Ramos tiene un aire de ensayo para el Viernes Santo. El Rey tenía que venir para ser abatido y masacrado. Así es como el Cordero de Dios, en silencio, va al matadero, y quita el pecado del mundo. Jesús, el Rey, es humilde porque necesitaba sustituirnos, morir para salvarnos. No somos salvos por nuestra moral ni por nuestras conquistas ni por nuestras obras. Somos salvos por pura gracia de Dios. Somos salvos porque Jesús entró en Jerusalén y no opuso resistencia, sino que voluntariamente se entregó como sacrificio por nosotros.
Para concluir: ya hemos hablado del Rey. El Rey es humilde. Y el Rey, dice la promesa, viene. Ese es el lado transformador de este Rey. Me encanta esta parte de la profecía porque Dios nos dice: este Rey humilde viene. Tiempo presente del verbo. Viene. No es “vendrá”. Es viene. La profecía hablaba de algo futuro, los evangelios narraban algo que ya había pasado, pero el Espíritu Santo que inspiró cada detalle de la Biblia, susurró cuidadosamente al oído de los escritores: este Rey humilde viene. Presente perfecto. Presente continuo. Presente que abarca todos los tiempos, cada instante de la historia y cada momento de nuestra vida.
Por un lado, no se dice simplemente que debemos esperar a ese Rey algún día, quién sabe cuándo. Por otro, tampoco dice que Él ya está completamente aquí. Porque Él vino, vendrá, pero está viniendo. Él viene.
En este Domingo de Ramos somos invitados a mirar hacia el pasado y ser transformados por el acontecimiento de Jerusalén. Pero también a mirar hacia el futuro y permitir que las promesas de este Rey que regresa y restaurará todas las cosas también nos transformen. Las ramas tienen todo que ver con eso. En el Salmo 96 se nos dice que, ante la promesa de la venida del Rey, que viene a arreglar todas las cosas, los árboles del bosque se sacuden. Isaías 55:12 dice lo mismo: que los árboles aplaudirán.
Cuando Jesús regrese, en ese día glorioso que estamos esperando, Su reino será absoluto, y este mundo, limpio y libre del pecado, volverá a ser todo lo que fue diseñado para ser. Y los súbditos de este Rey, junto con toda la creación, haremos una fiesta mucho, muchísimo más grande que la que se hizo cuando Jesús entró en Jerusalén. Las ramas de aquel día fueron solo una muestra de lo que será toda la vegetación del planeta celebrando porque el Rey viene.
¿Y qué hacemos hasta que llegue ese día? Recordamos. Él viene. Es presente. Es para ahora. Ya es evangelio, buena noticia, esperanza para hoy. Ya es motivo para levantar la cabeza y vivir en esa expectativa. Nuestro Rey viene. Vendrá mañana. Pero ya vino y está viniendo. Nos está visitando. Está entrando en nuestras vidas, nuestras casas, nuestros corazones hoy mismo cuando escuchamos Su Palabra. Somos parte de la comitiva. Somos ramas. Somos piedras que claman. Somos mensajeros que anuncian de puerta en puerta que el Rey viene y eso es motivo de liberación. Somos dueños de burritos que permitimos que Jesús use lo que tenemos para cumplir Su misión. Somos los “burritos” que llevan a Jesús a donde Él quiere llegar.
Ese lado del Jesús Rey que nos transforma también se muestra claramente en un episodio que ocurrió justo después de la entrada triunfal: el incidente de la higuera sin frutos. Jesús tenía hambre, se acercó al árbol, y no encontró fruto. Se indignó y maldijo la higuera, dejando un mensaje claro: espero frutos. Cuento con los frutos que mi transformación producirá en ustedes.
Los árboles aplauden. Las piedras claman. Los niños y los ancianos cantan “¡Hosanna!” ¿Qué podemos hacer nosotros? Esta venida de Jesús nos transforma. Nos conmueve. ¿Qué está llamándote Dios a hacer hoy para acompañar, para recibir a Jesús?
No tengas prisa en entrar al Lunes Santo, a la Semana Santa. Mañana pasamos a un estado de sobriedad, reflexión e introspección. Pero hoy, Jesús nos quiere en las calles, cantando y proclamando: Él viene. Ya vino. Sigue viniendo. Está viniendo. Está salvando. Entramos en la Semana Santa sabiendo que aquel que va a sufrir el viernes, entró con todo bajo control.
Asume tu lugar en esta venida. En esta entrada triunfal. Dondequiera que tú te encuentre al oír este mensaje, dónde este mensaje llegue, no estás solo. No seguimos iguales. Seguimos acompañando a un Rey que viene… no en caballo de guerra, sino en un burrito de paz. Un Rey que no nos aplasta, sino que nos levanta y salva. Un Rey que no exige nuestra fuerza, sino que pone la suya en nuestras manos. Un Rey que no nos pide que lo impresionemos, sino que lo recibamos. Seguimos como gente marcada por esta verdad que cambia todo: Él viene.
Él viene cuando la nostalgia aprieta. Él viene cuando el cansancio del trabajo te parte la espalda.
Él viene cuando abres el buzón con miedo. Él viene cuando te sientes extranjero, lejos de casa.
Él viene cuando no ves salida. Él viene cuando lloras en silencio. Él viene cuando sientes que nadie te ve. Y cuando Él viene, no viene a darte una palmadita en la espalda. Viene a reinar. Viene a transformar. Viene a hacer nuevas todas las cosas… empezando por ti.
Así que, hermanos, hermanas, levanten la cabeza. Sacudan las ramas del corazón. Vista cada uno el manto de la humildad. Y abran paso: el Rey viene. Y mientras viene, mientras camina hacia nosotros, mientras llena nuestras calles, nuestras casas y nuestros días con Su presencia, hagamos lo que la multitud de Jerusalén hizo: gritar. No un grito de protesta. No un grito de miedo. Sino ese grito que solo el pueblo redimido puede dar: ¡Hosanna! ¡Gloria al que viene en el nombre del Señor! Porque Él vino. Él vendrá. Y Él —ahora mismo, aquí, hoy— viene hacia ti.
Y si quieres más información sobre la promesa del Rey que viene hacia ti, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.