Padres que

dejan huella

PADRES QUE DEJAN HUELLA (PARTE III) Padres que obedecen

PADRES QUE DEJAN HUELLA (PARTE I) Padres que confían
Rev. Germán Novelli Oliveros
Notas del sermón
© 2026 Cristo Para Todas Las Naciones

TEXTO: Mateo 1:18-25
Mateo 1, Sermones: 5

“Padres que dejan huella” ha sido el título que le hemos dado a esta serie de tres mensajes que compartimos con ustedes durante este mes. Ya hablamos de Abrahán, el padre de la fe, y de lo importante que es confiar en Dios y Sus promesas. La semana pasada conversamos sobre el rey David, quien nos demostró que hasta en las mejores familias hay padres que se equivocan. Y esta semana cerramos la serie hablando nada más, y nada menos que de San José, el papá terrenal de Jesús, y con el que descubriremos qué significado tiene vivir con obediencia.

Pero antes de hablar de José, me gustaría iniciar invitándonos a reflexionar sobre las huellas que quisiéramos dejar en nuestros hijos o en aquellos que nos rodean. Ya saben que estos mensajes no son solo para padres, también para mamás, hijos, parejas, líderes, hermanos, o lo que tú seas. Esta serie es para todos ustedes.

¿Qué huellas queremos dejar? ¿Qué queremos sembrar en este mundo y en el corazón de aquellos que nos rodean?

Y esto va más allá de nuestras acciones, de lo que hicimos en el pasado, o de nuestras buenas o malas decisiones. Nada de esto nos debe definir, y nuestro valor no se basa en esto. Tampoco en cómo queremos ser recordados. Estoy hablando de la forma en la que vivimos nuestros días ahora, y de lo que Dios ha querido hacer por nosotros a través de Jesús. Él nos da la fe para vivir de una manera mejor, una vida que tiene sentido, y una vida que deja huella en otros. Te invito a pensar en esto y seguro reflexionáremos sobre esto más adelante.

Ahora sí, hablemos de José.

A pesar de que hay muy poca información sobre José en la Biblia, solamente sabemos lo que nos cuentan los evangelios de Mateo, Lucas, y muy brevemente Marcos y Juan. Sabemos que José era de la familia de David (de la cual saldría el Mesías) y que por lo tanto era de Belén, aunque vivía en Nazaret. También leemos que era carpintero, que había sido el prometido de María cuando ella concibe a Jesús, y de ahí en adelante solo tenemos algunas referencias.

Fíjense que cuando José supo que María estaba embarazada, obviamente pensó que ella lo había traicionado. Y, a pesar de lo ofendido que pudo haber estado, no decide hacer gran escándalo o perjudicarla, sino que planea dejarla en secreto para que nadie se enterara. Es aquí cuando leemos que un ángel le habló en sueños y le cuenta que detrás de todos estos acontecimientos estaba el plan y el propósito de Dios.

Dice el texto:

24 Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a su mujer, 25 pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito. Y le puso por nombre JESÚS.

José hizo tal cual se le había pedido.

No solo esto. José fue obediente y se llevó a María (quien estaba a punto de dar a luz) hasta Belén, para cumplir con el mandato romano de participar en el censo. Luego de nacido el niño, fue obediente y se lo llevó a Egipto para protegerlo y salvar Su vida. Antes de eso, lo llevó al templo para cumplir con las leyes judías. Más adelante, cuando Dios lo llamó para que regresara a Israel, hizo caso y se mudaron de vuelta. Cuidó de Jesús, siempre con la obediencia a Dios por delante.

José era un hombre que, como dicen en nuestros pueblos, hacía caso.

Esto es lo mismo y lo mínimo que nosotros los padres y madres esperamos de nuestros hijos.

Todos queremos hijos respetuosos, amorosos, felices y, por sobre todas las cosas, hijos obedientes. ¡Como José! Nunca replicó, nunca cuestionó, y jamás dijo que no.

¿Cómo eres como hijo (no solo de tus padres sino también de Dios)?

Lo digo porque si quieres que los demás te sean obedientes, me pregunto si tú también es obediente. Recuerda que el cuarto mandamiento, es el único que tiene promesa: Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra (Éxodo 20:12).

Cuando repasamos las Escrituras, particularmente en el libro del Génesis, pero también lo encontramos a lo largo de toda la narrativa bíblica, lo que más hallamos en el actuar humano es desobediencia.

De hecho, el primer pecado fue meramente un acto de desobediencia. Se le dijo a la primera pareja: No coman del fruto de ese árbol, porque si lo hacen morirán. Fue precisamente eso lo que hicieron, arruinando toda la perfección que existía, y dejando que entraran la muerte y el pecado a toda la tierra (Génesis 2:16-17).

Solo tenían un mandamiento, y les valió… nada.

Luego vinieron pecados tras pecados, tragedias tras tragedias, errores y más errores, muerte y más muerte. La desobediencia siempre nos alejará de Dios, y nos hará esclavos de aquello que no podemos dejar de hacer y que nos condena.

Sin embargo, José nos enseña otro camino: el de ser obedientes. Algo que va totalmente en contra de nuestros deseos más básicos. La inclinación humana siempre buscará nuestro propio camino, hacer las cosas a nuestras maneras, dejarnos llevar por nuestras propias pasiones.

Por eso quiero insistirte en esto, y tómalo como un regalo de día de los padres que les doy a todos: el que quiera recibir obediencia, debe comenzar por darla.

Te lo digo de otra manera que aprendí de mi abuelo: enseñamos más con el ejemplo, que con nuestras palabras.

Esto de ser padres es más que el resultado de una relación física o la procreación. A veces también es una elección que hacemos, o una circunstancia que se nos presenta. Conozco padres excelentes que les tocó criar a los hijos de sus parejas, o que tuvieron que vivir la paternidad con personas que llegaron a sus vidas de forma no planeada. Mi suegro fue criado por una tía ya que su mamá murió cuando él era un niño, y mi padre fue criado por otras familias, pues no pudo crecer junto a su mamá biológica. Entonces encontró el amor maternal en sus maestras de la escuela.

Me duele cuando escucho niños y jóvenes decir a estos padres circunstanciales: No me digas nada que tú no eres mi papá o mi mamá. No se dan cuenta que están hablando con aquellos que están esforzándose para ayudarlos a crecer, incluso cuando no hay una conexión biológica.

Como además me duelen los padres ausentes o que desaparecieron de la vida de sus hijos; y como también duelen esos padres sobreprotectores, controladores, posesivos, que yo llamaría padres ancla, pues no dejan que sus hijos se abran camino, avancen, o crezcan en libertad.

Mis queridos amigos y amigas de PARA EL CAMINO:

Las relaciones de padres e hijos, y las dinámicas familiares, a menudo pueden ser tensas.

San Pablo nos exhortaba en su carta a los Colosenses: “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Colosenses 3:20-21).

Yo sé que no es fácil. Lo primero que arruinó el pecado, cuando entró al mundo, fue la dinámica familiar.

Es por el pecado, que nos cuesta tener la fe de Abrahán, o la valentía de David para reconocer y confesar sus errores, o incluso mostrar un poquito de la obediencia fiel de José.

Es por el pecado, por nuestra naturaleza pecaminosa, que nos cuesta dejar la huella que quisiéramos dejar en nuestro caminar por este mundo, y entonces vemos que en nuestros corazones hay más duda que fe, más orgullo que humildad, y más desobediencia que fidelidad.

Por lo tanto, y para cerrar nuestra serie dedicada a los padres y madres de valor, quiero que veas el rol paternal que tiene tu Padre celestial, quien deja huella en nuestras vidas, amándonos tanto que dio a Su Único Hijo a morir por nosotros; quien deja huella en nuestras vidas, enviando a Su Espíritu Santo para que haya fe en nuestros corazones; quien deja huella en nuestras vidas, dándonos —a través de Su Palabra, y los Sacramentos— la oportunidad de ser declarados hijos suyos, hijos verdaderos, hijos amados, hijos consagrados, hijos herederos de un reino que no tiene fin.

¿Qué huella quieres dejar a los tuyos? Pues enséñales desde ya sobre nuestro Papá en los cielos y de lo que hizo Su Hijo Jesús.

¿Quieres tener la fe de Abrahán? Permite que Dios te revele una vez más que sigue estando a tu lado… ¿quieres tener el perdón que tuvo David?, pues confiesa ahora mismo tus pecados, y en Jesús serás perdonado… ¿quieres ser obediente como José?, pues recuerda que Jesús mostró Su obediencia en toda Su vida, hasta que tuvo que morir en una Cruz para pagar el precio de nuestra desobediencia (Filipenses 2:8).

La mayor huella que ha quedado en tu vida es la de tu Padre en los cielos, que se acuerda de tu nombre, quien te conoce desde que estabas vivo en el vientre de tu madre, y quien hoy te promete estar contigo siempre, pues en Cristo, tú y yo somos también hijos de Dios. Amén.

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