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ALIMENTO DIARIO
Pero tú, Señor, me rodeas como un escudo; eres mi orgullo, el que sostiene mi vida. Con mi voz clamaré a ti, Señor, y tú me responderás desde tu lugar santo. Salmo 3:3-4Pero tú, Señor, me rodeas como un escudo; eres mi orgullo, el que sostiene mi vida. Con mi voz clamaré a ti, Señor, y tú me responderás desde tu lugar santo. Salmo 3:3-4
A pesar de que somos libres de adorar como deseamos, hay momentos que queremos clamar al igual que el salmista David: «Señor, ¡cómo han aumentado mis enemigos!» (Salmo 3:1a). Aunque no suframos persecución, daño físico o pérdida de posesiones materiales, podemos ser ridiculizados por nuestra fe; o nuestra confianza en Cristo puede simplemente ser descartada como inútil. Ciertamente, los enemigos como el miedo, la duda y la culpa siempre nos acosan, y el diablo, nuestro principal enemigo, busca incesantemente nuestra caída.
Vivimos en una sociedad que se burla cada vez más de quienes seguimos a Jesús. Muchos oponentes sugieren: «pueden seguir practicando su fe, pero siempre y cuando lo hagan en privado». Cuando invitamos a otros a examinar la verdad de la fe cristiana, a encontrar a Jesús, que es la verdad, la respuesta bien podría ser: «Tú tienes tu verdad y yo la mía.» David se enfrentó a una respuesta similar y así lo expresa en el salmo: «Son muchos los que me dicen que tú no vendrás en mi ayuda» (Salmo 3:2).
Pero David tiene la respuesta. Él no se avergüenza de confesar la verdad de su salvación, y tampoco debemos nosotros: «Pero tú, Señor, me rodeas como un escudo; eres mi orgullo, el que sostiene mi vida». Dios nos protege y sostiene nuestra vida con esperanza porque hace mucho tiempo Él nos respondió desde su «lugar santo» (Salmo 3:4b). En una colina santa en las afueras de Jerusalén, nuestro Señor Jesús soportó la burla y el ridículo de los espectadores que acudieron a observar su ejecución: «Ya que salvó a otros, que se salve a sí mismo» (Lucas 23:35b). Él no quiso salvarse a sí mismo, porque al colgar de la cruz en esa colina sagrada nos estaba salvando… a nosotros. El sufrimiento de nuestro Señor acabó, en las palabras del salmo: «yo me acuesto, y duermo» el sueño de la muerte. El mismo salmo pudo haber formado la oración de nuestro Salvador en la primera mañana de Pascua: «y despierto porque tú, Señor, me sostienes» (Salmo 3:5).
Cada día nos acostamos a dormir confiados en que el Señor, quien se dio a sí mismo para salvarnos, nos sostendrá durante toda la noche, y durante el nuevo día será nuestro escudo y nuestro orgullo. Un día, como lo hizo nuestro Señor Jesús, nos acostaremos y dormiremos el sueño de la muerte. Pero al igual que con nuestro Señor, nosotros también despertaremos de la muerte porque el Señor que nos sostiene ahora, a través de la vida nos elevará a la vida eterna y nos sostendrá en Su presencia para siempre.
ORACIÓN: Señor Jesús, cuando los enemigos, reales e imaginarios, se alzan contra nosotros, sostennos con tu poder. Fortalece y alienta a todos los que sufren persecución por tu santo Nombre. Sé nuestro escudo y nuestro orgullo y levántanos en triunfo. Amén.
Dra. Carol Geisler
Para reflexionar:
1. ¿De qué manera crees que la sociedad que te rodea menosprecia o eleva a quienes buscan ayuda en Dios?
2. ¿Qué haces cuando te sientes presionado o rechazado por tu fe?
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