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ALIMENTO DIARIO
Les he dicho estas cosas mientras estoy con ustedes. Pero el EspĂritu Santo, a quien el Padre enviarĂĄ en mi nombre, los consolarĂĄ y les enseñarĂĄ todas las cosas, y les recordarĂĄ todo lo que yo les he dicho (Juan 14:25-26).
No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verå mås; pero ustedes me verån; y porque yo vivo, ustedes también vivirån (Juan 14:18-19).
Pilato convocó a los principales sacerdotes, y a los gobernantes y al pueblo, y les dijo: «Ustedes me han presentado a este hombre como a un perturbador del pueblo, pero lo he interrogado delante de ustedes, y no lo he hallado culpable de ninguno de los delitos de los que ustedes lo acusan. Se lo envié a Herodes, y tampoco él lo ha hallado culpable. Por tanto, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Voy a castigarlo, y después de eso lo dejaré libre» (Lucas 23:13-16).
Pero, aunque Herodes le hacĂa muchas preguntas, JesĂșs no respondĂa nada… Entonces Herodes y sus soldados lo humillaron y se burlaron de Ă©l, y lo vistieron con una ropa muy lujosa, despuĂ©s de lo cual Herodes lo envĂo de vuelta a Pilato (Lucas 23:9,11).
AllĂ comenzaron a acusarlo. DecĂan: «Hemos encontrado que Ă©ste subvierte a la naciĂłn, que prohĂbe pagar tributo al CĂ©sar, y que dice que Ă©l mismo es el Cristo, es decir, un rey.» Pilato le preguntĂł: «¿Eres tĂș el Rey de los judĂos?». JesĂșs le respondiĂł: «TĂș lo dices.» Pilato dijo entonces a los principales sacerdotes, y a la gente: «Yo no encuentro delito alguno en este hombre» (Lucas 23:2-4).
Entonces ellos dijeron: «¿QuĂ© mĂĄs pruebas necesitamos? ÂĄNosotros mismos las hemos oĂdo de sus propios labios!» (Lucas 22:71).
Los hombres que custodiaban a JesĂșs se burlaban de Ă©l y lo golpeaban (Lucas 22:63).
En ese mismo instante el Señor se volviĂł a ver a Pedro … Enseguida, Pedro saliĂł de allĂ y llorĂł amargamente (Lucas 22:61a-62).
Pero ésta es la hora de ustedes, la hora del poder de las tinieblas (Lucas 22:53b).
Cuando los que estaban con Ă©l se dieron cuenta de lo que pasaba, le dijeron: «Señor, Âżechamos mano a la espada?» Uno de ellos hiriĂł a un siervo del sumo sacerdote, y le cortĂł la oreja derecha. Pero JesĂșs les dijo: «¥Basta! ÂĄDĂ©jenlos!» TocĂł entonces la oreja de aquel hombre, y lo sanĂł (Lucas 22:49-51).