PARA EL CAMINO

  • Divulgando Sus grandes obras

  • diciembre 14, 2025
  • Dr. Leopoldo Sánchez
  • Notas del sermón
  • © 2026 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Mateo 11:2-15
    Marcos 11, Sermones: 3

  • A través de la historia, cientos de artículos y libros se han escrito sobre la vida y obra de personas importantes por sus contribuciones a la sociedad. En el mundo académico existen expertos que dedican sus vidas al estudio, interpretación, difusión y aplicación de las contribuciones de estas grandes figuras. Durante la Segunda Guerra Mundial, Eberhard Bethge, un estudiante en el seminario clandestino de la iglesia confesante liderado por el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, pasó a ser amigo y luego consejero del célebre teólogo. Después de la muerte de Bonhoeffer a manos de los Nazis por su asociación con la iglesia confesante y su oposición al Tercer Reich, su pupilo Bethge se dedicó a promulgar el legado de su amigo y maestro en Europa y los Estados Unidos. Bethge es reconocido como el autor de la biografía oficial de Bonhoeffer. También editó un libro de cartas que el teólogo escribió desde la prisión, así como su libro sobre la ética cristiana el cual Bonhoeffer consideró su obra más importante. Por sus esfuerzos de divulgación fue Bethge quien dio a conocer a muchos las grandes obras de su maestro Bonhoeffer, inspirando y dando esperanza a muchos con su mensaje y ejemplo.

    El Credo Niceno confiesa que el Espíritu Santo “habló por los profetas”. En los tiempos del Antiguo Testamento, Dios envió profetas a Su pueblo con el poder de su Espíritu para divulgar Sus grandes obras. La función del profeta consistía en llamar a pecadores al arrepentimiento y proclamar buenas nuevas de salvación. En la historia del pueblo de Israel, los dos profetas más célebres fueron Moisés y Elías. A Moisés se le estimaba sobremanera por ser el instrumento de Dios para librar a Su pueblo oprimido del yugo de Egipto en el Éxodo y por divulgar la ley de Dios a Su pueblo liberado en su peregrinaje por el desierto de Sinaí. Se asociaba al profeta Moisés con la ley. A Elías se le estimaba por ser el instrumento de Dios que proclamó el culto al único Dios de Israel ante los falsos profetas del ídolo Baal. Se veía a Elías como el representante máximo de todos los profetas de Israel. La expresión “la ley y los profetas” traía a la memoria las maravillosas obras de Moisés y Elías en el pueblo de Israel.

    Jesús considera a Juan el Bautista como el último profeta del Antiguo Testamento. Jesús honra el ministerio del profeta. Le dice a la gente: “Pero ¿qué es lo que ustedes fueron a ver [al desierto]? ¿A un profeta? Yo les digo que sí, ¡y a alguien mayor que un profeta! . . . De cierto les digo que, entre los que nacen de mujer, no ha surgido nadie mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11:9, 11a). Haciendo referencia implícita a las venerables figuras de Moisés y Elías, Jesús continúa diciendo que “todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan” (v. 13), resaltando así la figura del Bautista como la culminación y plenitud del ministerio profético de Moisés y Elías y por lo tanto de todos los demás profetas que vinieron después hasta llegar a Juan.

    El último libro del Antiguo Testamento es el del profeta Malaquías, quien profetiza la promesa del Señor que Jesús cita en el texto de hoy. La promesa dice así: “Yo envío mi mensajero delante de ti, El cual preparará tu camino” (Malaquías 3:1). ¿Pero quién es este mensajero que viene del desierto y preparará el camino para la venida del Señor? En otra profecía, Malaquías lo explica, declarando: “Tomen en cuenta que, antes de que llegue el día grande y terrible del Señor, yo les enviaré al profeta Elías” (Malaquías 4:5). Jesús declara que Juan el Bautista es ese nuevo Elías que vendría en el último día como el mensajero del Señor para preparar el camino de la salvación de Su pueblo. Le dice Jesús a la gente: “Si quieren recibirlo, él es Elías, el que había de venir. El que tenga oídos para oír, que oiga” (Mateo 11:14-15). Según Jesús, Juan el Bautista será el último profeta de Dios que, con su llamado al arrepentimiento y anuncio de la llegada del reino de Dios a la tierra, preparará el camino, trazará la recta final, para la llegada de la salvación al mundo, para la venida del Mesías a nuestras vidas.

    De forma similar a los estudiosos y discípulos que dedican sus vidas a divulgar las grandes obras de importantes personajes de la historia, la labor de Moisés, Elías y todos los profetas consistió en proclamar o anunciar las grandes obras de Dios en el mundo. Su labor es preparatoria. Su función es preparar los corazones del pueblo para que sean receptivos a la palabra de Dios, a Sus promesas de vida y salvación. Por eso, según la profecía de Malaquías, cuando un nuevo Elías venga en el último día, “él hará que el corazón de los padres se vuelva hacia los hijos, y que el corazón de los hijos se vuelva hacia los padres, para que yo no venga a destruir la tierra por completo” (Malaquías 4:6). En otras palabras, el nuevo Elías, es decir, Juan el Bautista, llamará al arrepentimiento al pueblo de Dios para que así Dios ablande sus corazones y se arrepientan de sus pecados.

    Sin embargo, y desafortunadamente, no todos los que escuchen este mensaje lo recibirán con corazones abiertos. Así como muchos profetas del Antiguo Testamento fueron perseguidos y agredidos por su mensaje, así también Juan el Bautista sufrirá no solo el maltrato sino la muerte por su mensaje. Por eso dice Jesús: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mateo 11:12). Cuando Jesús dijo esto, el Bautista ya estaba en la cárcel (v. 2). Más adelante, Juan perdería su vida a manos del malvado rey Herodes Antipas (véase Mateo 14:1-12), el hijo del rey Herodes el Grande que en una ocasión intentó matar al infante Jesús (véase Mateo 2:13-14).

    Desde su prisión, Juan el Bautista quería saber si su mensaje había preparado el camino para la llegada del reino de Dios a la tierra, a los corazones de los seres humanos. Quería saber si su labor de proclamación del reino había dado fruto, si su obra preparatoria había dado paso a la promesa de la llegada del reino de salvación y vida eterna en el último día. Quería salir de las dudas, tener certeza, acerca de su propósito en el plan de Dios. El texto de Mateo nos dice que Juan el Bautista “se enteró de los hechos de Cristo” (Mateo 11:2), y mandó a dos de sus discípulos a preguntarle a Jesús si él era efectivamente el esperado Mesías por el cual Dios establecería Su Reino de vida y salvación en la tierra, en los corazones de los seres humanos: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” (v. 3). Jesús les da la respuesta que tanto desean escuchar. Les dijo: “Vuelvan y cuéntenle a Juan las cosas que han visto y oído. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres se les anuncian las buenas noticias. Bienaventurado el que no tropieza por causa de mí” (vv. 4-6).

    Juan dedicó su ministerio profético a proclamar la llegada del reino en la persona y obra de Jesús. Y ahora Jesús con Su testimonio afirma y confirma que el reino de Dios ha llegado. Por medio de Jesús, Dios establece Su reino de misericordia en la tierra. Sus obras manifiestan las señales del reino. Jesús sana a los enfermos, resucita a los muertos, anuncia buenas nuevas de salvación—todas señales de que el reinado misericordioso de Dios ha llegado al mundo. Dios envió a su Mesías para que todos lo que tengan oídos lo oigan, escuchen su palabra y lo reciban en sus corazones por la fe para así ser partícipes de las bendiciones o bienaventuranzas del reino: “Bienaventurado el que no tropieza por causa de mí” (v. 6).

    Juan el Bautista es el último profeta del Antiguo Testamento. El último en la línea de la ley y los profetas que anuncia la venida de la salvación de Dios al mundo por medio de su Hijo Jesucristo, el Mesías, el Cristo. Jesús es la buena nueva de salvación del poder del pecado, la muerte y las tinieblas. Él toma sobre sí nuestros pecados en la Cruz y es resucitado de entre los muertos para librarnos de la muerte y darnos la resurrección para vida eterna.

    Después de Su resurrección, Jesús se apareció a dos de sus seguidores, quienes no se percataron de Su presencia. Uno de ellos, llamado Clefas, le comentaba los hechos que habían ocurrido en Jerusalén, que a Jesús de Nazaret lo condenaron a muerte y lo crucificaron, y que según algunas mujeres sigue vivo porque no lo encontraron en Su tumba. Sin saber que le hablaba a Jesús, le dice: “Nosotros teníamos la esperanza de que él habría de redimir a Israel. Sin embargo, ya van tres días de que todo esto pasó” (Lucas 24:21). Esos discípulos de Jesús se preguntaban lo mismo que se preguntaban Juan el Bautista y los discípulos que envío a Jesús para preguntarle si Él era el Mesías esperado o si había que esperar a otro. Para no dejarlos con duda alguna, Jesús les responde con un estudio bíblico, mostrándoles en textos de la Escritura que Moisés y todos los profetas anunciaron que el Cristo iba a morir para luego entrar en Su gloria (vv. 26-27).

    ¿Por qué Jesús despeja estas dudas acerca de Su identidad? ¿Por qué les asegura a los discípulos de Juan que Sus hechos testifican de la llegada del reino de Dios al mundo? ¿Por qué les anuncia y enseña a Sus propios discípulos que la ley y los profetas testifican de la gran obra de Su pasión, muerte y resurrección? ¿Por qué los quiere afianzar en las promesas de Dios, en la certeza de la salvación? Podemos hacernos la misma pregunta hoy en día. Nosotros también somos discípulos de Jesús crucificado y resucitado, pero a veces en un mundo tan lleno de peleas, injusticias y sufrimiento nos agobian la duda acerca de Sus promesas y el temor de perder la esperanza en estas promesas. Podríamos preguntarnos: ¿Dónde está Jesús? ¿Cuándo llegará para redimirnos? La promesa de la llegada del reino incluye la liberación del pecado, la maldad y la muerte. Sin embargo, el pecado todavía nos acosa; vivimos en un mundo lleno de maldad; y la muerte sigue reclamando vidas. ¿Será que tenemos que esperar a otro Mesías que establezca el reino de salvación, que cumpla las promesas de la ley y los profetas?

    Jesús asegura a los discípulos de Juan que el reino ha llegado con Su obra. Los afianza en la esperanza del reino, despejando toda duda acerca de Su identidad. Jesús les dice que Él es aquel de quien hablaron la ley y los profetas, cuyo mensaje culminó con el testimonio de Juan el Bautista. Los enfermos son sanados y los demonios expulsados, los muertos son resucitados y los pecados son perdonados. El que tiene oído que oiga. El Mesías ha llegado, el reino de Dios ha llegado. Nada puede obstaculizar el paso del reino.

    Al culminar Su obra, Jesús también afianza a Sus discípulos en la esperanza de la redención. Era necesario que el Cristo muriera y resucitara, como lo profetizó Moisés, Elías y todos los profetas hasta Juan. Pero Jesús añade algo más, dándole una nueva misión a Sus discípulos. Les enseña que, una vez cumplida la misión del Mesías, el anuncio de la llegada de Su salvación no debe proclamarse solamente a Israel. El reino debe ser anunciado por Sus discípulos a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Por eso, antes de Su ascensión al Padre, Jesús les dice a sus discípulos: “Así está escrito, y así era necesario, que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día, y que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando por Jerusalén. De esto, ustedes son testigos. Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre; pero ustedes, quédense en la ciudad de Jerusalén hasta que desde lo alto sean investidos de poder” (Lucas 24:46-49). El reino de Dios se extenderá de Jerusalén a Judea, de Judea a Samaria y de Samaria a todos los confines de la tierra.

    Después de la muerte de Bonhoeffer, fue su discípulo Eberhard Bethge quien, por sus esfuerzos de divulgación de las grandes obras de su maestro, dio a conocer a muchos sus enseñanzas. De forma similar, los discípulos de Jesús son enviados no solo a Israel sino a todas las naciones a dar a conocer los grandes dichos y hechos de su maestro Jesús. Son enviados a hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles todas las cosas que Jesús les dijo hasta el día final, el fin del mundo. Son enviados a divulgar, a proclamar, las buenas nuevas del reino. Cristo sufrió, fue crucificado, pero ha resucitado, y vendrá de nuevo en toda Su gloria para establecer de manera definitiva el reino de Dios en la tierra. Será un reino en el que no habrá pecado, sufrimiento, maldad o muerte.

    Así pues, aunque vivamos en un mundo lleno de pecado, maldad y muerte, no debemos dudar o perder esperanza en la promesa de salvación por medio de Jesús. Vivimos no por lo que vemos, sino por la fe en las promesas de Dios. Además, recordemos que Dios en Su designio es paciente y quiere divulgar las grandes obras de su hijo Jesucristo a todas las naciones. Como dice la Escritura: “El Señor no se tarda para cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que nos tiene paciencia y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se vuelvan a él” (2 Pedro 3:9). La tarea de Juan el Bautista llegó a su fin con la llegada de Jesús en Su primera venida al mundo. Su mensaje se enfocó en el anuncio del reino a Israel. Pero a partir de la muerte y resurrección de Cristo, la proclamación de Su reino de salvación a todas las naciones empieza y continua con Sus discípulos hasta que Jesús vuelva en Su segunda venida a reinar plenamente entre nosotros en un nuevo cielo y una nueva tierra.

    Mientras esperamos la venida del Señor, Él nos ha dado el poder de su Espíritu Santo para darnos la certeza de Sus promesas y proclamar Su salvación a todos. ¡Entonces, a proclamar se ha dicho! ¡El reino de Dios ha llegado! Cristo murió por tus pecados y resucitó para darte vida eterna. ¡Divulguemos Sus grandes obras en nuestros hogares, iglesias y comunidades! ¡Cristo viene! ¡El que tiene oído que oiga! Amén.

    Y si quieres saber más sobre la historia de salvación de Cristo, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.