Padres que

dejan huella

PADRES QUE DEJAN HUELLA (PARTE II) Padres que se equivocan

PADRES QUE DEJAN HUELLA (PARTE II) Padres que se equivocan
junio 21, 2026
Rev. Germán Novelli Oliveros
Notas del sermón
© 2026 Cristo Para Todas Las Naciones

TEXTO: 1 Reyes 2:1—4
1 Reyes 2:1—4, Sermones: 0

junio 21, 2026
Rev. Germán Novelli Oliveros
Notas del sermón
© 2026 Cristo Para Todas Las Naciones
TEXTO: 1 Reyes 2:1—4
1 Reyes 2, Sermones: 0

Antes de morir, el Rey David le dijo a su hijo Salomón estas palabras:

¡Ánimo, y pórtate como todo un hombre! Cumple los mandamientos del Señor tu Dios, y no te apartes de sus caminos; sigue sus sendas y cumple con sus leyes y preceptos, tal y como están escritos en la ley de Moisés. Así prosperarás en todo lo que hagas y en todo lo que emprendas” (1 Reyes 2:2-3).

David es quizás el rey más importante de la historia de Israel. El Señor lo guio de cerca a construir un poderoso reino en el que se conquistaron territorios, se ganaron batallas, y donde se unificó toda una nación.

Sin embargo, los que conocen la historia de este personaje de la Biblia sabrán que la vida de David no fue perfecta, y que éste cometió muchos errores. Como dirían en mi país: “¡Metió la pata más de una vez!”.

Tal vez uno de los errores más conocidos de David fue ese amorío que tuvo con la que después fue su esposa, Betsabé. Ella estaba casada con otro hombre, pero esto no impidió que el rey se enamorara de ella, la hiciera su amante, la embarazara, y luego hiciera un plan para matar al esposo de su amada (2 Samuel 11).

Esta fue una de las muchas equivocaciones que encontramos en la vida del rey David.

Al final del día —como dice el refrán— errar es de humanos y rectificar es de sabios.

David pagó las consecuencias de su error de formas muy dolorosas, y se arrepintió por sus faltas. Sin embargo, años más tarde, ya en su rol de papá, no hizo nada cuando sus hijos cometían estrepitosos pecados. Uno de ellos, Absalom, violó a su propia hermana Tamar (2 Samuel 13), y el rey no lo castigó por su delito. Algo que, para muchos expertos bíblicos, es señal de debilidad en la personalidad de David como líder, rey, y como padre.

Como dijimos en el episodio anterior, aquí en PARA EL CAMINO estamos trabajando esta serie de tres mensajes titulada “Padres que dejan huella”, y en la que exploraremos la vida de tres papás de la Biblia, tratando de aprender de sus experiencias, para luego aplicarlas a nuestras vidas. En el sermón pasado hablamos de Abrahán, y hoy estamos conversando sobre el rey David, en su rol de papá.

Estuve consultando las Escrituras y encontré que David tuvo al menos 20 hijos, casi todos varones. El más famoso de ellos es probablemente Salomón, conocido por su sabiduría y por construir el templo de Jerusalén, y quien lo sucedió en el trono a pesar de no ser el mayor, algo que causó ciertas molestias en la dinámica familiar.

Miren, no hay familia perfecta. En parte, porque nosotros los seres humanos no somos perfectos. Todos nos equivocamos. Todos somos pecadores. Todos metemos la pata.

Si algo he aprendido, particularmente en mi rol de esposo y padre, es que la clave en toda dinámica familiar —o incluso en nuestras relaciones humanas— siempre está en perdonar y aprender a pedir perdón, arrepentirse, enmendar nuestros errores, y pasar las páginas.

Pudiera estar aquí el día entero contándoles todas las veces que nos hemos tenido que perdonar en mi casa o en mi familia, que hemos llorado, que nos hemos enfadado u ofendido, y que hemos tenido que disculparnos. Más de una vez yo he tenido que venir a mis hijos pequeños y decirles: “Perdóname por hablarte así, no fue el tono correcto”, o “lo siento porque me equivoqué por esto y aquello”.

Pero para hacer esto, es muy importante tener en cuenta dos cosas esenciales, y ambas nos conectan con Dios. En primer lugar, debemos asumir la verdad de que todos hemos pecado, y que no hay nadie perfecto. Dice San Pablo a los Romanos que: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Y esto es importante saberlo porque cuando entendemos que nosotros también pecamos, el siguiente paso es reconocer en humildad que también nos equivocamos y pedimos perdón por ello. Lo segundo es que los creyentes debemos saber cuánto nos ama el Señor y también cuánto nos perdona. Nosotros amamos, porque Él nos amó primero, y perdonamos porque Él también nos perdona, ¡y mucho! (1 Juan 4:19-21).

Me duele en el corazón cuando veo matrimonios que se acaban, hogares que se rompen, familias y relaciones que se hacen pedazos, únicamente porque hay una negación total y absoluta a perdonarse, a comunicarse, o a tratar de reconciliarse. Me entristece ver hijos que no se hablan con sus padres, o hermanos que no se soportan, solo por soberbia, orgullo, y falta de amor.  Y esto pasa en familias de no creyentes, y también lo he visto en hogares donde hay mucha religiosidad.

La familia de David es un ejemplo de ello. El rey tuvo una relación directa y cercana a Dios. Fue escogido por el propio Padre celestial para ser el monarca de la nación del Señor. No solo eso, sino que de esta familia nacería Jesús, el Mesías y Salvador de las naciones. Pero el pecado siempre intenta e intentará destruir y manchar lo que Dios hace.

Si van al Génesis, el plan de Dios era todo perfección en el jardín y en la primera familia humana. Mas el pecado lo daña todo. Lo hizo con esta familia, y lo intenta hacer también en las nuestras.

Pero Dios sabe que nosotros solos —es decir, sin Él— no podemos arreglar las cosas.

Por eso se queda cerca de estos monarcas de Israel para cumplir a través de ellos Sus propósitos, y por eso viene a ti, por medio de la Palabra y los Sacramentos, para arreglar lo que el pecado daña, para acercarte a Él cuando el pecado te aleja de Sus caminos, para cambiar las cosas por medio de Su gracia, Su perdón, y Su amor por ti.

Por eso el consejo de David a su hijo Salomón es tan importante, tan poderoso, y tan pertinente para nosotros hoy día:

¡Ánimo, y pórtate como todo un hombre! Cumple los mandamientos del Señor tu Dios, y no te apartes de sus caminos; sigue sus sendas y cumple con sus leyes y preceptos, tal y como están escritos en la ley de Moisés. Así prosperarás en todo lo que hagas y en todo lo que emprendas” (1 Reyes 2:2-3).

Los padres y las madres también nos equivocamos. Los esposos cometemos errores. Muchas veces decepcionamos a Dios, a nuestros hijos, a los que amamos, e incluso a nosotros mismos, con las cosas que hacemos, las decisiones lamentables, lo que decimos, lo que pensamos, y los sentimientos que guardamos dentro de nosotros.

Es por eso que es importante volver al camino de Dios, a Sus sendas, a Sus preceptos y mandamientos, a la forma en la que Él quiere que vivamos. Eso no significa que no vamos a errar, o que tendremos una familia perfecta. De ninguna manera. Esto quiere decir que Dios estará con nosotros, que Su Palabra será una guía a nuestros pies, que Su amor nos llevará a amar a otros, y que Su perdón nos equipará para arrepentirnos, pedir perdón, y también perdonar como hemos sido perdonados.

Dios siguió amando a David a pesar de sus errores, y de su linaje nació el Salvador. Se quedó también cerca de Salomón, a pesar de que éste también tuvo sus pifias. Y estoy seguro de que hoy toca nuestros corazones con esta Palabra, para que recordemos lo importante que es abrazar la obra de Jesús, la cual nos impulsa a confesar nuestros pecados, y saber que cuando pedimos perdón, y nos arrepentimos, Dios limpia cada una de nuestras faltas (1 Juan 1:9).

Mis queridos amigos de PARA EL CAMINO:

Jesús no es un invento de la narrativa bíblica o de la historia universal. Él es el Dios verdadero, que se hizo hombre para venir a este mundo de familias y paternidades rotas, a sanar la mayor enfermedad que tenemos como raza humana: nuestro pecado. Lo hizo muriendo en una cruz, donde pagó el alto precio de todas nuestras equivocaciones. Dios lo resucitó de la muerte, y lo sentó a Su lado, y Él desde allí ha dispuesto preparar lugares celestiales para todos Sus hijos, que son aquellos que creen en este Jesús, le aman, y le siguen.

Dios perdonó a David, y te perdona a ti.

Quizás en el camino hay todavía mucho trabajo por hacer, muchas heridas que sanar, muchas relaciones que restaurar. . . y sí, tal vez, muchos perdones que pedir y que dar.

Pero los animo a todos a que sean valientes, a que sepan que de los errores también se aprenden lecciones, y que no hay pecados tan grandes que Dios no pueda perdonar. Amén.

La próxima semana tendremos el último de estos mensajes para este mes de los padres, y hablaremos de la obediencia. Sin embargo, quiero invitarte a que visites nuestra página de PARAELCAMINO.COM y descargues allí, o también lo puedes ordenar para que te llegue por correo, nuestro folleto Criando a los hijos con propósito”.  Sabemos que será una bendición para ti y tu familia. Nos encontramos muy pronto en un nuevo mensaje de PARA EL CAMINO y CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES.