PARA EL CAMINO

  • Cuando perder es realmente ganar

  • febrero 1, 2026
  • Rev. Lincon Guerra
  • Notas del sermón
  • © 2026 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: 1 Corintios 1:18-31
    1 Corintios 1, Sermones: 10

  • Queridos oyentes, que la gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo sean con cada uno de ustedes.

    Quiero comenzar este sermón compartiendo una experiencia que vivieron recientemente uno de mis hijos y sus amigos. Una situación que, mientras preparaba este mensaje, me llevó a reflexionar en lo que nuestra sociedad valora y lo que, como humanos, celebramos y buscamos a toda costa.

    Hace poco, mi hijo nos llamó a mi esposa y a mí para decirnos que el equipo de fútbol americano de la Universidad Texas Tech, donde estudia, estaba pasando por una gran temporada y habían ganado un partido muy importante. Me dijo: “¡Papá, este es quizás el mejor partido que hemos tenido en más de diez años! Todos estamos emocionados”. Pero lo que me llamó la atención no fue tanto la emoción del partido, sino lo que vino después:

    Mi hijo, junto con un grupo de sus amigos de la universidad, se levantaron… bueno, no se levantaron, porque en realidad no durmieron nada… se fueron a hacer fila para entrar al estadio desde las dos de la mañana. Sí, ¡A las dos de la mañana! Y no eran los únicos. Centenares de estudiantes estaban allí incluso antes que ellos; algunos habían acampado varios días antes, solo para asegurarse un buen lugar en la fila y poder entrar al estadio. Me contaban que mientras más se acercaba la hora del partido, más gente se sumaba. Y cuando llegó el momento de abrir las puertas, aquello parecía una estampida de pura adrenalina y emoción. El estadio se llenó ese día a su capacidad; muchos ni siquiera lograron entrar. El juego estuvo muy bueno y el equipo ganó.

    Y entonces vino lo que todos estaban esperando. Miles de estudiantes saltaron de las gradas al campo, corriendo, gritando, celebrando. Me decía mi hijo que el bullicio era tan fuerte que por momentos no se escuchaba ni lo que se decían entre ellos. Era una fiesta, una explosión de euforia, una algarabía contagiosa. Todos querían festejar con los jugadores, tomarse selfies, grabar videos, guardar ese momento histórico.

    Después, reflexionando sobre esto, pensé: ¡Qué impresionante lo que la sociedad nos ha enseñado sobre ganar! Cómo celebramos a los vencedores. Cómo aplaudimos al exitoso. Cómo nos volcamos al triunfo. Vivimos en una cultura donde ganar lo es todo. Donde ser exitoso es la cúspide de la vida. Donde ser fuerte, inteligente, influyente, ganador es lo importante. Nadie quiere ser un perdedor. Nadie quiere ser tildado de fracasado. Como humanos, buscamos siempre ganar, el éxito, el triunfo.

    Pero cuando abrimos las Escrituras, descubrimos que el Reino de Dios no funciona igual. Sus valores no se parecen en nada a los nuestros. Lo vemos claramente en el mensaje de Jesús en las bienaventuranzas en el evangelio de Mateo capítulo 5: Bienaventurados los pobres en espíritu, bienaventurados los que lloran, los mansos, los pacificadores, los que padecen persecución, bienaventurados cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Los estándares de este mundo son diferentes a los del Reino de Dios. Mientras el mundo celebra lo alto, Dios se manifiesta en lo bajo. Mientras el mundo admira lo fuerte, Dios se revela en lo débil. Mientras el mundo busca y sigue al ganador, Dios salva a través de Quien el mundo vio como perdedor. Y esto parece no tener sentido. Esto parece una locura. El apóstol Pablo lo declara en este pasaje, en el verso 18: La palabra de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, esto es, para nosotros, es poder de Dios”.

    Pablo le está escribiendo a la iglesia de Corinto, una ciudad obsesionada con la oratoria, la filosofía, el estatus social, la competencia y el éxito. En Corinto, el que hablaba bonito era admirado. El que tenía seguidores era respetado. El que demostraba poder y prestigio era considerado como alguien de valor. La gente se alineaba detrás de los grandes oradores, los filósofos famosos, los maestros elocuentes. Ese era el ambiente cultural. Una sociedad que medía el valor de una persona por su éxito, su influencia, su inteligencia o su habilidad para impresionar a otros. Y ese mismo patrón, esa misma forma de pensar, parecía estarse infiltrando en la iglesia. Los cristianos en Corinto empezaron a dividirse, diciendo: “Yo soy de Pablo”, “yo de Apolos”, “yo de Cefas”. Como si la iglesia fuera un concurso de popularidad. Como si el Evangelio dependiera del estilo del predicador o de cuántos seguidores tenía cada líder. Se había desplazado el enfoque, la atención ya no estaba en Cristo, sino en los mensajeros. Ya no se exaltaba la Cruz, sino las glorias humanas.

    Por eso Pablo comienza a hablarles de esta manera. Por eso Pablo confronta esa mentalidad tan arraigada en ellos: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el que escudriña estos tiempos? ¿Acaso no ha hecho Dios enloquecer la sabiduría de este mundo?” (v. 20). En otras palabras: ¿Dónde quedaron los supuestos genios? ¿Dónde están ahora los grandes intelectuales? ¿Dónde quedaron los exitosos?

    Pablo está diciendo: todo eso que el mundo valora y exalta, Dios lo ha dejado sin fundamento alguno, delante de la Cruz. Y aquí viene algo precioso, algo profundo, algo que solo puede salir del corazón de Dios: Dios no escogió salvar al mundo por medio de la grandeza humana. Dios decidió salvar al mundo por medio de algo que el mundo despreciaba: la Cruz. Hoy día tenemos una imagen diferente de la Cruz. Hoy se ve con un símbolo religioso que ha transcendido en el tiempo. Pero en el tiempo en que Pablo le predica a los Corintios, la Cruz no era un adorno para llevar cargando en el pecho como parte del atuendo, la Cruz no era un buen símbolo para colgar en las paredes de las casas, no era una señal de prestigio o religiosidad. La Cruz era un símbolo de vergüenza, de fracaso, de derrota, de humillación extrema. La Cruz era el patíbulo reservado para criminales, esclavos peligrosos y enemigos del imperio. Era lo más bajo, lo más humillante, lo más despreciable.

    Cuando Pablo dice: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (v. 23). Esta no era una predicación motivacional, o una predicación intelectual sofisticada, no era un sermón que agradaba a los oídos, sino todo lo contrario. Esto era un gran escándalo. Un Mesías crucificado era un insulto para los judíos. Un “dios” crucificado era una completa locura para los griegos. Y, sin embargo, Pablo dice, ese es nuestro mensaje. ¿Por qué? Porque es en la Cruz donde Dios hace lo que ninguna sabiduría humana jamás pudo lograr: la salvación del hombre pecador. ¡Aleluya! Y aquí está el corazón, la esencia del Evangelio, que en Cristo crucificado encontramos el poder de Dios, y la sabiduría de Dios, el amor de Dios.

    Esto significa que la Cruz, lo que el mundo llamó debilidad, y quizás lo que hoy muchos ven como fracaso, es en realidad la demostración más grande de la fuerza divina. En la Cruz, lo que el mundo llama necedad, es en realidad la expresión más profunda de la sabiduría eterna de Dios. Esto es difícil de entender por nuestra propia inteligencia, ni aun los mismos discípulos de Jesús pudieron entenderlo en su momento. Por eso lo dejaron cuando vieron que la Cruz era el camino inevitable.

    Hace un momento les contaba cómo miles de estudiantes corrieron hacia el campo después de la victoria de su equipo. Saltaron las bardas, se empujaron entre ellos, celebraron, gritaron, se abrazaron, todo por estar cerca de un grupo de hombres considerados “ganadores”. A nadie le importó el cansancio, el sueño perdido, las horas de espera. Cuando el silbato final confirmó la victoria… todos querían acercarse y tocar a los ganadores.

    Pero la historia no fue así con Jesús. Cuando llegó el momento más importante de Su misión, cuando el Hijo de Dios caminaba hacia la Cruz, cuando estaba por cumplir la victoria eterna, cuando estaba por conquistar la muerte, el pecado y al diablo… las multitudes no corrieron hacia Él. Sus discípulos no se abalanzaron sobre Él para acompañarlo. Nadie saltó al campo de la historia para celebrarlo. La Escritura dice que cuando Jesús fue arrestado: “Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mateo 26:56). Pedro, quien había prometido morir con Él, lo negó tres veces. Los demás desaparecieron por temor. Y las multitudes que antes gritaban “¡Hosanna!” ahora gritaban “¡Crucifícalo!”. Todos le dieron la espalda, nadie pudo seguirlo. ¿Por qué? Porque la Cruz era vergonzosa. Porque la Cruz no tenía “éxito” humano. Porque la Cruz parecía derrota, fracaso, debilidad, sufrimiento. Porque en ese momento Jesús se veía como un gran perdedor.

    Sin embargo, fue precisamente allí, en ese momento donde parecía que todo estaba perdido, cuando Jesús estaba ganando la victoria más grande que jamás ha existido. Fue en medio del abandono, en esa soledad, en esa vergüenza, en esa debilidad, donde Dios estaba logrando la salvación del mundo. Amados hermanos, la Cruz no fue el fracaso del Mesías. La Cruz fue el gran triunfo de Dios. Y lo hizo por amor a nosotros.

    Pablo nos deja con este poderoso mensaje: “Pero gracias a Dios ustedes ahora son de Cristo Jesús, a quien Dios ha constituido como nuestra sabiduría, nuestra justificación, nuestra santificación y nuestra redención” (v. 30). Cristo nos revela a Dios, nos declara justos, nos aparta y nos transforma. Cristo paga el precio completo de nuestra salvación. En la Cruz, Dios nos ofrece lo que ninguna filosofía, ninguna ciencia, ningún logro personal puede ofrecer: vida donde había muerte, perdón donde había culpa, restauración donde había quebranto, y esperanza donde no había ninguna. El mundo seguirá tropezando con esta verdad, tratando de entenderla con la lógica humana, buscando hacer algo para alcanzar su salvación, siguiendo los patrones humanos, de alcanzar o ganar el éxito a través de sus propios esfuerzos. Gracias a Dios por el regalo de la fe, que llega a nosotros por obra del Espíritu Santo, por medio de la predicación del Cristo crucificado, y que nos abre el entendimiento para ver la revelación del triunfo de Dios en lo que parecía una derrota.

    Amado oyente, ¡Cristo es tu victoria! La Biblia dice que somos más que vencedores en Cristo Jesús. Somos bienaventurados, porque Cristo ganó en la Cruz por nosotros, aun cuando el mundo pensó que lo perdía todo. Y es en esa Cruz, locura para muchos, pero poder para nosotros, donde encontramos nuestra verdadera identidad y nuestra mayor esperanza. Es ahí que Cristo ganó el perdón de nuestros pecados, nuestra reconciliación con Dios y la gloria eterna.

    Si hoy deseas conocer más de este Jesús victorioso, que perdona pecados, que transforma vidas, y que renueva todas las cosas, a continuación, te diremos como comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Queremos caminar contigo, orar por ti, y ayudarte a ver la hermosa verdad de que en Jesús tenemos la victoria de la vida eterna. Amén.