PARA EL CAMINO

  • Donde Cristo está presente

  • septiembre 6, 2026
  • Rev. Dr. Laerte Tardelli Voss
  • Notas del sermón
  • © 2026 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Mateo 18:15–20
    Mateo 18, Sermones: 5

  • En una iglesia, dos mujeres habían sido amigas por muchos años. Compartían en el grupo de damas, cantaban juntas en el coro, pero un comentario abrió una herida. Nadie habló. Y el silencio creció. Seguían participando de la misma iglesia, pero se habían vuelto invisibles la una para la otra. Cerca en los bancos, pero lejos en el alma. Una esperaba que el tiempo lo arreglara. La otra esperaba que algún día la otra diera el primer paso. Pero el tiempo no sanó nada. Solo aprendieron a tolerarse una a la otra.

    En otra congregación, dos hombres que servían juntos desde jóvenes. Habían sido amigos cercanos, sus familias se conocían bien, hasta que un malentendido fue tomado como ofensa personal y la relación quedó cortada de un día para otro. Uno de ellos dejó de asistir a la iglesia. Y esa decisión también afectó a sus familias, que quedaron sin saber cómo relacionarse entre sí, y a su iglesia, que perdió una familia y quedó con una cicatriz de división.

    Es precisamente allí donde Jesús habla en Mateo 18. Y Jesús no habla en teoría. Él habla con nosotros, porque nosotros hemos estado dentro de estas historias, heridos en una relación con un hermano. Tal vez alguien te falló, te traicionó. Tal vez todavía hay conversaciones pendientes, palabras que no se olvidan, nombres que siguen trayendo enojo o tristeza. Otros, si somos honestos, hemos estado del otro lado. Hemos hablado sin pensar o no estuvimos cuando alguien nos necesitaba. Y muchas veces no es tan simple como “uno tiene toda la culpa y el otro no”. Ambos tienen su parte.

    Jesús entra en ese terreno: el terreno del pecado entre hermanos, de las relaciones rotas, y del difícil camino de la reconciliación. Y lo hace no como un psicólogo moderno, sino como el Señor que conoce nuestro corazón y que vino a restaurar lo que el pecado rompió. Y cuando finalmente habla, no nos da una excusa para alejarnos. No nos da permiso para quedarnos resentidos. Nos da una dirección sencilla y difícil al mismo tiempo…

    1. El llamado de Cristo a buscar al hermano

    Necesitamos empezar con el contexto de Mateo 18. Justo antes de estos versículos, Jesús cuenta la parábola de la oveja perdida. Un pastor que deja las noventa y nueve para buscar a la que se extravió. Y después de nuestro texto, Pedro le pregunta a Jesús: “¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano?” Y Jesús responde con la parábola del siervo perdonado. Todo el capítulo está lleno del corazón misericordioso de Dios. Dios no disfruta perder personas. Dios busca. Dios trae de regreso. Dios perdona pecadores. Y Dios ayuda a que pecadores se perdonen. ¿Y por qué Dios es así? ¡Me alegro de que hayas preguntado!

    Dios es así porque las relaciones son lo más precioso de la vida. Dios nos creó para vivir em comunión con Él y con otras personas. Pero esas mismas relaciones que son tan importantes también son frágiles. Se dañan fácil. Especialmente con las personas que más confiamos y más compartimos y de quiénes más esperamos. Y porque se dañan fácil, relacionarse siempre implica riesgo. No hay cómo relacionarse sin exponernos a ser malinterpretado o decepcionado. Es parte de la vida entre personas pecadoras que somos. La pregunta no es si un conflicto puede pasar, sino cómo respondemos cuando pasa. Y aquí es donde Jesús nos dice algo muy serio, dónde Él nos llama a hacer algo:

    Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo estando tú y él solos”.

    Qué distintas son estas palabras de Jesús de lo que solemos hacer. Normalmente cuando alguien nos hiere, no vamos hacia la persona. No lo hacemos de manera privada, “tú y él solos”. Hablamos con otros primero. Posteamos una indirecta en las redes sociales. Construimos muros invisibles. Nos alejamos sin tratar el problema. Cancelamos personas. No debe ser así, dice Jesús: “Ve”.

    Ve hacia la persona que te hirió. Quiero que ustedes vayan a hablar con el hermano, no para pelear más, sino para intentar la reconciliación. No se trata de “ganar” el juego de quién tiene la razón. Se trata de no perder al hermano. La meta es ganar al hermano, dice el versículo 15.

    Y porque se trata de ganar al hermano y sanar la relación, sensibilidad y sabiduría son necesarios. Mateo 18 es un regalo, no un arma. Sabiduría para reconocer que no todo conflicto necesita una confrontación. A veces, en amor, podemos dejar pasar una ofensa. La Biblia dice que el amor cubre multitud de pecados. A veces protegemos más la relación y a la iglesia si no convertimos la tensión en algo mayor. Pero cuando la herida está rompiendo la relación o dañando a otros, Jesús dice: “Ve”. Si tu decisión de evitar tocar el tema ya no está ayudando, ve. Ve, porque en la iglesia el pecado no se esconde debajo de la alfombra. No necesitamos fingir que nada pasó. Pero tampoco necesitamos tratarlo como un enemigo. “Si tu hermano peca”, dice Jesús. Hay pecado, hay una herida real, pero sigue siendo tu hermano. Y eso cambia la manera en que te acercas a él. Ve, tratándolo como hermano.

    Pero seamos honestos: esto es difícil. Muy difícil. Porque nuestro corazón naturalmente prefiere dos extremos. O evitamos la conversación, o explotamos llenos de enojo. O negamos que estamos dolidos o reaccionamos de manera descontrolada. Pocas veces sabemos el camino de arreglar las cosas, y a veces sabemos, pero no caminamos por ahí.

    Ve, dice Jesús. Jesús no empieza por otros. Empieza por nosotros. Nos gustaría que el sermón fuera para la otra persona… Escuchamos a Jesús y pensamos: “esto le serviría a fulano”, o “ojalá lo escuche aquel hermano”, pero Jesús empieza contigo. Te invita a moverte. A dar el paso. A salir del orgullo y de la distancia. A ir hacia el hermano. No pospongas, no esperes…ve, dice Jesús. Ve mientras hay tiempo.

    1. La prisión del resentimiento

    Jesús nos llama a tomar la iniciativa porque puede usar nuestra disposición para abrir una puerta hacia la reconciliación. Pero también hay algo más aquí. Hay un cuidado de Jesús con nosotros mismos. Cuando Jesús dice: “ve” no está solo pensando en tu hermano. También está pensando en ti. Porque Jesús sabe el peligro espiritual que existe cuando una persona se acostumbra a no perdonar. Jesús mismo habló del siervo que no quiso perdonar. Y también lo oramos en el Padre Nuestro: “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. La falta de perdón nunca se queda quieta.

    Jesús nos llama a ir porque cuando el pecado rompe relaciones, algo comienza a crecer silenciosamente dentro del corazón: el resentimiento. Y el resentimiento siempre promete algo falso. Promete poder. Promete control. Promete satisfacción. Pero termina convirtiéndose en una prisión.

    El escritor cristiano Frederick Buechner dijo: “De todos los pecados, la ira puede ser el más divertido. Saborear viejas heridas, imaginar futuras confrontaciones y disfrutar mentalmente cómo devolveremos el dolor parece un banquete. El problema es que lo que estamos devorando somos nosotros mismos”.

    Qué descripción tan verdadera. Porque cuando no perdonamos, creemos que estamos castigando al otro, pero en realidad nosotros mismos seguimos presos. La herida comienza a controlar nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras acciones. ¡Y qué traicionero es el resentimiento!

    Muchas veces creemos que hemos perdonado porque el conflicto no explotó más. Seguimos saludando a la persona. Seguimos funcionando por afuera. Pero por dentro existe una especie de contador secreto. “Está bien… esta vez”. Y luego otra marca más. Y otra más. Y otra más. Hasta que un día el corazón finalmente explota. ¿Era eso realmente perdón? ¿O simplemente habíamos guardado la deuda para cobrarla más tarde? Mucho cuidado en alimentar eso, hermanos. Porque el resentimiento nunca se conforma con dañar una relación. También termina endureciendo el corazón de quien lo guarda.

    ¿Pero, pastor, entonces no tengo el derecho de sentirme ofendido o de sufrir por el mal que me han hecho? Si, por supuesto que lo tienes. Jesús te ve en tu sufrir y te abraza en tu sufrir. El perdón no significa fingir que el pecado no dolió o actuar como si nada hubiera pasado. Algunas heridas son profundas. Algunas relaciones requieren tiempo, límites.

    Pero, aun así, Cristo nos llama a no vivir prisioneros del resentimiento, victimizándonos. Tenemos el derecho de entristecernos y de lamentarnos por el dolor el tiempo que necesitemos. Pero en algún momento es hora de buscar la reconciliación, para ganar el hermano, para el bien de todos, para la unidad de la iglesia, y para liberarnos a nosotros mismos. ¿Lo haremos perfectamente? No. ¿Sin luchas? Tampoco. ¿Existe la garantía de que, aun siguiendo los pasos que Jesús enseña, la otra persona responderá bien o que la reconciliación sucederá? No siempre. Pero la fidelidad no consiste en controlar el resultado, sino en dar el paso que Cristo nos llama a dar, porque ya no encontramos satisfacción en la venganza, en la distancia o en el resentimiento.

    ¿Y cómo es eso posible? Solamente mirando a Cristo.

    Porque este texto nos apunta al corazón del Evangelio. Nosotros éramos quienes habíamos roto la relación con Dios. Nosotros éramos quienes nos peleamos con Él. Y, sin embargo, Dios no nos abandonó. Cristo vino hacia nosotros.

    La Cruz es precisamente eso: Dios tomando la iniciativa, viniendo al encuentro de pecadores. San Pablo dice que “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19 LBLA). Jesús cargó nuestro pecado, nuestra dureza, nuestro orgullo para reconciliarnos con el Padre. Por eso Cristo nos llama a buscar reconciliación, no porque somos naturalmente más pacientes, más nobles que otros. Perdonamos porque primero fuimos perdonados. Nos reconciliamos porque Cristo nos reconcilió primero con Dios.

    1. La promesa de Cristo en medio de Su pueblo

    Y entonces llegamos a una de las promesas más hermosas de este texto. Jesús dice: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

    Muchas veces usamos este versículo para hablar de la presencia de Jesús en reuniones pequeñas. Pero en el contexto, Jesús está hablando de creyentes luchando juntos por la reconciliación. Jesús nos está recordando que no tenemos que cargar solos con estas situaciones. Por eso habla de testigos, de hermanos que ayudan y de la participación de la iglesia. Porque algunas heridas son demasiado profundas, algunos conflictos demasiado complejos y algunos corazones demasiado tercos para resolverlos aislados. Cristo nos da el regalo de una comunidad que acompaña, exhorta, escucha y busca la restauración. Una comunidad que se alimenta de la Palabra y de Santa Comunión y recibe de allí las fuerzas para amarse y reconciliarse. Cristo nos regala una familia donde Él mismo habita en el medio. Estoy allí, dice Jesús”. No arriba. No desde lejos. En el medio de ustedes.

    Qué consuelo tan grande. No luchamos solos. ¡No tenemos que hacerlo!

    Jesús está presente cuando te levantas de tu silla de juez y vas al encuentro, y envías un mensaje, y haces una llamada, e invitas a la persona a un café, para iniciar una reconciliación. Jesús está presente cuando necesitas ayuda para perdonar lo que todavía no logras soltar. Cristo está presente cuando un hijo adulto finalmente se sienta con su padre después de años de distancia y dice con lágrimas: “Necesitamos hablar”. Cristo está presente cuando una esposa decide dejar de acumular resentimientos y tiene el valor de abrir su corazón en lugar de seguir construyendo muros dentro del matrimonio. Cristo está presente cuando dos hermanos en la fe, después de meses evitándose en los pasillos de la iglesia, finalmente se detienen, conversan y oran juntos.

    Ve al hermano. Ve sin llamar la atención, no a través de terceros ni rumores. Ve con verdad hablada en amor, sin excusas ni “peros”. Abre tu corazón, presenta tu queja, pero también reconoce tu parte. Facilita el arrepentimiento de tu hermano. Perdona sin demandar humillación. Pide perdón sin justificarte, dispuesto a aceptar las consecuencias, y a que la confianza tome tiempo en restaurarse. Ve al hermano.

    Si no funciona, busca ayuda. Primero uno o dos testigos de confianza. Un amigo en común. Tu pastor. Siempre con amor. Y si no hay respuesta, Jesús dice que se involucre la iglesia. La iglesia está ahí para ayudarnos. Y si aun así no hay arrepentimiento, Jesús habla de “tratarlo como gentil y publicano”. Pero cuidado: eso no significa dar a la persona por perdida ni condenarla al infierno. Al contrario. Los gentiles y publicanos eran precisamente las personas que Jesús buscaba. Significa reconocer que hay un problema serio, quedar en paz por las situaciones que no hemos podido cambiar, sin desistir de esa relación, de esa persona. Cuando no podemos ablandar un corazón, siempre podemos orar por esa persona y seguir amándola desde lejos.

    Tal vez hoy el Espíritu Santo está trayendo un nombre a tu mente. Una conversación pendiente. Una herida que todavía sangra. Tal vez has pasado años evitando a alguien. Tal vez tu corazón se ha endurecido lentamente. Escucha hoy las palabras de Cristo: “Estoy allí”. No como espectador. Sino como Salvador. No te abandono en medio de tus luchas. Estoy allí. Te voy a ayudar. Puede parecer imposible, pero para Dios ninguna reconciliación es imposible. Ve, que yo voy contigo.

    Hace años, Corrie ten Boom, sobreviviente de un campo de concentración nazi, contó que después de predicar en una iglesia se le acercó un exguardia del campo donde murió su hermana. El hombre le extendió la mano y dijo: “Qué maravilloso saber que Cristo también perdonó mis pecados”. Ella confesó que en ese momento sintió odio, dolor y recuerdos terribles. Y entonces oró silenciosamente: “Jesús, yo no puedo perdonarlo. Dame Tú tu perdón”. Y mientras tomó aquella mano, dijo que el amor de Cristo inundó su corazón. Eso no vino de fuerza humana. Vino de Cristo.

    Y ese mismo Cristo sigue obrando hoy. En matrimonios cansados. En familias heridas. En amistades rotas. En iglesias imperfectas. En pecadores como nosotros. Porque donde Cristo está presente, siempre hay esperanza.

    Señor Jesús, gracias porque Tú viniste a reconciliarnos con el Padre por medio de tu Cruz. Perdona nuestro orgullo y nuestro resentimiento. Libéranos de esta prisión y danos corazones humildes para pedir perdón y también para perdonar. Y recuérdanos siempre que Tú estás presente en medio de Tu pueblo, obrando reconciliación. En tu nombre oramos. Amén.

    Recuerda que para conocer más sobre Jesucristo y explorar nuestros recursos, te invitamos a ponerte en contacto con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones.