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PARA EL CAMINO

El Diccionario de la Real Academia define el verbo «regalar» de la siguiente manera: «Dar a alguien, sin recibir nada a cambio, algo en muestra de afecto o consideración o por otro motivo» (https://dle.rae.es/regalar). Siguiendo esta definición de uso común, podríamos decir que existen dos tipos de regalos: En primer lugar, tenemos aquellos regalos que se dan simple y sencillamente como muestras de amor y cariño sin ningún tipo de mérito por parte del que los recibe. Estos regalos inmerecidos son recibidos como una grata sorpresa que llena el corazón de felicidad. Pensemos en una madre amorosa que al llegar a casa un día cualquiera trae consigo unos deliciosos chocolates para sus hijos. Tal gesto es una bonita acción inspirada solo por el amor y la bondad de la madre. La madre les da los chocolates a sus hijos sin esperar nada a cambio, se los da simplemente porque los ama, y esto los llena de alegría.
En segundo lugar, tenemos aquellos regalos que se dan no por afecto o consideración sino por algún otro motivo. En general, estos regalos son merecidos, se obsequian a aquellas personas que son dignas de recibirlos por sus buenas cualidades o contribuciones. Estos regalos generalmente se dan y reciben durante ciertas temporadas del año. Pensemos en aquellos jefes o empresas que cada fin de año dan a sus obreros bonos salariales con el fin de premiar su lealtad y contribuciones a la compañía e incentivarlos a seguir aportando lo mejor de sí en su trabajo. Tal gesto por parte del jefe es motivado por el deseo de premiar a trabajadores que merecen reconocimiento. En teoría los regalos se dan sin recibir nada a cambio. Sin embargo, los regalos que se dan para premiar a alguien se obsequian con la expectativa de que el asalariado siga trabajando de forma fiel y eficiente. En realidad, al fin de cuentas, los bonos salariales son parte del merecido salario del trabajador. El jefe da los bonos a empleados ejemplares porque los valora en base a su rendimiento.
El apóstol Pablo usa el verbo «justificar» para referirse a la forma en la que Dios trata con nosotros. Pensemos por un momento en la palabra «valorar» como sinónimo de «justificar». Ser justificado ante alguien es saber que ese alguien nos valora. Nos dice Pablo que Dios no nos justifica o valora delante de Su presencia en base a lo que contribuimos para merecer Su amor sino en base a Su inmerecida bondad para con nosotros. El apóstol contrasta la forma en la que el mundo justifica o valora a la gente y la forma en la que Dios lo hace. Nos ofrece un ejemplo del mundo laboral. En la sociedad, «para el que trabaja, su salario no es un regalo sino algo que tiene merecido» (v. 4). En otras palabras, en el mundo, tenemos que ser justificados ante nuestros jefes y por ende justificar nuestros empleos mostrando nuestro rendimiento y productividad. El salario y los llamados bonos salariales no se regalan, se merecen. Y son nuestras obras en el campo laboral lo que nos justifica ante el jefe de la empresa como obreros merecedores de un salario. Así pues, nuestro valor en el mundo depende en gran parte de nuestras obras, es decir, de nuestra capacidad de ser justos o actuar justa y rectamente ante el jefe y clientes en nuestras labores diarias. Así pues, en la sociedad, a menudo somos justificados ante otros y valorados por otros por nuestras obras, en base a lo que hacemos o no hacemos.
Sin embargo, Pablo nos dice que Dios no nos justifica o valora delante de Su presencia en base a nuestras obras. Otra forma de decir lo mismo es que no somos justificados ante Dios por medio de la ley, la cual se resume en los Diez Mandamientos y nos enseña lo que debemos o no debemos hacer según la voluntad de Dios. El apóstol nos dice que existe otro tipo de justicia aparte de la ley que nos hace justos y rectos delante de Dios, que existe una valoración del ser humano por parte de Dios que no depende de sus obras. Se trata de un tipo de justicia que Dios declara, pronuncia o promete a los seres humanos por pura misericordia, sin mérito alguno de nuestra parte. Para ilustrar este tipo de justicia inmerecida, Pablo nos da el ejemplo del patriarca Abrahán, a quien Dios le dio la promesa de que su esposa Sara, quien ya estaba muy pasada de edad, daría a luz un hijo, haciendo de Abrahán «padre de muchas naciones» (v. 17). Dada la infertilidad de Sara, tal promesa parecía una ilusión. Pero Dios es fiel a Su palabra, a Su promesa y Sara dio a luz un hijo, haciendo del anciano Abrahán padre de muchas naciones. Lo que Dios dice, Dios hace. Lo que Dios promete, ocurre. Como lo dice el Señor por medio de Su profeta Isaías: «mi palabra, cuando sale de mi boca, no vuelve a mí vacía, sino que hace todo lo que yo quiero, y tiene éxito en todo aquello para lo cual la envié» (Isaías 55:11).
¿Y cómo responde Abrahán a esta palabra de Dios, a Su promesa, de que sería el padre de muchas naciones? Responde el patriarca creyendo en Dios, confiando en Su palabra—a pesar de lo difícil que hubiera sido creerla. Poner esta fe en la promesa divina de por sí ya era un milagro, un regalo de Dios a Abrahán. De hecho, el apóstol Pablo nos enseña que «la fe proviene del oír, y el oír proviene de la palabra de Dios» (Romanos 10:17). Abrahán oyó la palabra de Dios, escuchó la promesa de Dios, «a quien creyó», poniendo su confianza en aquel que «da vida a los muertos, y llama las cosas que no existen, como si existieran» (Romanos 4:17). Esta promesa de Dios creó la fe que Abrahán puso en Él, y por esa fe en la promesa divina, Abrahán fue justificado delante de Dios. O como bien lo dice Pablo, «Abrahán le creyó a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia» (v. 3). Ahora bien, hay que tener cuidado al hablar de la fe de Abrahán por la cual Dios lo justifica y valora. Esta fe no es una obra meritoria de Abrahán, sino la confianza que Abrahán pone en la promesa de Dios. En otras palabras, la fe no es la causa de la justificación sino el medio por el cual Abrahán recibe la promesa de Dios.
Abrahán no fue justificado ante Dios como el trabajador que merece su salario o bonos salariales por su buen rendimiento o buenas obras, sino que Abrahán es más bien como una persona «que no trabaja, sino que cree en aquel que justifica al pecador» (v. 5), es decir, que confía en el Dios que lo declara justo y recto no por sus obras sino porque Dios así lo declara. Y lo que Dios dice, Dios hace. ¿Y qué palabra de Dios es esa que Éste nos da como regalo inmerecido, como gesto de Su inmerecida bondad? ¿Qué palabra de Dios es esa que nos declara justos, que nos otorga valor simple y sencillamente porque Dios nos ama como un padre bondadoso y lleno de gracia aparte de nuestros méritos?
Para entender en qué consiste esta promesa, Pablo nos dirige a otro personaje bíblico, el rey David, quien tuvo la dicha de escuchar la palabra de Dios por boca del profeta Natán en una ocasión muy bochornosa de su vida en la que David abusó de su poder y pecó contra Dios y sus prójimos. David fue responsable del asesinato de su siervo Urías, el esposo de Betsabé, con quien David tuvo relaciones ilícitas. Natán confronta a David con su pecado: «¿Por qué menospreciaste la palabra del Señor, y actuaste mal delante de sus ojos? Al hitita Urías lo mataste por medio de la espada de los amonitas, para quedarte con su mujer» (2 Samuel 12:9). David se arrepiente y recibe de Natán el perdón de sus pecados:
David le respondió a Natán:
«Reconozco que he pecado contra el Señor.»
Y Natán le dijo:
«El Señor ha perdonado tu pecado, y no vas a morir» (2 Samuel 12:13).
Al absolverlo de sus pecados, Dios justificó a David por medio de Natán no en base a sus obras sino por la fe en el Dios que declara aún a pecadores como David libres de la culpa del pecado cuando estos se arrepienten de sus injusticias.
En uno de sus salmos, David da gracias a Dios por justificar y valorar a seres humanos como él, no por sus obras, las cuales están llenas de pecados e injusticias, sino en base a otro tipo de justicia aparte de las obras. Nos dice Pablo que, en el Salmo 32, «David también se refiere a la felicidad del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, cuando dice:
“¡Dichoso aquel cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos!
¡Dichoso aquél a quien el Señor no culpa de pecado!» (vv. 6-8).
La promesa de Dios a David es para nosotros también. Nosotros también hemos pecado y cometido injusticias. No siempre hemos actuado justa y rectamente ante Dios y ante nuestros prójimos. Si fuésemos justificados o valorados por Dios en base a nuestros méritos, en base a lo que demanda Su ley (Sus Diez Mandamientos), recibiríamos solamente regaños y castigos por parte de Dios por ser mal portados, desobedientes, infieles—en fin, pecadores. No recibiríamos regalos de ningún tipo. La ley solo nos muestra nuestros pecados e injusticias y por eso solo «produce castigo» (v. 15), pero la promesa del perdón de los pecados no viene por la ley sino por la fe en el Dios que justifica aparte de las obras. Por eso, dice Pablo, «donde no hay ley, tampoco hay transgresión» (v. 15).
He aquí la buena nueva: Por puro amor paternal y divino y sin ningún mérito de nuestra parte, Dios Padre ha mostrado Su bondad y favor para con nosotros, perdonándonos nuestras injusticias y pecados. Por medio de las obras y los méritos de Su Hijo Jesucristo, quien tomó sobre sí nuestras injusticias en la Cruz y Quien resucitó para darnos vida eterna, Dios Padre nos declara justos, libres de pecado, justificados por la fe en Su promesa de salvación del poder del pecado y la muerte.
Por medio de la fe en la promesa, Abrahán creyó en Dios y esto Dios «se lo tomó en cuenta como justicia» (v. 3). De la misma forma, todos los que creen en la promesa de Dios, en el perdón de los pecados que nos promete por medio de Su Hijo Jesucristo, pasan a ser herederos espirituales de Abrahán y por ende parte de esa gran nación de creyentes esparcida por todo el mundo. Por medio de la fe en Jesús, quien es descendiente y semilla de Abrahán, todos los que ponen su fe en las promesas de vida, perdón y salvación del Señor también «son de la fe de Abrahán, el cual es padre de todos nosotros» (v. 16).
Querido oyente: ¿Cómo te valora la gente? ¿En base a qué criterios justifican tu valor en este mundo? El mundo es como el jefe de la empresa que te valora y justifica tu empleo en base a tu fidelidad a la compañía y productividad en la misma. Pero Dios no es así. Él es como esa madre que trae deliciosos chocolates a sus hijos simple y sencillamente porque los ama y les tiene cariño—aquella madre cuyos obsequios son verdaderos regalos que se dan sin esperar nada a cambio. Dios es un padre amoroso que nos justifica y valora ante Su presencia simple y sencillamente porque Él nos dice que nos ama y nos declara una y otra vez Su promesa de amor incondicional. Por eso, recibe hoy por la fe Sus certeras promesas de perdón, vida y salvación para ti por medio de Su Hijo Jesús. Dios es bueno y para siempre es Su misericordia.
Y si quieres saber más sobre la promesa de salvación de Cristo, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.