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PARA EL CAMINO

En mi barrio la más religiosa de todas era Doña Chinca Bracho. Todos los días iba a la iglesia: ayudaba con los eventos, lideraba las reuniones de damas, catequizaba a los jóvenes, decoraba cuando era necesario, organizaba cuánta actividad, retiro espiritual, o vendimia se hacía, apoyaba en las jornadas de oración en las casas, y claro que era de las primeras en llegar a la iglesia todos los domingos. Pero creo que el tiempo en el que la veía más activa y feliz era en los días de Navidad, especialmente cuando organizaba la Paradura del Niño, ¡esta era su especialidad!
Esta es una festividad (de la tradición católica) muy popular de la región andina de Venezuela, y que tiene que ver con el niño Jesús que finalmente se levanta —o se para— del pesebre para hacer su misión en la tierra, y por ello se llama paradura. Lo interesante es que la gente va de casa en casa por todo el vecindario, cantando aguinaldos y villancicos, haciendo oraciones, y finalmente —como en toda celebración latina— hay comida y fiesta. ¡Esto último no puede faltar! En algunos lugares, la tradición también se basa en buscar el niño Jesús que se ha perdido, y las personas van cantando de casa en casa hasta que llegan a la vivienda donde supuestamente está escondido. El tema es que la gente tiene la oportunidad de ofrecer cánticos y oraciones y, de forma simbólica, un lugar para Jesús.
Es una celebración parecida a Las Posadas, muy conocidas en México y Centroamérica, en el que se le intenta conseguir un lugar a José y María para que nazca el Cristo. Otra tradición que viene a mi mente es la de Las Velitas y Las Novenas, muy populares en Colombia, en la que se ofrecen oraciones y peticiones antes de la Navidad, y donde las familias acuerdan ofrecer sus casas para estas reuniones. Todas son festividades que realizan muchos países de América Latina y los Estados Unidos, y donde la gente se abre para ofrecer, compartir, y festejar nuestra espiritualidad.
Esto de ofrecer algo a Jesús, bien sea un lugar para alojarse, o nuestras oraciones y ofrendas, nuestra adoración, hace de los regalos (la acción de dar y ofrecer algo) un pilar fundamental en las fiestas navideñas. Quizás el mejor ejemplo de esto es la fiesta de los Reyes Magos, que precisamente se celebra esta semana, y que nos transporta al relato de Mateo, capítulo dos, nuestro texto bíblico de esta semana. Allí vemos como unos reyes (también se les conoce como magos o sabios del oriente) viajan a Belén, guiados por la Palabra de Dios y una estrella en el cielo, para encontrar al recién nacido Hijo del Altísimo, y ofrecerle a Él su adoración y unos regalos.
Creo que por eso es que estos días, además de traer mucha fiesta y comida, muchos se vuelcan a dar obsequios, especialmente para los niños; otros ofrecen sus casas para actividades; y los más piadosos, como Doña Chinca, se ocupan tanto de vincularse con la religiosidad propia de estas fechas. Cada quien da a su manera.
Recuerdo que, de niño, mi papá me hizo una pregunta que se me quedó grabada en la mente por mucho tiempo, incluso hasta hoy. Me dijo: Si en Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, ¿Qué le vas a regalar en Su cumpleaños?
Interesante, ¿no creen?
¿Qué le puedo dar yo a Dios? Él es Rey, es Todopoderoso, literalmente lo tiene todo y no necesita nada de mí — pensé.
¡Luego te digo lo que respondí!
Por ahora, pongamos nuestra mirada en la escena que nos deja el evangelio de Mateo. Dice:
1 Jesús nació en Belén de Judea en los tiempos del rey Herodes. En aquel tiempo, unos sabios que venían desde el oriente llegaron a Jerusalén 2 y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el oriente, y venimos a adorarlo».
Estos “sabios” del oriente eran gentiles o extranjeros que llegaron a conocer y adorar al Hijo de Dios. No sabemos cuántos eran (aunque muchos creen que fueron tres, y la tradición los llama Melchor, Gaspar y Baltazar); tampoco sabemos de dónde exactamente venían (unos dicen: de Asia, Persia, Arabia, o tierras de Babilonia); ni tampoco sabemos qué otra cosa —además de la estrella— los movió o guio a hacer el viaje para adorar al Mesías. Solo sabemos de ellos lo que nos cuenta Mateo.
Ellos llegaron a Jerusalén (la ciudad más importante de Israel), donde estaba el Rey Herodes, y allí les indicaron que el Salvador de los judíos nacería en Belén, y con esta información bíblica, y la estrella que los había guiado hasta esas tierras, es que ellos pudieron continuar el viaje hasta encontrar a Jesús.
Ellos tenían algo claro: estaban buscando al verdadero Hijo de Dios y su misión era adorarle.
¿Qué le puedes dar tú a Dios en este nuevo año? ¿Cómo quiere el Señor que ustedes y yo le adoremos?
Adorar es amar algo, pero amar algo con reverencia, con sumisión, con una fuerza que no te permite amar algo tanto o más que eso que adoras. Es también vivir una vida de gratitud y servicio a eso que amas. San Pablo le decía a los Romanos que debíamos adorar con todo nuestro ser, cuerpo, y vida. Escribía: “Así que, hermanos, yo les ruego, por las misericordias de Dios, que se presenten ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. ¡Así es como se debe adorar a Dios!” (Romanos 12:1).
Probablemente esto es lo que Dios busca de nosotros cuando nos invita a adorarle: Más que cosas, una adoración así, a este nivel, y con esta magnitud.
Pero seamos honestos: hoy día, las personas muestran adoraciones así pero no precisamente para Dios.
Piensen en los equipos deportivos (y créanme que esto es duro para mí porque soy amante de los deportes). Hemos construido estadios gigantescos que son como templos y donde nos congregamos alrededor de nuestros equipos. No nos importa el clima, o pagar lo que cueste la boleta, para ir a ver a nuestras estrellas. Nos ponemos sus camisetas, seguimos sus vidas en las redes sociales, despreciamos a los equipos contrarios, y muchas veces dedicamos más tiempo al partido de esta semana que a lo que de verdad importa. Alguien decía: A veces se nos olvida que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes.
Pero no es que somos así solamente con los deportes. Así somos también con la política y el fanatismo partidista. Así somos con las cosas materiales, o con el hedonismo que abunda por estos tiempos.
Ni hablar de aquellos que se adoran a sí mismos, y viven sus vidas de publicación en publicación, de selfie en selfie, buscando likes, seguidores, y la aprobación de otros.
¿Qué estás adorando tú por estos días? ¿Qué cosa estás poniendo por encima de Dios?
¿A ti mismo? ¿A esos que sigues y te entretienen en las redes? ¿A tu equipo deportivo? ¿A tus políticos?
¿Hay espacio para Dios en tu lista de adoración? ¿Vas rumbo a Belén a postrarte ante tu Rey o todavía no?
¡Esto fue lo que dijo Herodes!
Dice la Escritura:
7 Luego, Herodes llamó en secreto a los sabios para saber de ellos el tiempo preciso en que había aparecido la estrella. 8 Los envió a Belén, y les dijo: «Vayan y averigüen con sumo cuidado acerca del niño, y cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a adorarlo».
Si recuerdas bien la historia sabes que Herodes no quería adorar al niño, por el contrario, quería asesinarlo. Herodes se adoraba a sí mismo, quería su poder por sobre todas las cosas, no estaba dispuesto a tolerar otro rey más que él mismo, y —al igual que el mundo y la sociedad de hoy— Dios no estaba en sus prioridades.
¿Está en las tuyas de este nuevo año?
Cuando Dios nos manda, nada más y nada menos que en el primer mandamiento, que no tengamos otros dioses, literalmente nos está diciendo que nada debe estar por encima de Él. Nada merece una adoración mayor que la que Él debe tener en nuestras vidas. Lo aprendemos en el Catecismo, cuando Martín Lutero nos explica que este mandamiento quiere decir que: “Más que a todas las cosas debemos temer y amar a Dios y confiar en Él”.
Recuerda que donde están tus tesoros, tus prioridades, y las cosas que más adoras, allí estará tu corazón (Mateo 6:21). Dice la Biblia que: Solo al Señor adorarás, y solo a Él te postrarás (Deuteronomio 6:13).
¿Qué le puedo dar yo a Dios? — me preguntó mi padre una vez. Recuerdo que fue en una nochebuena.
Yo respondí: mi corazón. No sé por qué, ni de dónde salió esa respuesta… ¡era un niño y no se me ocurrió otra cosa!
Sin embargo, ¿qué le pudieras dar tú? ¡Pues lo mismo! Al final del día, Dios no quiere otra cosa sino tu amor, tu confianza, tu vida entera.
Es paradójico o irónico esto que voy a decir, pero cuando hablamos de adoración la imagen que suele venir a nuestras mentes es casi siempre una en la que nosotros le damos o le ofrecemos algo a Dios: un cántico, una ofrenda, un lugar en nuestras vidas, una oración, nuestra casa para celebrar alguna tradición de la iglesia, etc. Pero la verdad es que cuando los cristianos se juntan para adorar, más que ofrecer algo a Dios, ellos están recibiendo.
En el culto cristiano es cierto que nos congregamos para adorar a Dios, pero esa adoración consiste en que, como comunidad, nosotros recibamos lo que el Señor quiere y ha dispuesto darnos. Allí, Él nos da Su Palabra (la misma que guio a los sabios del oriente), y nos la da para que lo conozcamos y le amemos… nos da también fe, para que le creamos a Jesús, la estrella que se posa en nuestro cielo para que le encontremos… nos da perdón, para sanar nuestras heridas y restaurar nuestra relación con Él, una relación que se ha roto por culpa de nuestros pecados que comienzan cuando lo quitamos a Él de nuestras prioridades… y finalmente, Él nos da vida eterna, especialmente en la obra del Espíritu Santo a través de la Palabra y los Sacramentos.
Entonces ustedes y yo, cuando adoramos, más que dar estamos recibiendo todo esto, todo esto que nos impulsa a encontrar al Mesías prometido, al Salvador de todas las naciones, y al verdadero centro de nuestra adoración. En todo esto que recibimos reside el verdadero impulso que nos lleva a postrarnos ante Dios y adorarle con todo lo que tenemos, en especial, con nuestro corazón.
El que ama, da.
Dios amó tanto al mundo, que dio a Su Hijo para salvarnos (Juan 3:16) … Él te ama tanto a ti, que te da Su Palabra, fe, amor, perdón, vida eterna, y todo lo que tienes.
El texto de esta semana termina diciendo que los reyes magos:
11 Cuando entraron en la casa, vieron al niño con Su madre María y, postrándose ante Él, lo adoraron. Luego, abrieron sus tesoros y le ofrecieron oro, incienso y mirra.
Oro, porque al que adoraban era el verdadero Rey de reyes. Incienso, porque ese niño en aquel lugar era en verdad el Dios hecho hombre, ¡Dios verdadero! Y finalmente mirra, porque con ella se elevarían a lo alto las oraciones de una humanidad que tendría que ver el sacrificio en la cruz de este Mesías para que —por medio de Él y sus sufrimientos— alcanzáramos la salvación.
Más que a los Reyes Magos que celebramos por estos días, o todas esas tradiciones que hemos festejado estas últimas semanas, hoy te invitamos a que le des a Dios el lugar que corresponde, que le adores con todo tu corazón y que tu vida refleje lo que Él hace por ti… pero por sobre todas las cosas, que en este año que comienza recibas con gratitud lo que Él tiene preparado para ofrecerte: Su Palabra para que lo conozcas, fe para que le creas, perdón para que seas sanado y restaurado, y vida eterna para que sepas que la muerte ya no tiene poder sobre ti. Amén
Si quieres saber más sobre Jesús, quisiera recomendarte el folleto que tenemos en nuestra página de PARAELCAMINO.COM y que se titula ¿Quién es Jesús? Aquí te dejo el enlace para que lo descargues gratis: https://shoplhm.org/quie-es-jesus-who-is-jesus/
Allí también encontrarás recursos para los más pequeños de la casa.
Recuerda que, si tienes preguntas, o deseas conocer todos nuestros materiales y recursos, o para compartir este mensaje, ya te diremos cómo conectarte con nosotros aquí en CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES. ¡Que este sea el mejor y más bendecido de todos tus años! ¡Hasta la próxima!