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PARA EL CAMINO

TEXTO: Génesis 22:1—18
Génesis 22, Sermones: 2
Este mes celebramos el día de los padres.
Y creo que ya he mencionado en mis mensajes que tengo la dicha de contar con un gran papá, y que tuve también grandes abuelos, tíos geniales, primos mayores que yo y que amo infinitamente, e incluso he tenido la oportunidad de trabajar con jefes hombres que de una u otra manera fueron como padres profesionales para mí durante mi carrera. Ni hablar de los pastores que cuidaron de mi fe durante mis años de juventud e incluso ahora.
Antes de comenzar, quiero aclarar dos cosas. Primero, este mensaje es para todos, tanto para padres, como no padres (y esto incluye mujeres, jóvenes, gente que por una u otra razón no ha tenido hijos, etc.). La idea es que podamos abrir nuestras Escrituras para aprender y descubrir qué enseñanzas nos deja la Palabra de Dios sobre la paternidad. En segundo lugar, quiero que sepamos que el vínculo paternal no siempre es una relación biológica. He mencionado a mis abuelos y tíos que me han formado en mi vida, pero también hay allá afuera padres adoptivos, o de crianza, padrinos, o caballeros que tienen el bonito rol de ser guías de otras personas. Para ustedes también va nuestra felicitación.
Este es el primero de tres mensajes que compartiremos con ustedes en este mes. Cada semana traemos un personaje de la Biblia, un papá bíblico, y exploraremos juntos qué nos enseña Dios a través de ellos y sus historias.
El primer papá del que hablaremos será Abrahán, el llamado padre de la fe y patriarca de Israel, y en este sermón quiero que pongamos nuestra mirada en la confianza que tuvo Abrahán en las promesas de Dios, porque creo que un buen papá —y un buen creyente— es aquél que confía en el Señor por sobre todas las cosas. Eso es lo mejor que podemos enseñarle a nuestros hijos y a las próximas generaciones: a siempre fijar nuestra mirada en Cristo, en nuestro Dios.
Dice la Biblia que:
15 Por segunda vez, el ángel del Señor llamó a Abrahán desde el cielo 16 y le dijo: «Yo, el Señor, he jurado por mí mismo que, por esto que has hecho, de no negarme a tu único hijo, 17 ciertamente te bendeciré; multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar; ¡tu descendencia conquistará las ciudades de sus enemigos! 18 En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, por cuanto atendiste a mi voz» (Génesis 22:15-18).
Esta no es la primera vez que Abrahán escuchaba esta promesa. Ya se lo había dicho el Señor años atrás cuando todavía no había tenido a su hijo Isaac.
Abrahán estaba casado con Sara, y después de muchísimos años de matrimonio vivían con la tristeza de no poder tener hijos. Entonces el Señor, al ver la frustración de este buen hombre, se compadece de él y le promete una multitud de hijos, descendientes de él, que serían tantos como estrellas hay en el cielo (Génesis 15:5).
Esta es la historia del Israel antiguo, y en estos capítulos te encontrarás con relatos interesantes y que probablemente sean familiares, como la destrucción de Sodoma y Gomorra. Aquí también vemos como Abrahán —a petición de su esposa— llega a tener un hijo con una de sus esclavas, pero Dios le reafirmó que así no funcionaba esto, que la promesa no era a la manera de los hombres, sino que él tendría un hijo (una simiente) con su esposa Sara.
A la edad de cien años (¡Imagínense ustedes!), Abrahán —tal y como lo había prometido el Señor— logró tener entre sus brazos a su hijo, al que llamó Isaac (Génesis 21:5). Cuánto gozo tuvo ese hombre tan anciano, que después de esperar tanto y confiar mucho, pudo ver, sentir, y llevar en sus brazos, la verdad de que nuestro Dios cumple lo que promete.
Cómo quisiera tener un poquito de fe como Abrahán.
Lamentablemente, el pecado nos amarra a la desconfianza, no a la fe. Entonces, nos llenamos de temores, de dudas, y creemos que solos podremos contra el mundo y sus desafíos. Pensamos que lo sabemos todo, y nuestra relación con el Señor se vuelve un accesorio de la vida, y no algo esencial. Cuando pensamos así, Dios no se vuelve tan importante y necesario… oramos cuando nos acordamos… vamos a la iglesia solo cuando nos parece importante… no participamos de los sacramentos, y nuestra fe se fija en lo que está dentro de nosotros, y no en Dios y Sus promesas.
Pero la historia de Abrahán no termina con su bebé.
Años más tarde, el Señor le pone un reto demasiado difícil y pone a prueba su fe. Le pide que sacrifique a ese niño que tanto quiso tener. Abrahán no sabía que era una prueba, y aun así, en medio de eso tan doloroso, su fe lo llevó a confiar en Dios.
Dice la Biblia que:
9 Cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, Abrahán edificó allí un altar, luego acomodó la leña, y atando a Isaac su hijo lo puso en el altar, sobre la leña. 10 Entonces extendió Abrahán su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo (Génesis 22:9-10).
Qué difícil es confiar en Dios cuando la prueba es así de dura. La fe se lleva con seguridad y gozo cuando estamos bien, cuando las cosas salen como queremos, y cuando nos va de maravillas… pero ¿dónde está nuestra fe cuando llega la tormenta, la tragedia, o el dolor?
Gracias a Dios la historia de Abrahán y su hijo Isaac no termina aquí. Continúa la lectura:
11 Pero el ángel del Señor lo llamó desde el cielo, y le dijo: «¡Abrahán, Abrahán!» Y él respondió: «¡Aquí estoy!» 12 Y el ángel dijo: «No extiendas tu mano sobre el niño, ni le hagas nada. Yo sé bien que temes a Dios, pues no me has negado a tu único hijo».
Es entonces cuando Dios proveyó un cordero para que hubiera en ese lugar un sacrificio, y le permitió a Abrahán la dicha de seguir contando con su amado hijo Isaac, y es también cuando Dios promete otra vez que Abrahán tendrá una gran descendencia, que será como “las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar”.
Mis queridos amigos de Para El Camino:
A ustedes y a mí, Dios nos ha dado grandes promesas y ha hecho con nosotros pactos poderosos.
En Jesucristo, Dios nos dio a un cordero, el cual fue sacrificado en una cruz para nuestra salvación. Con la sangre de Cristo, nuestros pecados, nuestras dudas, nuestras faltas de fe y confianza, se han lavado, y por Él hemos sido redimidos. Cuando nos bautizaron, fuimos sellados con el pacto y la promesa de Dios, quien nos hace Sus hijos e hijas amados, y con Él tenemos la seguridad del perdón, la salvación y la vida eterna.
Ustedes y yo somos esos hijos de Dios, y por la fe también somos los descendientes de Abrahán. San Pablo lo dijo bien en su carta a los Gálatas. Él escribe: Sepan, por tanto, que los que son de la fe son hijos de Abrahán (Gálatas 3:7).
Así que, si tú tiene un rol paternal o maternal, en la vida de alguien o en este momento este mensaje se ha convertido en una invitación a reflexionar sobre tu propia vida y tu relación con tu Padre celestial, lo primero que quiero que sepas es que —al igual que Abrahán— tenemos que poner a Dios de primero, y nuestra confianza debe estar puesta en Él.
Somos buenos padres y buenos cristianos cuando, equipados por el Espíritu Santo, ponemos a Dios de primero, e invitamos a aquellos cerca de nosotros a hacer lo mismo; y oramos con más frecuencia, enseñando a nuestros hijos a orar; y también cuando nos acercamos más a la Palabra, viviendo nuestra fe también con buenas acciones.
Hoy quiero animarte a que no te rindas, que confíes, porque —pase lo que pase— el Señor no se olvida de nosotros, Sus hijos.
Abrahán no fue salvado por estar dispuesto a sacrificar a su hijo, sino por la fe en Aquél que un día —muchos años después— sacrificó a Su único Hijo, para que todo aquél que en Él creyera no se perdiera, sino que tuviera la vida eterna (Juan 3:16).
Mis hijos son una gran bendición para mi vida. Los amo con locura infinita. Pero si algo he aprendido a través de ellos, es a amar y perdonar, una y otra vez, entendiendo que mi Padre en los cielos hace lo mismo conmigo: me ama y me perdona, y me muestra Su misericordia para perdonar mis faltas, y amarme aun cuando yo descuido mi fe.
Dice el salmista:
“El Señor se compadece de los que le honran con la misma compasión del padre por sus hijos” (Salmo 103:13).
Dios no te abandona cuando le fallas… te perdona, te ama, y promete estar contigo siempre. Él te da la fe en Jesús, solo por gracia, y con ella te equipa para que pongas la confianza en Aquél que te da la salvación, para que seas mejor cada día, para que te caigas y te levantes, para que en tus errores como papá puedas corregir, y para que en los errores de otros puedas actuar con la misma misericordia que Dios ha actuado contigo.
Pon a Dios de primero, que Él te tiene a ti —y a todos nosotros— de primeros en Su lista. Amén.
La semana que viene tendremos la segunda entrega de estos mensajes para este mes de los padres, y hablaremos de aquellos papás que se equivocan. ¡Todos hemos fallado alguna vez! Por ahora, quiero invitarte a que vayas a nuestra página de PARAELCAMINO.COM y descargues allí, o también lo puedes ordenar, nuestro folleto gratuito “Criando a los hijos con propósito”. Estoy seguro de que será una bendición para ti y tu familia. Nos vemos en un nuevo mensaje de PARA EL CAMINO y CRISTO PARA TODAS LAS NACIONES ¡Dios te bendiga!